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Tintas rosarinas

18 de diciembre de 2016

Perversos polis-morfos

Matías Martinez Por: Matías Martinez

La perversión estatal no tiene fin.

Y no lo tiene porque en esa manipulación basada en la diferencia de necesidades y poder es donde construye su funcionamiento. “La dialéctica del cinismo” diría Foucault

(“El estado, un órgano sonador” Ed. Puerta de atrás. Pag. 7.)

Hoy a nosotros nos toca el de mayor perversidad y cinismo.

La anécdota es corta:

El MINISTERIO DE CULTURA DE LA NACIÓN nos invitó a Madrid con nuestro último espectáculo “Representación nocturna del Marqués de Sebregondi” a participar en una feria de arte contemporáneo. Nos dijeron "ustedes van a ser una parte muy importante de una muestra muy grande que tendrá Argentina en Madrid durante Arco (así se llama la feria)” y agregaron "van con todo pago: pasajes internacionales, hotel, per diem (50 euros), técnica, montaje, etc"... "ok" dijimos nosotros, “entonces arreglemos el cachet por las funciones..." A lo que ellos contestaron "No hay. En esta ocasión el cachet NO está contemplado"

Moraleja: el MINISTERIO DE CULTURA considera que nuestro trabajo cuesta cinco pasajes a Madrid y algunas plazas de hotel. La anécdota, junto con la respuesta a la invitación termina como un cuento popular que le escuché contar a Jorge Corona: "Metete el gato en el culo".

Más allá o más acá de Jorge Corona surgen algunas reflexiones acerca de la relación del estado y los artistas, que derivan en una pregunta: ¿por qué un Ministerio de Cultura considera que no le tiene que pagar a un artista por su trabajo? Interrogante que deriva en otro: ¿Por qué un Ministerio de Cultura considera que invitando a un artista a participar de cualquier evento, ya sea una feria internacional o la kermesse de Villa Cañás, y cubriéndole gastos de traslado y hotel el artista debería darse por pagado? Pero como dije anteriormente, la cantera de perversión y cinismo estatal es inagotable. La siguiente escena se dio por teléfono entre la Directora Nacional de Promoción Exterior de la Cultura y quien escribe esto (Yo).

Suena el teléfono. Atiendo. Del otro lado una voz femenina me dice “soy la Directora Nacional (etc, etc) y antes que nada aclara “No voy a discutir el tema de cuánto cuesta el trabajo de un artista. No llamé para eso”. Seguidamente trata de convencerme de lo importante que es para nuestro grupo participar de esta invitación. Después de un rato de dimes y diretes la cosa concluyó así:

Yo - Nosotros pretendemos cobrar cachet por las funciones que vamos a hacer en Madrid.

Directora Nacional - El cachet es algo que, desde las primeras reuniones de Ministerio, convenimos que no iba a estar contemplado porque se les paga pasajes internacionales, alojamiento y se le da a cada uno de ustedes 50 euros por día para comidas y viáticos.

Yo - Te propongo un juego de imaginación: pensá qué pasaría si le hicieras esta oferta a Daniel Veronese o a Ricardo Bartís (Referentes de cierto sector del teatro porteño).

¿Qué crees que te contestarían ellos?

Momento del clímax cínico

Directora Nacional - Ellos antes de ser quienes son seguramente aceptaron condiciones como esta.

Fin de la charla.

Moraleja: para el Ministerio de Cultura no cumplimos lo estándares de trayectoria y reconocimiento para poder acceder a una oferta salarial, no llegamos con el hándicap para pertenecer a los que merecen que se les pague por su trabajo.

Tal vez sea extremo el interrogante que me aparece pero también creo que tiene que serlo para ser dramático: ¿qué diferencia habría entre la propuesta ministerial “vayan a trabajar por el alojamiento y la comida” y las opciones de Kunta Kinte frente a su esclavista?... Se podría pensar que hay diferencia ya que la opción es, en nuestro caso, poder decidir y decirle “metete el gato en el culo” y al grone de “Raíces”, si no aceptaba las condiciones, lo doblaban a latigazos hasta dejarlo rayado como a una cebra. Parece excesiva la comparación pero no lo es. Como el teatro mismo: Parece, no es. Acercando un poco más lupa vemos que, históricamente, las formas han mutado pero los contenidos siguen siendo los mismos. Los procedimientos son diferentes, las ideas no. Ya no te suben a latigazos al barco para llevarte a trabajar a cambio de casa y comida si uno rechaza una propuesta ministerial que raya con la precarización laboral (y eso que si quisieran pueden hacerlo con el aparato estatal represivo que tienen a su disposición… pero no demos ideas en tiempos donde lo impensable se vuelve posible), hoy te cierran cordialmente la puerta en la cara. Lo que sigue inalterable es la persona que te cierra la puerta, que no es otro que ese mismo que antes te doblaba a latigazos. En esa persona residen y se siguen perpetuando los mismos contenidos e ideas de la estirpe que en este país siempre se consideró patrona y que entiende que si ella encarna al amo el otro necesariamente tienen que ser el esclavo. Y están ahí, siguen ahí, siempre, desde siempre, ya sea en una plantación o en el Ministerio de Cultura.

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