TeatroEnRosario.com
 

Críticas

5 de octubre de 2012

Pasión (y algo que decir)

Telarañas

Federico Aicardi Por: Federico Aicardi

Está encerrado, atado a una silla, la puerta está cerrada, no hay ruidos, ninguno, puede que por ahí atrás se escuche algo, pero nada reconocible, nada de gotas de agua que caen en un charquito, por favor, no se imaginen eso. Delante de esta persona un cronómetro, 0:45, 0:44, al protagonista lo único que le queda es la tranquilidad de que todo esto va a terminar en 0:42, 0:41, 0:40, respira, exhala y le pasa todo eso que nos cuentan que les pasa a las personas en sus momentos finales, ve a su abuela, a su madre, a su padre, una luz, una puerta, a Dios, a un colectivero vestido de pomelo dándole la seña de “está todo ok”, 0:15, 0:14, bueno, por fin, ya está, hasta siempre. 0:02, 0:01, y ahí el cronómetro se frena, se queda inmóvil, ¿es que el tiempo dejó de correr? Nada de eso, el tiempo sigue corriendo, la diferencia es este tiempo que no corre, este segundo que quedaba para que todo termine, ahora la incertidumbre es lo que reina y nuestro protagonista siente que nunca vivió un instante tan eterno, tan inacabable, tan desesperante, tan indefinido, tan violento. Es que la violencia no es el grito o el golpe, es lo que no podemos controlar aunque podamos, es lo incierto, lo inesperado, lo que nos desacomoda.

Telarañas, obra escrita por Eduardo Pavlovsky, dirigida por Malén Meazza Maté y protagonizada por Julia Tarditti, Federico De Battista y Nicolás Palma tiene como objetivo hablar de eso, de la violencia, y en este caso en particular, de la violencia familiar. Padre y Madre hacen de su hijo lo que quieren sin freno, lo hacen comer cosas desagradables, le pegan le gritan, lo escupen y le vuelven a pegar como metáfora de un país que en ese momento (1977) estaba realizando lo mismo con sus “hijos” (palabra que adquiriría un peso mucho mayor con los años).

El abordaje que el grupo Dedoenelojo realiza del texto de Pavlovsky podría enmarcarse en un abordaje inocente de la violencia, entendiendo a la misma como sobre expresión física de un cuerpo hacia el otro, la violencia de Telarañas comienza con gritos, sigue con golpes, continúa con sexo y vuelve a los gritos, así no tenemos espacio para descansar y al espectador solo le queda seguir presenciando el exceso de violencia que a la larga termina por asimilarse en algo común, corriente y hasta anestesiante. Más aún en una época donde todo es violento, el amor por un líder es violento, el odio por un enemigo es violento, los robos son violentos y nos olvidamos que no levantarse de un asiento para dárselo a una embarazada es violento.

Por otro lado hay algo maravilloso en Telarañas y es el grupo que la lleva a escena, Dedoenelojo. La directora y los actores son muy jóvenes y tienen esa prepotencia que bordea la falta de respeto necesaria para que les importe muy poco lo que digan los demás y hacer lo que les plazca. Así es todo en esta obra, excesivo, sin tiempos, llevado por delante hasta el golpe final, sin descanso y, teóricamente, eso se aprende con el tiempo, o no.

Lo que no es objetable es que es un trabajo pasional, absolutamente pasional, que tiene momentos de gran tensión, que logra replantear en el presente algo muy anclado en los años más asquerosos de nuestra historia, que necesita tiempo pero que tiene vida, como ellos, los jóvenes de Dedoenelojo, los de la violencia inocente, ellos, que tienen eso que no se aprende con el tiempo, que si no se tiene se deambula por la vida como un zombie, que es tan necesario para no creer que somos un número en la torta de porcentajes de la próxima elección, eso que llamamos pasión (y algo que decir).

Archivo

<<
>>