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Críticas

19 de mayo de 2012

El humor en tiempos malhumorados

Una idea para una pequeña obra

Federico Aicardi Por: Federico Aicardi

La historia argentina de la segunda mitad del siglo XX puede contarse de muchas maneras distintas. Por un lado, tristemente, como una sucesión de golpes de estado que comienza con la revolución libertadora del 55 hasta la nefasta dictadura del tridente del terror Videla-Massera-Agosti. Se puede contar como la época donde dejamos de escuchar al “club del clan” para saborear con nuestros oídos las melodías de Manal, Almendra, Sui Generis, Pappo´s Blues, Virus, Todos tus muertos hasta Viejas locas.

Pero existe una forma que nos arranca una sonrisa sea la década que estemos revisionando y es la que cuenta la historia de nuestro país en base a los cómicos que las representaban. Así podemos revisar los cincuenta y sesentas de la mano de Pepe Biondi y Luis Sandrini, los setentas y los ochentas con Porcel y Olmedo, los psicodélicos y tortuosos noventas con Casero y su troupe y la actualidad de la mano del siempre increíble Diego Capussotto.

Es en este espíritu revisionista de la historia del humor argentino donde Rody Bertol y su grupo “Rosario Imagina” estrena “Una idea para una pequeña obra” un viaje por esa rama del arte escénico tan subestimado y apartado que es el humor popular. Todas las décadas antes nombradas hacen su aparición en la historia de Pedro (Juan Nemirovsky) a quien le toca luchar contra sí mismo y su incapacidad de conquistar a una mujer.

A Pedro el amor se le hace esquivo de todas las maneras en que este sentimiento puede esquivar a un ser humano. Lo esquiva porque es torpe, porque se desubica, porque no sabe comunicarse o porque simplemente no es correspondido. Así una galería de personajes pasará por su departamento a aconsejarlo (como su amigo Nacho, interpretado por Martín Ovando), a rechazarlo de todas las maneras posibles (como los diferentes personajes que interpretan Soledad Murguía y Paula Viel), a embaucarlo (como Miguel, interpretado por Diego Bollero), a hacerlo vivir una historia de amor imposible (como Bárbara, interpretada por Gisela Sogne) o a entenderlo y quererlo (como el Tío Pancho, interpretado por Alejandro “Chavo” Ghirlanda).

Así “Una idea para una pequeña obra” se presenta con el ritmo de las viejas comedias, los personajes entran, salen y vuelven a entrar en la vida de Pedro confundiéndolo hasta el límite de desencajar toda su vida. Las confusiones se entrelazan con los chistes más simples y efectivos (no peyorativamente hablando) hasta el momento tierno, el momento inocente, el momento en que nuestra cabeza se inclina para un costado y sonreímos dulcemente.

Entre las actuaciones, todas correctas y llenas de humor, se destacan las performances de Juan Nemirovsky, Soledad Murguía y el chavo Ghirlanda. El tío Pancho protagoniza un momento antológico con interpretación musical incluida, concluyendo con un momento de amor intensamente familiar y cercano. Soledad Murguía se transforma de la come-hombres Laura, a la extraña creación de la imaginación de Pedro Vicky a la simple y amorosa vecina sin que encontremos nada de una en la otra (tres personajes, tres cuerpos, tres actitudes). Por último Pedro, compuesto casi perfectamente por Juan Nemirovsky, que denota resabios del neurótico Woody Allen, de la dulzura y sentimiento del “profesor hippie” de Luis Sandrini y de la picardía y humor picante de Olmedo.

Con todos estos ingredientes “Una idea para una pequeña obra” se transforma en un comedia en el más fundamental sentido de la palabra que, si bien pierde el ritmo en algunos pasajes del devenir de Pedro o repite algunos chistes que hacen perder la gracia de los mismos, nos recuerda que, en este mundo donde parece que la risa es patrimonio de la televisión y sus sitcoms, algunas veces lo único que queremos es divertirnos.

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