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Tintas rosarinas

28 de febrero de 2014

Hilos

Rody Bertol Por: Rody Bertol

Recuerdo una noche de invierno, habría tenido unos 17 o 18 años, cuando fui solito a ver a Alfredo Alcón a una sala (era una sala chica, no sé si era el Centre Catalá, que quedaba por calle Buenos Aires). Alcón traía a Rosario un recital de poesía de Lorca. No había mucha gente y, en su mayoría, eran veteranas muy paquetas. Fue la primera vez que lo vi en un escenario. ¡Cómo me impresionó cuando salió a escena! Con un traje negro impecable y una chalina blanca en los hombros. Un Alcón joven (no sé si era tan joven, pero vieron que Alcón es una figura atemporal), tenía una voz deslumbrante y una sonrisa que iluminaba. Los tonos dramáticos eran muy hondos. Sus gestos, muy marcados, constituían una presencia que fascinaba. Y encima diciendo Lorca, un autor que desde siempre admiré (la primera obra de teatro que leí fue Doña Rosita la soltera, en la biblioteca del Colegio Nacional N.º 1, escapándome de una clase de coro).

Salí del teatro feliz por haber visto a un ídolo. Y lo de ídolo venía desde unos años antes cuando lo había visto en la película de Torres Nilsson, Boquitas pintadas. Esa película me encantó, y la vi varias veces. Alcón interpretaba a un galán. Era un galán con un toque trágico ya que sufría de tuberculosis, con un semblante muy cautivante y seductor, pero muy frágil (eran muy dramáticos sus episodios de tos). Si me habrán girado imágenes de sus encuentros clandestinos, románticos y sexuales con sus novias. En esa época fue una de mis películas preferidas.

“Casualmente”, unos pocos años más tarde, y ya haciendo teatro, participé en una muy buena obra (fue mi segunda obra en mi corta carrera como actor) de un joven director, Jorge Ricci, que se llamaba Sueños de juventud y contaba una pintoresca y emotiva historia en un pueblo. Aunque relataba una historia diferente, tenía un tono dramático que me hacía acordar a Boquitas pintadas. La particularidad del elenco era que lo integraban actores y actrices de las ciudades de Santa Fe y Rosario, que formaban parte de distintos grupos, pero que estaban ligados a un incipiente sindicato provincial de teatreros. Recuerdo que hacía un personaje que era algo así como el pibe atontado del pueblo (Coco) y otro personaje que era un indiferente esposo de la protagonista (Rapa). La pasé muy bien en ese elenco, aunque, como se dice ahora, fue solo un elenco concertado y eventual, y muy fugaz. A pesar de eso, había de todo: cuestiones, oficiales y clandestinas, rivalidades, envidias, amistades, secretos… como corresponde. Tengo imágenes. He soñado con esa obra. Para mí, en ese entonces, era un viaje iniciático con el amor y con el teatro.

Quizás por eso aparecieron estos recuerdos imaginando “Bajo un cielo de verano”. Me estuve acordando de muchos elencos de pueblo que conocí en las giras, en esos años oscuros de la dictadura. Parecía que, en esos elencos de los pueblitos, en cada lugar el paisaje y las anécdotas cambiaban, pero los personajes eran siempre los mismos (no faltaban la separada, la pareja gay oculta, el intelectual, el militante de izquierda, el aspirante al cargo de cultura en la comisión directiva del club; la mayoría, de algún modo, eran los “raritos” del pueblo).

Muchas cosas ocurren en “Bajo un cielo de verano” pero podrían ser tres: el amor, la amistad, el teatro. En diciembre de 1962, en un pueblo de algún lugar del interior del país, se reúne un elenco para representar su obra de teatro “El secreto de la felicidad” y festejar el fin de año. Esa misma noche, bajo un cielo estrellado de verano, surgirán algunos acontecimientos donde todos los personajes intentaran buscar una respuesta, una salida. Pudieron hacer sólo una función de esa obra. Hoy, 50 años después, una voz nos cuenta lo que realmente ocurrió aquella noche, y la historia, con ese relato, nos devela el encuentro con pensamientos olvidados, confesiones, anhelos y un suceso que bordea lo trágico y que cambiará el curso de esa noche y de la vida de cada uno de ellos. El amor, la amistad y el secreto aparecen como destino, y el desvarío, como verdad.

Estos personajes, que están festejando el fin del año 1962, se preguntan cómo será la vida dentro de 50 años. Una inmensidad 50 años para ellos, pero no la suficiente para que nosotros, que vivimos hoy en ese futuro, también, desde un umbral, interroguemos la misma incertidumbre.

Con estos personajes, desde el primer ensayo, me vi tentado a sentir que como trasfondo latía un homenaje a esos pioneros del teatro independiente del interior, que de hecho lo es. Pero también me daba cuenta de que irme con la historia a esa época, la de esos parientes que nos precedieron en los 60, era tan sólo un pretexto para en definitiva mostrar algo fundante de esta actividad: cómo está atravesada por la pasión, el capricho, el sacrificio, el asombro y, sobre todo, por ese sentido de epopeya que se juega en cada realización. “Quiero brindar por todo lo que hemos imaginado en el escenario... Aunque ese mar que nos ha dado la gracia, sea el mismo mar que nos ha robado”, dice (muy strindberguianamente) el protagonista de la obra.

Estos actores y actrices de la obra transitan (en parte como nosotros que no vivimos en un pueblito pero “el techo” de trascender con nuestro trabajo también es bajo) por ese arduo estrecho entre el amateurismo y la militancia o al menos la participación cultural, o tan sólo una actividad que gusta y se ama hacer, y punto. Esta falta de “profesionalismo” podría ser un aspecto que devalúe su trabajo artístico; sin embargo, no lo es.

Pero si así lo fuera, no tiene ninguna importancia, porque en realidad esta condición de que una “persona cualquiera” pueda crear algo (una obra de teatro, un cuadro, una foto, un poema) nos habla de algo más importante: del potencial desconocido o latente que todos los seres humanos tenemos. Y que algunos pueden desplegarlo en la vida y en otros queda oculto para siempre.

Hace unos años leí en unas notas que Ingmar Bergman decía: “Una puesta en escena extiende los hilos de sus raíces muy atrás en el tiempo y en los sueños. A mí me gusta pensar que habitan en un recinto especial del alma”. Y creo que es así. Además, con el tiempo, uno va aprendiendo, de obra en obra, que toda buena historia es buena y nos conmueve si es una historia de amor. Y Bajo un cielo de verano es eso, una historia de amor muy simple. Sin embargo, tiene otros ingredientes que la constituyen. Es una obra acerca de esos dos puntos de álgido contacto: los grandes anhelos que nos proponemos y las pequeñas e intrascendentes decisiones cotidianas que vamos tomando, y que van dirimiendo, imperceptiblemente, lo que podremos o no alcanzar, si nos subimos o no al tren.

Pero no carguemos con tantas palabras a una propuesta que sólo desea ser un relato vacilante. Porque de todos modos —y será por esto que dice Brook que el teatro no trata de nada, trata de la vida, es la vida— esta obra es ante todo una evocación de algunas circunstancias con lo que hemos soñado y, al mismo tiempo, esta ficción es creer en un acto, en una necesidad de experimentar y de compartir durante una hora y cuarto una experiencia real y sencilla con otras personas. En ese inestable, mínimo e inmenso lugar que es un teatro independiente en Rosario.

Hace unos pocos días, cuando estábamos terminando de armar la puesta en escena, buscando unos apuntes en unas cajas del altillo de casa, encontré el programa de mano de aquella vieja obra de Jorge Ricci. En el final del programa, había un texto que decía:

… pero a la tardecita, cuando pase el camión regador y el sol se esconda detrás de la iglesia, vendrán unos muchachos jóvenes y, con algunos de los viejos, se pondrán a trabajar en este Club… que no quiere morir.

Textos de aquella antigua obra, que bien podrían haber estado en esta nueva obra. Es más, de algún modo están, forman parte de esos hilos que, azarosamente y sin que nos demos cuenta, entretejen nuestros destinos ficcionales.

Por supuesto que Alcón sigue siendo un ídolo, lo volví a ver en algunas obras durante todos estos años. Pero esa noche, solito diciendo Lorca, inundando de magia a esa sala fría y desolada, fue la única función inolvidable que guardo de él.

Rody Bertol, octubre 2013.

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