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Teatro en su tinta

2 de octubre de 2016

Crónica

El teatro a tres metros de distancia

Gustavo Bendersky Por: Gustavo Bendersky

En febrero del 2011 estuve trabajando en la ciudad de Mérida, en el estado mexicano de Yucatán. La gente que trabaja en la Secretaría de Educación Pública de Yucatán se había enterado de mi experiencia en la cárcel de Paraná, por lo que me invitaron a dar unos seminarios y funciones en los dos penales más grandes de la ciudad. La cosa comenzó muy bien, pero no pudo ser concluida. He aquí una crónica caprichosa y subjetiva de lo que pasó. Lo que pasó es uno de esos episodios que disparan nuestro pensamiento hacia tantas otras injusticias y vicisitudes. Creo que por eso se transformó en este texto.

¿Cómo hacer teatro a más de tres metros de distancia? ¿Se puede actuar a más de tres metros del espectador? ¿Cómo, de qué formas, se condensan y se esgrimen las razones que al final de los días naturalizan el crimen y el encierro? Una acción hecha de alambre y tierra puede ocasionar una alteración del orden. La vibración de Casiopea o el inicio de una estación a destiempo. Todo puede resultar extremadamente peligroso cuando las vidas y los perros se aparean desprolijamente, y la ciudad se inclina obscenamente hacia los basureros y los penales. Fui invitado al penal, adentro. En un movimiento oblicuo y de corazón certero arribé al espacio, brindado la sed que a mí me acompaña, y que abreva de tantos sitios y manantiales. Pero el reporte ha dado negativo, y el muro queda tras de mí, tras de uno.

Subo al auto que me tiene que llevar a la cárcel de mujeres aquí en Mérida. Hoy tengo que dar mi última clase para ellas, después de la función, que fue ayer domingo. Como en las mejores películas de suspenso, el auto se desvía de su recorrido habitual. Es que me ha pedido doña Verónica que pasemos antes por su oficia, me responde en perfecto yucateco el chofer. Verónica es la extrovertida y simpática funcionaria que – asumiendo todos los estereotipos del progresismo latinoamericano – me ha invitado a hacer mi trabajo en los dos penales. Lo que ella tiene para decirme es que no vamos a poder seguir adelante con la actividad prevista, a partir de… ahora.

Según la legislación mexicana, si te acercás a tres metros de distancia del muro periférico que divide la calle del penal, los guardias francotiradores pueden disparar sin preguntar siquiera; dice presumida la voz que no muestra sino esconde el cinismo de haber traicionado en el naufragio. Creo que la voz que me habla - con alardes de aflicción mentida - no sabía que la luminaria de una acción teatral puede temblequear, palidecer, enhebrarse amorosamente contra la mirada obscura de quien no tiene nada que perder, porque todo lo ha perdido. Al fin de cuentas, un héroe no es aquel que ha cometido grandilocuentes hazañas, sino quien - cautivo - sabe defender su espacio vital. He actuado para heroínas de carne y hueso. No existen las casualidades, todo es una cuestión de perspectiva, le digo a la voz que me ha advertido acerca de los tres metros. Mi espacio vital tiene los tres metros que me da mi garantía constitucional… fuera de esos tres metros quizás disparen. Contar una historia mirando a los ojos - contarla personalmente, dejando que nada sea más importante en ese momento - desestabiliza los parámetros que contienen las normas, la seguridad que manipula el miedo, la delicada cadena de micro traiciones que sostienen la carpa bajo la cual todo puede ocurrir, menos lo justo. Me parece tan claro, tan lógico… tres metros de distancia son suficientes para derribar un muro, provocar el arco de un beso, inaugurar un espacio nuevo. Así como alcanzan para matar un hombre en un segundo.

Fui invitado dentro del penal de mujeres con mi espectáculo. El espectáculo ¡Afuera! está hecho de objetos pequeños, que caben en un libro y una buena historia. Palos, alambres y hierro. Un chambergo, unas alpargatas y una muñeca. Todo pasa por la puerta, todo cabe entre mis manos y mis hombros. El domingo en la función se pudo hacer vibrar esas cuerdas que componen la melodía que dice mi cuerpo. Pero era peligro lo que trasuntaba el acto. Quizás yo mismo no lo sabía. Actuaba con querosén en las manos, con lastimaduras que vienen de antes… a través de mí, y que ya no son mías. Delante de mí, justo enfrente había un señor ya grande. Había venido el domingo desde muy lejos a ver a su mujer en el horario de visita, me contó más tarde. Yo no sé si el señor entendió la historia o pensó en la trama. Sólo sé que en un momento, casi al final del espectáculo, apretó fuerte la mano de su compañera. Mis ojos apresaron el momento, yo lo vi, lo supe. Y sentí un pequeño orgullo de estar allí con ese hombre, que nada tiene que decir porque todo lo sabe. Los tres metros habían sido burlados, pícara, descaradamente. Entre ese señor y yo se había trazado un plano nuevo, que nos pertenecía. Era sugestión y alevosía. Alegato contra lo absurdo de una pared, o de un muro. Y sí: era peligroso, es peligroso… tiene razón la voz.

No nos hemos entendido. Salgo de la oficina. Rasgo la bruma que dejó esa agua rancia, y sonrío. La historia está intacta y las casualidades no existen. Hay que ser muy valiente en estos países tan perdidos para ser pobre y coherente. Hay que ser muy atrevido para reconocer la inminente y diáfana peligrosidad del corte. Sólo los ladrones de gallinas serán encerrados, para que pueda la ciudad seguir bebiendo el agua de sus cloacas y blanqueando sus paredes. La carpa se mantiene firme porque las historias son acalladas. No se podía seguir, son órdenes de arriba. Salí a la vereda. Me devolví a mi centro. Afuera no había llovido. Pienso y motivo las artimañas de mi corazón, que de tanto en tanto se resiente de tanto funcionario jodido. ¿Cómo no va a ser un acto peligroso hablarse a los ojos, en países donde ser pobre es un crimen? ¿A quién se le ocurre entrar con un martillo y un libro a un sitio donde la gente es encerrada por ser pobre, chaparra y jodida?

No está en el libro, quizás siquiera lo imaginó Güiraldes, pero así nosotros –con Ignacio el director - lo hemos soñado y construido. Hacia el final del espectáculo el muchacho de la historia doma un potro salvaje, enfrentándose a su propio destino, afrontando la fiebre que provoca la intemperie, tensando los hilos de su camino. El potro está en la cabeza del que mira, ya que tampoco se hubiese podido ingresar un caballo verdadero. No hubiese cabido en la cabeza de centímetros cuadrados de los funcionarios. El caballo está en la cabeza del espectador, y las crines en el alambre oxidado. Con el alicate en las manos, corto los alambres, abro el espacio y sonrío. Corto los alambres. Apreta el señor mayor la mano de su esposa presa. Corto los alambres y los miro. El guardia en la puerta. Y el reporte de seguridad del penal es negativo. Pero el potro ya está corriendo sonriente y desatado, altivo en la lucidez que provee el aire frío de afuera. Lo supo el señor de la primera fila… él me lo dijo al estrecharme la mano saliendo del salón. En silencio me lo dijo.

Lo sé: soy demasiado torpe y miope a veces, pero corro con una pequeña ventaja: tengo amigos. Pactos silenciosos con caballeros cuyo nombre no sabré nunca, nunca he sabido. Ellos me hacen comprender lo que mi inmadurez rebuzna y rezonga y gime. Hay virtud en el silencio y la cortesía. Ellos tienen los alambres y las púas, es cierto. Pero nosotros tenemos el alicate en nuestras manos. Me duele el costado cuando miro el mundo, sumerjo la cabeza entre mis manos… aún queda la tierra del espectáculo y bebo de esa hierba marrón. Supe algo nuevo ayer por la tarde. Y hay regocijo, lo veo, en comprender la abierta coherencia entre la peligrosidad de mis actos y la locura que me rodea. Me han honrado, me han distinguido en la ciudad de Mérida. No soy un héroe, pero sí un aprendiz de libre. Ahora sí, el reporte ha dado positivo, y los tres metros que me rodean se han desvanecido.

Mérida, febrero del 2011

A Doña Leidy, aún privada de su libertad, que guardará su dibujo hasta que volvamos a encontrarnos, afuera o adentro.

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