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Tintas rosarinas

30 de noviembre de 2012

Los artesanos del teatro

Fabiana Monti Por: Fabiana Monti

En la ciudad se han multiplicado la cantidad de grupos de teatro independientes que redoblan apuestas y poéticas, con identidad rosarina.

Se corre el telón, aparecen los actores y el aire empieza a impregnarse de la magia del teatro. La puesta está de gira hace pocos días por el país o después de haber ido al extranjero a un festival.

Se exhibe, circula de boca en boca y el público que asiste da su veredicto: "Es una puesta con marca rosarina”.

La mirada del extranjero suele reflejar aquello que en lo cotidiano aparece como imperceptible. ¡Pero existe!.

Y esa marca de identidad de puestas teatrales netamente rosarinas se fue gestando a través de décadas por el trabajo de maestros como Mirko Buchín o Néstor Zapata, entre otros, con sus múltiples manifestaciones como el teatro de imagen, el político, cada uno a su estilo, a su manera. Y la lista continúa porque la ciudad tuvo grandes exponentes de este arte, desde siempre.

Esos maestros, convertidos hoy en clásicos, que básicamente han dejado su huella a través de la trasmisión oral o dedicando un tiempo a la formación, tienen su renovación en una nueva generación de talentos _ algunos actores, otros directores o ambos_ que refrescan con su nueva mirada esa tradición que trasciende fronteras.

Antecedentes

Rastreando los orígenes del teatro de pura cepa rosarina, hay datos que indican que el aluvión de inmigrantes que se instalaron en la ciudad en el siglo XIX, dieron unos de los principales puntapiés para la conformaron de un movimiento teatra , surgido en el seno de las asociaciones y entidades pertenecientes a la diferentes colectividades. A lo largo de las décadas la actividad teatral fue sufriendo distintas modificaciones, en función de los distintos contextos, pero fueron la base que fue modelando su impronta actual.

Con esos antecedentes de la década del 90 a la actualidad, se han formado una gran cantidad de grupos independientes que le fueron dando su nueva marca de identidad a este arte rosarino, que los fines de semana o en los festivales, dan cuenta de un mayor interés del público de ver esas distintas propuestas.

Y este crecimiento tuvo que ver no sólo a la necesidad de expresión de una ciudad que explotó como capital cultural, sino también por un movimiento de los mismos protagonistas, que han invertido muchas horas en formación, _que realizan en espacios como la escuela de Teatro y Títeres o bien en talleres o clínicas de investigación_ .Instituciones que empezaron a funcionar con el advenimiento de la democracia.

Este entrenamiento y este trabajo en la mayoría de los casos hecho a pulmón, tiene un eje en común: la pasión y el riesgo que se mide en cada salida a escena.

En apuestas silenciosas, en muchos casos sostenidas con recursos propios y que además de creación y ensayos , requiere de muchas caminatas para buscar subsidios o apoyos que le den recursos para sostener sus proyectos.

Carrera que a veces se convierte en una trampa por la gran cantidad de requerimientos burocráticos para acceder a los mismos, como publicaciones en medios, cantidad de público. etcétera. Como si la medida de las cosas fuera aquello que se cuantifica y si se pudiera medir el tiempo del detrás de la escena. Es mucho más que esa hora de magia.

Con esa impronta, además de exhibir obras clásicas renovadas o trabajos propios, los grupos de teatro independientes rosarinos han trascendido la producción de una obra y hasta han llegado a cumplir con el sueño de la sala propia, tal es el caso del Teatro de la Manzana (con años de trabajo y permanencia ) o el grupo “La Percha”, que es una de las salas más recientes.

Estas apuestas le agregan valor a este arte de tiempos inmemoriales y le da un espacio de permanencia y futuro.

Y esa diversidad de propuestas y poéticas teatrales, tiene su correlato en un mayor interés del público rosarino en ver lo local, que mes

mes a mes, puede participar de algún estreno o la renovación de obras con nuevos elencos. También los festivales se han convertido en un clásico, donde se presentan estas puestas locales casi al estilo de una maratón teatral.

En ese sentido, ese esfuerzo se conjuga con una mayor profesionalización de estos grupos, que al arte le agregan sus equipos de prensa y producción para hacer circular sus producciones y que llegue sobre todo al público local.

Amor por el teatro

“Los teatreros” como muchas veces se autodenominan, reconocen una y otra vez, que el común denominador que tracciona este movimiento es el amor por este arte y sobre todo, el deseo de trasmitir una mirada de la realidad con compromiso.

Esa misma diversidad a veces le juega en contra, ya que esa cantidad de estéticas y poéticas teatrales los hace convivir en un ambiente atomizado que a veces dispersa su esencia.

Al decir de un joven director rosarino, “somos artesanos del teatro”, argumentando ese tránsito que se hace por ese arte, aludiendo a esos procesos que se hacen poco a poco, con esfuerzo, y con el valor de algo único.

Como la joya del orfebre o la escultura de un artista son procesos que se van “cocinando a fuego lento”.

En esa marca rosarina se reconocen lugares, imágenes o historias propias de la ciudad, expresando su momento histórico. Hay humor, tragedia, experimentación. Hay de todo y sobre todo vocación y talento.

De todos modos los grupos de teatro locales reconocen que la pelea casi cotidiana es hacer que ese teatro rosarino sea reconocido como tal, valorado y disfrutado, por lo cual, uno de los mayores desafíos _ y que se están intentando hace tiempo a través de la formación de asociaciones que los aglutinan_ es unirse más para que ese espacio tenga el lugar que se merezca en la ciudad.

La apuesta del teatro es doble: de quienes lo hacen y de quienes lo apoyan, disfrutan y multiplican…Y sobre ese camino, están los nuevos desafíos.

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