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Tintas rosarinas

16 de diciembre de 2014

Liturgia

Leonel Giacometto Por: Leonel Giacometto

Nunca estuvimos tan cerca de saberlo todo. Pero todo lo que se dice todo. Todo lo que se piensa, todo lo que hay, todo lo que pensamos y todo lo que se certifica como todo. Ahora es todo. Y, sin embargo, ingresando a la segunda década de un siglo que se imaginó y se especuló durante siglos, todo lo comprobado y demostrado bajo lo que se denomina entendimiento -y que pesa firme con los parámetros y la voluntad de que para seguir, hay que demostrar que es cierto-, eso, todo ese saber que se desparrama en este siglo respira ya bajo la sospecha de no serlo. O sea, nadie puede afirmar cierta claridad del sentido o de lo sentido sin que, casi automáticamente, irrumpa la sospecha que supone (o supondría) otro indicio; es decir, otro tipo de fe, que propone (o propondría) nada por encima ni a través ni allende, sino que contradice y materializa la inmanencia.

Cuándo fue que la angustia comenzó a infiltrarse en el devenir de las creencias cotidianas no lo sé con exactitud, pero se especula mucho y se experimenta aún más. La neuroquímica, la farmacología y la industria de prevenir, aliviar o mejorar la caracterización de la pena y el ahogo por acumular experiencias para trocar conocimiento por hastío aparecen, hoy por hoy, como “la medida sensible”, única y personal aunque implosiva, la cual confunde las diferencias vitales y produce una explosión de sin sentido que ni siquiera metaboliza en ficción. Ficción es una palabra abusada. Las drogas sintéticas del mercado blanco y negro son, hoy por hoy (parece), una posibilidad de reposo para el dolor en todas sus acepciones, en todas sus posibilidades de representación y certezas, generando así cierta tendencia al abandono personal y colectivo del propio cuerpo y el ajeno, como si se tratara de un salirse de sí para embargarse entero en un éxtasis que lo suspendería todo con cierto misticismo nunca contemplado como ritual, sino como pura búsqueda vacía. Esto podría estar sucediendo con lo que se admira enteramente en la ruta de lo que existe para vivir, con la palabra bienestar hecha carne.

Es la fe entonces, es la no duda la que pareciera estar siendo abusada hoy. Como muchos verbos, como demasiadas acciones cotidianas que presupondrían un encuadre justo y veraz, pero que se agotan en su resignificancia abusiva. Casi que ya no entramos en nosotros mismos e inventamos un dispositivo social que no relativiza las definiciones sino que, por el contrario, reafirma, transmite y apuesta por suplantar lo que está siendo como el motivo para escaparse. Un abuso que redujo las formas de comprensión de nuestra propia respiración y la ajena, una simulación consentida económicamente sobre las posibilidades de ser único y diverso que disuelve los cuerpos y las trascendencias personales de cada ser humano para confiarse, admitirse, pensarse, estimarse, quererse, odiarse, imaginarse, considerarse, profesarse, confiarse, fiarse. Todo eso junto en uno. Esto (uno) ya no se parece a la persuasión de lo verosímil, de lo probable y de lo que es creído, sino a una descarada cúspide que se satura de información.

Esa especie de descrédito sobre la fe y la certeza debería de ser reconsiderado si, por ejemplo, se entiende la creación artística como una posibilidad de apertura hacia una (generalizando) realidad que, bordeando siempre su propio sistema de creencias, interactúa libre en lo ordinario de cada uno. Tener plena conciencia de eso podría ser una actitud. La literalidad de pensar que el artista puede aportar a nuestra fe y, sobre todo, hacerla cierta. Esto incluiría los denominados auto de fe de los artistas en pos de su creación, y la impredecible empatía que generaría con la gente, las personas que anhelan la experiencia de tener en ese momento el absoluto poder de su fe y la sapiencia de saber, de alguna manera, reconfigurar la palabra amor. Por consiguiente, lo que se llama fuerza interior postularía entonces que lo veraz es un regalo de lo inventado, de lo imaginado por otro en pos de cierto “para él mismo y para el resto”. La actuación por ejemplo, una de las “disciplinas artísticas” más humanas y extravagantemente inciertas, ese endeble arte humano que se sirve del propio cuerpo del artista, podría ser el indicio de una nueva fe, de un nuevo movimiento hacia el deseo (algo hecho pelota) y necesidad de hacerse uno confiando siempre en el otro y esperando la corroboración de que es posible otro modo de creer y sentir. A fin de cuentas, dijo Alberto Ure una vez, ya sea en teatro, en cine y hasta en la televisión, pudiendo verse o no, “los actores hacen lo mismo que las otras personas, pero provisoriamente: se tallan un carácter, son alguien, pero de manera provisoria. Son la demostración terminante de que lo más serio que a cualquiera le pasa, uno mismo, es una construcción arbitraria y oportunista. Porque uno siempre es un actor de su obra privada y secreta, y no siempre el protagonista, a veces hasta es un extra de su propia vida. Y casi nunca las palabras que dice son propias”, dijo. La literatura funciona con igual procedimiento, pero se escribe. Y el resto, será olvidable alguna vez.

Leonel Giacometto

autores.org.ar/lgiacometto/

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