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Críticas

28 de mayo de 2014

¿Quién? Yo

Ya estoy solo

Federico Aicardi Por: Federico Aicardi

La soledad puede tomar tantas formas como soledades existan, puede ser una chica que revolea el poncho en el más arquetípico ejemplo del marketing de lo que se entiende por el “ser argentino”, puede ser una canción de Jorge Drexler, un personaje de Antonio Gasalla, el destino irremediable del abuso de estupefacientes según cualquier publicidad de televisión, pueden durar hasta cien años según García Márquez, podemos jugar con las palabras y decir que la soledad es solamente la edad del sol y por eso es infinita. La soledad viaja en colectivo escuchando música con auriculares. Pero por sobre todo la soledad es el relato de sí misma.

“Ya estoy solo”, la última producción de Hijos de Roche, es el relato en soledad de cómo una persona queda en soledad. El texto (quiero decir texto y no dramaturgia porque tranquilamente podría ser un cuento) de Romina Mazzadi Arro está plagado de personajes: Carlos, putito, Lucrecia, los extras están todo el tiempo presentes en una habitación ocupada por un personaje que construye un universo desde el relato de lo que sucedió.

Es en ese momento, en el inicio, donde nace una paradójica y compleja operación entre el personaje, el discurso, el público y la soledad. El personaje se muestra encerrado en una especie de cámara gesell, símil cárcel, contando sus desventuras, dándole forma a esa presunta soledad a la que nosotros estamos asistiendo. Cada palabra que el personaje enuncia trae a nuestra expectación un nuevo personaje y con esto jaquea la misma soledad que pretende construir. Sumado a esto estamos nosotros mirando a un personaje que se muestra solitario pero que se encuentra acompañado de todas las construcciones que él mismo hace. Esto nos lleva a una sola pregunta: ¿Quién está solo?

El trabajo dirigido por Paula García Jurado encuentra su mayor fuerza, una fuerza que es imbatible, subyugante, agresiva, paralizante en la indescriptible actuación de Elisabet Cunsolo. Quiero hacer foco en lo indescriptible de la actuación de Cunsolo porque es necesario que se entienda que lo que logra no se puede describir con palabras. Todo lo que se diga o se escriba es poco, es injusto, no logra transmitir lo que ella transmite encerrada en cuatro paredes. Cunsolo logra hacer aparecer una tormenta épica con quinientas personas volando, logra corporizar todos los personajes que nombra con su humanidad. Eso es, simplemente, mágico. Es casi imposible ir al teatro y ver a un actor hacer y deshacer, crear y destruir, atraer y expulsar al público de la manera que lo hace Elisabet. A nadie sorprende si digo que es una enorme actriz pero en este trabajo se recibe de imprescindible.

Hijos de Roche pone en escena (y en jaque) al teatro en su totalidad porque en épocas de superpoblación de objetos, donde todo se ve, se muestra, está presente, donde el vaso es vaso, la lámpara es lámpara, el sillón y la mesita son objetos ineludibles deciden dejar a una actriz sola en un escenario pelado y que todo se construya con eso que es constitutivo del teatro, la posibilidad de crear algo que no está ahí.

Al final, cuando las luces se apagan, cuando el espectáculo termina, cuando los saludos de cortesía ya fueron entregados de forma cortés, cuando las escaleras del Espacio Bravo se ven superadas por la cantidad de pasos que dimos, cuando la calle está frente a nosotros y nuestro cuerpo se dirige hacia donde acostumbra dirigirse algo aparece en nuestra cabeza, una palabra, dos palabras, tres palabras, una respuesta a una pregunta.

¿Quién está solo?

Yo

Ya estoy solo

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