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Críticas

29 de mayo de 2015

Señor Puta: vivimos, sobrevivimos, convivimos

Señor Puta

Anahí Lovato Por: Anahí Lovato

"La calle de madrugada es un mapa de sombras. (…) ¿Qué es lo que te da miedo?” pregunta el grupo Chatarra de Osamenta Teatro desde los inicios de Señor Puta, una obra creada para hacer estallar los límites de las ideas que emergen cada vez que intentamos problematizar temas como la prostitución, la explotación sexual y la trata de personas.

La noche te trae la peor carroña. En la noche encontrás al hijo de puta, al que te golpea, al que te paga, al que te droga, al que te abusa, al que te desabusa, al que te tira en un zanjón”, responde Zulma desde otra trama. A eso le temen, ella y tantxs que trabajaron en la calle porque se sintieron libres de vender su cuerpo en el pequeño hábitat de la libertad que obliga a comer algo todos los días y procurar llenar los platos de los que esperan en casa. Ella –y tantxs- armaron su bolso un día para viajar a la Patagonia, porque allá los clientes pagan mejor. Allá hay mucha plata petrolera y los hombres están solos. Pero allá, en el sur, a Zulma –y tantxs- las encerraron, las amenazaron, las persiguieron, las obligaron a pagar con su cuerpo deudas imposibles. En el prostíbulo de Pico Truncado sobraba tiempo para encogerles a Zulma –y tantxs- el minúsculo espacio de libertad desde donde resistían.

La historia de Zulma se parece mucho a la de Sonia. Ella comenzó a prostituirse cuando se encontró sola y hambrienta, durmiendo en un banco de Plaza Miserere. Después quiso salir. Entonces, encontró un aviso de trabajo en el sur. Allí todo fue peor. Extremadamente peor. Ahora Sonia cree que ninguna mujer nació para puta. Y cree, además, que este estado es proxeneta: “te da forros y alimentos para que te sigas prostituyendo, en vez de darte un trabajo que te saque de la calle”.

Los prostíbulos están prohibidos en Argentina desde hace más de 80 años. Sin embargo están ahí. Muchas veces, habilitados por el propio Estado. Cada vez que se clausura un prostíbulo, muchas mujeres son liberadas de situaciones de explotación sexual. Pero, también, quedan otras que añoran la engañosa protección de ese techo, ese proxeneta y todo ese círculo de poder. Lo añoran porque la calle da miedo. Mucho más miedo. Porque en la calle están solas, como Zulma, como Sonia –y tantxs- y allí las espera, inexorablemente, la peor carroña.

Mucho de esto le ocurre al Romeo y la Julieta que encarnan Luciano Ciarrocca y María Cecilia Borri en el CET, todos los sábados de junio a las 22 hs. Ellos (sobre)viven en la misma calle donde todos usamos peluca. Y (con)viven con la oscuridad, el trago, el hambre, la muerte, la guitarra, el sueño, el amor, la policía, el insulto, los huesos, el sexo, la piel, la esperanza, el deseo, el fin.

En medio de los artilugios del teatro, nada es tan simple. Pocas cosas son lo que parecen. Casi cualquier instante, casi cualquier fragmento, puede ponernos a discutir durante horas. Puede obligarnos a asistir a la soledad de la puta. A la soledad del señor puta. A la soledad de cada uno de nosotros. A atraparnos en el enunciado que sostiene que, de una u otra forma, todos somos carne en venta.

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