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Tintas rosarinas

21 de marzo de 2012

Destierro

Rody Bertol Por: Rody Bertol

Recuerdo un mediodía en el Valle de la Luna, con cincuenta grados de calor y una luz enceguecedora sobre un horizonte de rocas rojas. Recuerdo también, una hilera de álamos al lado de una acequia, con el agua transparente y fresca saliendo hacia los surcos de los parrales, en un ámbar atardecer en la casa de mi abuela, en el valle de San Juan

Se considera que los paisajes son confines aún no domesticados, al ser indestinados son desterradores, y por lo tanto, en esa condición derraman melancolía. Sin ella (dice Lyotard) sólo serian lugares.

Otro ejemplo que me viene ahora que estoy re-escribiendo esto, lo constituye el paisaje que sale del piano de Keith Jarrett en el tema “My song”, la melodía trae ruiditos encendidos, meciéndose en el umbral una paz que precede al abrigo, al olvido, a un silencio, se aproxima como un rumor cómplice, sintiendo llegar diáfana la agradable lentitud. O el paisaje del tema “A pocketful of stones” de David Gilmour, mirando un cielo estrellado en Roldan, son las 21 horas, corre un suave vientito, y se siente el olor a comida.

Sospechamos que el paisaje no hubiera elegido un lugar para aparecer. El paisaje es demasiada presencia, no se lo captura con el saber.

¿Quiénes engendran esos paisajes que nos pierden? Hay lugares en nuestra realidad que conllevan una destinación: la cocina, el dormitorio de una casa, por ejemplo. Pero si son paisaje, pasan a ser un lugar indestinado. La irrealidad de los paisajes, eso que ahora recuerdo que sentí con las yemas de los dedos tocando las chapas húmedas de la casa de Javier, un amigo en la adolescencia. Recuerdo que caminaba hacia la piecita del fondo y llevaba el disco Artaud de Spinetta, en una bolsita de nylon. Era una noche de verano, íbamos a encontrarnos a fumar, escuchar música, proyectar si era verdad que: “Tengo tiempo, para saber, si lo que sueño concluye en algo.” La luz grisácea que irradiaban esas chapas hacían un no lugar, el extrañamiento persistía desde esos dedos en la chapa, el humo de los cigarrillos, el piso mojado, hasta la guitarra del “Flaco” saliendo del tocadiscos.

Ahora que vuelvo a re-leer este texto, no puedo dejar de acordarme el día que le hice un “reportaje” al flaco Spinetta. Era la primavera del `74, Invisible hacia un recital en el Club de Villa Diego (aún hoy quisiera saber a quién se le ocurrió llevar a Invisible a ese lugar) Por supuesto no había mucha gente y no eran pocos los que se obstinaban en pedirle al Flaco que haga algún tema de Pescado, e incluso no falto un par de perdidos que pidieron temas de Almendra. Pero el Flaco con esa banda hizo sólo temas del primer disco de Invisible y presentó un par de temas nuevos. El escenario enclenque estaba armado en un costado de la cancha de básquet. Yo había ido con unos amigos, entre ellos recuerdo a Lucio Contisa, un amigo del barrio (hoy es un pintor que vive en Italia) No era bueno el sonido, pero yo estaba emocionado de escuchar a Spinetta tan de cerca y en la zona. La primera vez que lo había visto fue en un recital de Almendra en Villa Gessell, que me había llevado mi hermana mayor. La cuestión es que el recital terminó, la mayoría de la gente se quedó en la cancha tomando una cerveza y fumando.

En eso a mí se me ocurrió ir hasta la puerta. Cuando llegué, en un costado, al lado de un árbol, había una camioneta doble cabina, la ventanilla del asiento trasero estaba abierta y estaba el mismísimo Flaco tomando aire y esperando que desarmen el escenario los plomos y los demás músicos. Yo me acerque y ya que había llevado mi grabador, el negrito (un viejo Phillips que ya tenía varios años), fui derecho hasta la ventanilla y muy nervioso me anime a decirle: -¿Te puedo preguntar algo? Es para una revista que a lo mejor hacemos acá.- El Flaco me miró, sonrió y me dijo: -Dale-

Me latió el corazón a mil, me temblaban las piernas, no lo podía creer, estaba frente a mi mayor ídolo de la adolescencia. Yo tendría cerca de 15 años, pelo muy largo, pantalones bombillas. El Flaco recuerdo que tenía una remera brillante, botas con plataforma y el pelo enrulado hasta los hombros. Estaba embobado, fascinado, la única pregunta que le pude hacer fue: -¿Estas escribiendo nuevos temas?- El Flaco se puso hablar, no lo podía seguir, no entendía bien lo que decía, yo movía la cabeza asintiendo y tenía dibujada por los nervios una sonrisa. Con el tiempo me di cuenta que hablaba de algunos temas de lo que después seria: “Durazno sangrando”.

Paso un tiempito, difícil saber cuánto, pero calculo unos 15 o 20 minutos, la camioneta ya estaba llena con todos sus ocupantes, el Flaco me dijo que se tenían que ir. Me quede paradito en la vereda, duro con el grabador en la mano, un buen rato viendo a la camioneta irse. Hasta que llegaron mis amigos y les empecé a gritar que había grabado una conversación con Spinetta. Por supuesto nos quedamos hasta la madrugada y a la grabación la escuchamos varias veces. La revista no la pudimos hacer, y el cassette lo guarde varios años, hasta que de una mudanza a otra, quedo en el camino.

Por eso ahora una luz entrañable me permite ver con nitidez un paisaje hondo y fascinado: donde un chico se queda mirando cómo se aleja una camioneta hacia la ruta, la luz amarillenta del alumbrado público hace brillar al rocío en el asfalto, un vientito de primavera mece con torpeza el encanto, la admiración. Todo estaba casi inmóvil, el único movimiento era el de esas dos lucecitas rojas de la camioneta que se iban hundiendo en un hueco azul. El mismo hueco azul en el que luego, a ese chico, se le perdieron y encontraron tantas ilusiones y tantos sueños, un espacio veloz en el que aun reincide el anhelo, cuando se compromete con algo, buscando… “la mariposa” (diría el padre de Stefano) Ahora comprendo que el chico sintió mucho miedo frente a esa mancha azul, fue repentino, como si de pronto los dos márgenes de un río se desbordaran y empezaran a inundar todo el paisaje dejándolo sin color.

(Con Spinetta volví a tener algo más parecido a una conversación otras dos veces, una en los mediados de los ochenta, en la previa de un recital me lo presentó Fito en un camarín y charlamos un buen rato de teatro y Prive, luego en los `90, pero bueno… esas veces forman parte de otra historia)

En el momento que estamos frente a un paisaje, que se nos vuelve desolado, no asociamos, ni encadenamos, ni opinamos. Cuando el yo queda atrás por arrogante, por querer ser el patrón de medida de todas las cosas, entonces el paisaje deviene irrepetible. Como lo es el personaje de un actor cuando logra ser paisaje. Por ejemplo el rostro agrietado de Lenski haciendo el Stefano de Discépolo, a finales de los setenta en el sótano de Arteon, aquí en Rosario. Tenía 17 años cuando lo ví por primera vez, fue un paisaje.

Así como el relato teatral puede hacer que el tiempo corra, se detenga, se escape, se recupere y se vuelva a escapar, el paisaje lo atrapa de un saque. Mostrar el paisaje es del orden de la recuperación o del relevo, es una fuerza disolvente que tiene la virtud de hacer interrumpir el relato. En el paisaje que puede aparecer en un cuadro de la puesta en escena hay siempre un elemento frágil, aprehendido en el efecto patético de una territorialización al descubierto: el cuerpo humano.

El teatro está imposibilitado de presentar el rostro como objeto parcial, se compromete en cambio con el juego de la integridad. El actor “en-cara” un personaje, maniobrando inevitablemente en la amplificación. La relación entre lo que un rostro expresa y aquello que el actor dice, es a menudo arbitraria, y el teatro aprovecha para interceptar sentido entre lo que se dice y lo que se muestra.

Todo actor a-prende en la cornisa del ridículo, a despojarse frente al más potente de los públicos: el imaginado o imaginario. Se podría pensar al personaje como un viajero en fuga, alguien que desconoce en el fondo qué es lo que provoca su gesto. Por eso a su manera, una actuación concentra tanta ignorancia y desocultación a la vez, y por consiguiente tanta huella. Allí donde la lengua fracasa emerge el más intenso rasgo del actor. Así como se dice que el espíritu se posa, reposa, en la actividad narrativa, en ella, el actor es rehén del personaje, su viajero perdido. Por eso el mejor momento de una actuación es sólo evanescencia, no es nada, y en eso radica su belleza.

Un chico nace con una cara que se va con el tiempo cubriendo de rostro. Cuando estamos apasionados por ejemplo, la cara persiste, mientras nos rebelamos ante la ley que emana del rostro. Entre la cara y el rostro no sabríamos donde estamos: en esa transustancia trabaja el actor. Porque en la vida (como nos enseño Strindberg) somos niños, o somos viejos, lo que somos en el medio… no lo sabemos.

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