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Tintas rosarinas

25 de octubre de 2012

Sobre un nuevo teatro para niños

Carla Rodriguez Por: Carla Rodriguez

Mi contacto con los niños empezó muy tempranamente. A los 14, por puro gusto y porque supongo que allí encontraba un espacio para hacer teatro, empecé a animar fiestas infantiles (quizá también porque me seducía la idea de trabajar en el salón que tuviera entonces nada más y nada menos que el payaso de mi infancia Piripincho)

Y “animando” fui descubriendo que lo que quería en verdad era hacer teatro para niños y crear un grupo. Así fue cómo conocí a Soledad Galván en las animaciones y a Laura Carassai en mi paso por la Escuela Municipal de Arte Escénico “Ernesto de Larrechea”. Juntas fundamos en el año 2001 el grupo Vamos que nos vamos, con el cual nos dedicamos desde hace más de 10 años al Teatro para niños, entendiendo a éste como un lenguaje múltiple, donde lo plástico, sonoro, corporal, literario son parte de un mismo lenguaje. En nuestras obras, los títeres pueden interactuar con personajes interpretados por actrices o los cuentos pueden ser animados con objetos. Entonces, los géneros se combinan y el teatro cobra su sentido integral.

En los comienzos, el deseo era hacer algo, no importaba bien qué. Sí tenía la claridad de que quería dirigirme a los niños. Por un lado, porque sentía que era lo que tenía que hacer y porque me hacía feliz. Por otro lado, porque encontraba luz, porque en el teatro para niños opera una vitalidad que raras veces encuentro en el teatro para adultos, y también porque descubro que podemos aportar algo valioso en la vida de los niños. Creo que el teatro tiene la capacidad de volverlos más humanos, sensibles, comprensibles y también más abiertos, autónomos y críticos, capaces de comprender distintas visiones de la vida y del mundo. Pero sobre todo, volverlos más felices (en esa etapa delicada y fundante en la vida de toda persona, que es la niñez).

Creo que un niño en contacto con el teatro es más feliz que el que no es espectador. Creo que un niño espectador encuentra en el teatro la posibilidad de cambiar su mirada frente al mundo, de ver la vida con nuevos ojos.

¡Ir al teatro es una experiencia que se grabará en la memoria de todo niño! Y es intransferible.

Me gusta percibir cuando ellos se sorprenden ante el hecho estético, me gusta que me interpelen, que expresen sus hipótesis sobre el mundo, la vida y la muerte, que no se repriman y que no sean prejuiciosos pero sí muy críticos y exigentes. Creo que el espectador niño me devuelve mucho más que el espectador adulto, es sincero, espontáneo, perspicaz, agradecido y demostrativo de lo que siente, es pura energía que vuelve, es activo y productivo. No hay vacío. Hay acontecimiento en su máxima expresión. Siempre algo ocurre entre la escena y la platea. Algo cambia. Algo ya no es igual.

Para el niño, ir al teatro es como participar de una fiesta. En la infancia, los ritos son muy importantes y en el teatro, la ceremonia comienza en la puerta. Por eso, la presencia de un lugar amable y adecuado para la infancia como antesala es fundamental para ir creando el clima.

Hoy el teatro para niños ya no es un sector marginal del teatro en general, ha cobrado independencia y autonomía. Los hacedores fuimos aumentando en número, nos fuimos especializando y este teatro hoy es más visto que el teatro para adultos, no sólo por el formato de la mayoría de las propuestas “para todo público” sino porque es presentado en ámbitos como escuelas, bibliotecas, espacios públicos (etc) donde el teatro para adultos no suele llegar y éste es el único al que tienen acceso. Aquí la labor social y el sentido comunitario van de la mano con lo artístico. El teatro para niños se presenta más en escuelas que en teatros mismos. Y Rosario es un claro ejemplo de esto.

Además, si bien su destinatario es el niño, éste nunca está solo, el adulto lo acompaña en la platea. El adulto mira la obra y mira cómo el niño mira la obra. Es por eso que muchas de éstas incluyen algunos guiños al espectador adulto para que no se quede afuera de la propuesta.

Hoy mi búsqueda ya no se basa en “hacer algo” como en un principio, sino en hacer algo muy particular, en indagar (entre otras cosas) en nuevos temas y poéticas, asumiendo la responsabilidad de ofrecer al público propuestas nuevas, diferentes, lejos de los estereotipos y lo convencional en el teatro para niños. “Malas palabras” de Perla Szchumacher, obra en la cual actúo (estreno 2011, Otrosojos Teatro, dirección Pablo Solari) se ubica en este camino. La obra narra, mediante la manipulación de objetos cotidianos que están sobre la mesa de un escritorio, la historia de Flor, una niña que a los 10 años descubre que es adoptada. La estética no se parece en nada a lo que reconocemos como infantil.

Pero… ¿qué es lo convencional? En nuestro país existe una tradición de la cual es difícil desprenderse. El teatro para niños se caracterizó desde siempre por su función pedagógica y didáctica, es decir, por un valor utilitario de “tener que enseñar algo”. Pese a los años transcurridos, parecería ser que este teatro como medio sigue vigente. Muchos docentes siguen prefiriendo obras cuya temática coincida con algún contenido de la currícula.

Con la vuelta de la democracia, la función predominante del teatro para niños en los 80 fue la de divertir y hacer reír. Esto explica la prolífica tradición de los Clowns en Argentina, de la cual Rosario se hace eco.

En la actualidad, el teatro para niños se caracteriza por la diversidad y coexistencia de concepciones estéticas diversas. Hay una multiplicidad de propuestas, conviviendo diferentes géneros: teatro de actores, de títeres y objetos, de sombras, negro, musical, multimedia, de narración, mimo, clown, danza, nuevo circo e híbridos.

En este marco, hoy está en auge y crecimiento una tendencia nueva, la denominada “nueva dramaturgia para niños” que se pregunta cómo abordar los temas tabú (tabú para los adultos, no para los niños), esos temas difíciles de llevar a escena, difíciles de aceptación, porque tienen que ver con lo que les sucede a los niños y jóvenes de hoy, de carne y hueso, ligados a un concepto de infancia como proceso de cambio permanente; niños con sus problemáticas, sus preguntas, sus conflictos: la violencia, la separación de los padres, la identidad sexual, la muerte, el abuso, etc. Una nueva dramaturgia donde esos temas no sean contados con solemnidad ni seriedad.

Me entusiasma este teatro para niños que desde el humor pueda hablar de un tema capaz de emocionar. Un teatro para niños sensible y lleno de matices, que haga viajar al espectador por diferentes emociones.

Como lo distingue claramente la especialista Nora Lía Sormani, aquel espectáculo bueno es el que está vivo, el que produce ganas de volver a verlo, el que emociona o hace pensar o divierte o estimula o mueve a la acción y ensancha su experiencia del arte y del mundo. El otro, por el contrario, es el que aburre o no genera nada.

Perla Szchumacher en México y Suzanne Lebeau en Canadá fueron dramaturgas pioneras en esta tendencia y grandes referentes mundiales del nuevo teatro para niños. En Buenos Aires, Argentina, lo desarrolla impecablemente María Inés Falconi como dramaturga y Carlos de Urquiza como director.

Estas obras nuevas son difíciles de insertar en las instituciones porque generalmente los gobiernos y las escuelas contratan espectáculos que respondan a los intereses de todas las edades y que se puedan presentar al aire libre, ante multitudes y mientras sucede en ocasiones paralelamente alguna otra actividad.

Estas obras, por el contrario, requieren de la concentración y de espacios que puedan recrear la magia del teatro, un tratamiento similar al teatro para adultos que no acepta cualquier formato diferente al que fue concebido. Estas obras, otorgan al texto un lugar relevante y por ende, requieren de espacios para el silencio y la escucha.

En ese sentido se centra otra de mis búsquedas, la de devolverle al texto un lugar protagónico en la dramaturgia para niños, muchas veces reemplazado por las imágenes visuales, las canciones, la danza; sin importar la edad de su destinatario.

Y aquí encontramos otros de los rasgos de esta nueva dramaturgia, la cual reconoce muy especialmente la diferencia entre las edades de sus espectadores y se opone de alguna manera a ese concepto de “todo público” que nació de un requisito impuesto por políticas culturales y de mercado. Cada vez más, se ofrecen propuestas para cada edad: para bebés, para niños, para adolescentes, etc, discriminando la franja etaria a la cual la obra está dirigida.

Y en este sentido se centra otra de mis búsquedas, la de inaugurar un público nuevo que transita su primera experiencia teatral, los bebés lactantes y deambuladores (ITO.Teatro para bebés, Grupo Vamos que nos vamos, estreno2011) pero ese ya es otro capítulo.

Como nos recuerda la dramaturga argentina Adela Basch, “el teatro para niños es mucho más, debe cumplir con la misma función del teatro para adultos: debe ser arte. El arte abre un espacio distinto en la vida, hacia lo inesperado, lo diferente, lo desconocido. Nos permite ver algo que en nuestra vida cotidiana somos incapaces de ver.”

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