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Tintas rosarinas

3 de abril de 2013

Mi vida con ell@s

Gustavo Postiglione Por: Gustavo Postiglione

Actores, me encantan los actores. Escribir sobre los actores me sirve también para encontrar más respuestas a las cientos de preguntas que esos seres con los que convivo me hacen permanentemente. Creo que dirijo para compartir gran parte de mi tiempo con estas personas que llenan de ficción a mi propia vida. Y no hago diferencias, como muchas veces se pretende, acerca de lo que significa trabajar con un actor en el cine, en la tv o el teatro.

Es obvio que cada lenguaje tiene su particularidad, pero la manera de comunicarme con ellos no difiere en la esencia, aunque puede haber matices que marcan algunas diferencias. Mi manera de trabajar está ligada a cierto realismo en donde intento que los actores trabajen desde la primera persona, utilizando sus propias experiencias de vida (o de vidas conocidas y prestadas) en escena. Siempre les pido que primero sean ellos y que después se transformen en los personajes, que la ficción viva a través del cuerpo de cada uno, que no se mientan, porque si se mienten a ellos nosotros no le creeremos.

Cada vez que me enfrento a un actor siento que hay una prueba que debemos pasar los dos, es como un duelo silencioso en donde el vencedor debe ser la confianza. En este sentido me han tocado experiencias de las más diversas y gratificantes. Y los recuerdos que me quedan de esos momentos son los que me sirven también para poder seguir reflexionando sobre la actuación.

Esto me ha llevado a dividir -de manera antojadiza- a los actores en tres grandes grupos:

  • Los que se transforman en los personajes que viven.
  • Los que viven la actuación como un juego sin necesidad de esa transformación.
  • Los inclasificables.

En el primer grupo considero a esos actores que necesitan saber más de lo que hace falta, aquellos que viven la intensidad del personaje aún a costa de que parte de ese personaje permanezca en su cuerpo y hasta los afecte. Son los actores que no paran de hacer preguntas, que desconfían y tienen una seguridad tan grande como su propia inseguridad. Son el grupo con el que al principio discuto mucho, pero son también aquellos que cuando se les gana la confianza se entregarán sin red y sin importarles el riesgo.

En el segundo grupo están los actores que dan la sensación de juego permanente y que podrían estar haciendo chistes hasta un minuto antes de salir a escena. Parecen displicentes y cada tanto hay que llamarles la atención como a los chicos que hacen una travesura. Pero en el momento de actuar son metódicos, saben los textos a la perfección y son capaces de apropiarse de ese libro, guión u obra como si cada palabra hubiera sido escrita para ellos.

Y hay un tercer grupo que son los inclasificables, por lo general aquellos que no tienen una formación tradicional como actores pero su talento los ha llevado a esa circunstancia tan particular de subirse a un escenario o enfrentar una cámara. Son actores que están desprovistos de los prejuicios del actor y tienen alma de kamikazes.

Ya han pasado treinta años de mi primera experiencia dirigiendo actores, por lo que puedo decir que estas clasificaciones si bien pueden ser arbitrarias y antojadizas poseen algo de verdad. Y son aplicables a cualquier actor, experimentado o novato. En este recorrido como director puedo decir que he tenido suerte, la posibilidad y el orgullo de dirigir a algunos de los mejores actores tanto del país como de Rosario y todos ellos me han enseñado y me siguen enseñando. Quizás mi primera gran lección la tuve cuando hice El Asadito, en ese momento me di cuenta que podía dirigir e imponerle un sesgo personal a lo que estaba haciendo, lo terminé de corroborar en El Cumple, profundizando un método que (con variaciones) sigo tratando de llevar adelante. Hoy ese aprendizaje lo tengo con mi obra BRISAS HELADAS, donde me encuentro con un desafío nuevo y diferente que me hace volver a replantear cada una de mis ideas tratando de adaptarlas a lo que surge hoy.

Dirijo a actores de esta ciudad, de los que estoy orgulloso. Y puedo asegurar que enfrentarme en una escena -como he tenido el orgullo de hacer- a Norman Briski junto a Tato Pavlovsky no es distinto a hacerlo con María Celia Ferrero y Juan Nemirovsky. Encontrarme en un set con Darío Grandinetti, el Puma Goity, Emilia Mazer, Andrea Bonelli o Natalia Oreiro, no es diferente de hacerlo con Carlos Resta, Tito Gómez, Miguel Franchi, Poli Chávez, Claudia Schujman o Matías Martínez, por solo nombrar algunos de una lista inmensa de talentosos actores locales con los que he trabajado y con apellidos como Edery, Frodella, Dayub, Tamburri, Calandra, Solana, Peters, García Jurado, Guirado, Dejesus, Tamburello, Maffei, Marchesi, Bosco, Moyano, Hulten y la lista sigue.

Los actores, todos los actores cargan con los mismos miedos y las mismas certezas y si como director uno sabe responder a sus preguntas y puede encontrar sus puntos fuertes seguramente la diferencia entre unos y otros sólo estará en aspectos mas superficiales o ligados a la vanidad, al ego y a esa necesidad tan humana y lógica en los artistas de cualquier índole que es lograr el reconocimiento.

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