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Tintas rosarinas

20 de agosto de 2012

La boya que se hunde en el río

Pablo Fossa Por: Pablo Fossa

Articular históricamente lo pasado no significa conocerlo “tal como verdaderamente ha sido”. Significa adueñarse de un recuerdo tal y como relumbra en el instante del peligro. (Walter Benjamin)

Últimamente me interesa investigar sobre la relación que establece el teatro entre lo que se cuenta y su contexto histórico. Cómo hacer para que el relato de la obra pueda vincularse poéticamente con algún suceso de la historia.

En la fase de montaje y de escritura del proyecto “Argentina Arde”, ese era uno de los principales temas de discusión con Juan Pablo Giordano: ¿Cuál puede ser la anécdota y cómo armar la trama para que sea teatralmente interesante, y que a su vez sirva, por ejemplo, para hablar del bombardeo a la Casa Rosada el 16 de junio del 55? Siempre se trabajó sobre estos dos planos, lo anecdótico: trama ficcional; lo histórico: algún momento de la historia política del país.

Pero la mayor complicación nunca estuvo en ninguno de los dos planos, sino en lo difícil que era encontrar el tercer elemento, eso que articula y hace posible que la anécdota no pueda pensarse por fuera de ese contexto histórico, pero que a su vez lo histórico no le gane a lo poético.

Lo que sigue abajo es un ejercicio con el que, de algún modo, construyo un relato partiendo de un hecho verídico de mi infancia. Es decir, una historia de personas reales, una experiencia ya vivida, (historia); en la cual el tiempo y el espacio se modifican a tal punto que uno deja de ser uno mismo para ser atrapado e incluido en un relato ficcional, (anécdota), en el que, a su vez, se revela una existencia hasta el momento desconocida.

En 1976 mi familia se mudó de casa, nos fuimos a vivir a una que quedaba frente al río. Esa casa era un proyecto que a mi papá le costó 15 años de espera. La razón de la mudanza fue una sola, el deseo de mi papá de vivir cerca del río. Esto último yo lo sabía por mi mamá, quien durante esos años oficiaba de mamá y de traductor de papá. Mi papá era por ese entonces alguien que veía de a ratos al mediodía, a la noche y cuando me enfermaba.

Durante ese año me pasé tardes frente al río y un día descubrí que había personas que tiraban un hilo con algo que flotaba y que de ese hilo sacaban peces vivos del río. Ese descubrimiento me inquietó tanto que durante un mes dejé de jugar a la pelota para ver como pescaban. ¿Era magia?, ¿cómo hacían para sacarlos, si desde la costa no se ve donde están?, ¿entonces era puntería, suerte o que? Luego me empezaron a inquietar otras cosas, ¿qué había debajo, en el río?, ¿los peces nos pueden ver a nosotros cuando nos acercamos a la orilla?, y cuando hace frío ¿cómo, con qué se abrigan?, ¿tienen casa, refugio? ¿Y cuando hay tormenta, qué hacen, qué pasa? La existencia de otro mundo tan cerca, tan a la mano y a la vez tan oculto nos motivó a mi hermano Juan Carlos, (dos años mayor que yo) y a mi a armar una campaña pro pesca en canoa, porque mi hermano que estaba más informado que yo, sabía que la gente también pesca desde canoas que el club, del cual éramos socios, prestaba a tal fin.

Habrá sido porque mi papá un fin de semana no tuvo que hacer guardia en el hospital, o porque temía que nos escapáramos de casa para ir al río como el hizo de niño. O habrá sido porque tenía ganas, la cuestión es que un sábado a la tardecita, cuando el sol empezaba a tener menos intensidad, mi papá, mi hermano y yo fuimos al club a sacar una canoa para ir a pescar frente a la costa.

A medida que nos acercábamos a la orilla, a mi hermano y a mí, nos invadía una ansiedad que crecía y que era difícil de ocultar. Finalmente llegó el momento de subir a la canoa, mi papá en el banco del medio y nosotros en el banquito de popa (en la cola de la embarcación) así mientras remaba nos tenía a la vista. Este fue mi primer viaje por el río y la primera vez que compartí algo con mi papá.

Desde que salimos de la costa hasta que paramos para pescar no hubo conversación posible, mi papá es un hombre muy reservado y mi hermano y yo no sabíamos si teníamos miedo, alegría, o ganas de volver, porque una vez que te alejas de la costa no hay escapatoria posible, o te quedas sentado o te caes al otro mundo, mundo sobre el cual nos estábamos deslizando.

Cuando llegamos mi papá nos dio una caña a cada uno y nos enseño primero a encarnar el anzuelo el cual se llamaba “patita de mosca”, y al que se le clava un pedacito de grasa. Luego nos explico que se tira el anzuelo al río para que así, cuando los peces quieran comer la grasa, se queden enganchados. Una vez que esto sucede, la boya se hunde y ahí es cuando hay que tirar con la caña del hilo (tanza) hacia afuera para sacar al pez atrapado en el anzuelo.

El río estaba totalmente planchado, no corría una gota de viento, yo no le sacaba los ojos a la boya color blanca y roja que flotaba torcida y no dejaba de intentar recordar las instrucciones de pesca, de las cuales lo único que había entendido era que en algún momento la boya se hunde. Al lado, mi hermano que ya algo sabía, a cada rato sacaba para volver a tirar e intentar inútilmente del otro lado de la canoa. A medida que pasaba el tiempo, más nervioso me ponía, quería imitar a mi hermano pero no podía reaccionar, estaba paralizado frente a la idea de que al levantar la boya pudiera aparecer algo. Pasaban los minutos y mi hermano comenzó a ponerse molesto por la falta de pique, cosa que a mí me empezaba a alegrar. Luego aparecieron los mosquitos y el sol frente nuestro poniéndose detrás de la ciudad, esto sumado a que no habíamos sacado nada y al creciente mal humor de mi hermano, todos eran indicios de que en cualquier momento volvíamos. Fue ahí cuando mi boya comenzó a hacer unos movimientos cortos y rápidos que transmitían a mi mano unos tironcitos.

Mi hermano me empezó a dar indicaciones que yo no escuchaba porque empezaba a apoderarse de mí un miedo que luego se transformó en terror, algo debajo del río estaba moviendo mi boya y tiraba de mi mano. La boya se hundió de golpe y mi hermano dejó de darme indicaciones para empezar a insultarme y gritarme que tenía que tirar de la caña. Yo no reaccionaba, no quería saber qué era lo que llevaba mi mano hacia el río, pero tanta insistencia hizo que finalmente tirara. Al levantar la boya apareció frente a mi algo plateado con dos ojos bien redondos y abiertos , con una boca que se movía constantemente, su cuerpo entero no paraba de moverse y vino derecho hacia mí. Lo único que atiné a hacer fue gritar, llorar y pedir que lo volvieran a tirar.

Mi papá se levantó, agarró la mojarrita, que no paraba de saltar a mis pies, le sacó el anzuelo, me miró, sonrió, y la tiró al río. Se volvió a sentar y empezamos el regreso silencioso a la costa. Mi hermano quedó enojadísimo conmigo y yo me llevé guardada una imagen, la única vez en mi infancia que ví sonreír a mi viejo.

Ese efecto a través del cual se revela lo desconocido, el gesto inesperado y contundente que obliga a resignificar lo que se cuenta, redimensionándolo, es lo que busco en cada ensayo de la próxima obra. Pienso que el suceso histórico elegido para circunscribir la obra necesita no sólo de una anécdota atractiva y dinámica que la cuente, sino de un gesto que lo revele y que le dé un nuevo sentido. Necesita de eso que relumbra en el instante del peligro.

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