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Críticas

30 de octubre de 2012

Ruidos molestos (o el amor de Andrea)

Federico Aicardi Por: Federico Aicardi

Siempre que pienso en la tensión de un personaje pienso en “El silencio de los inocentes”, en la escena en que Clarice Sterling conoce por primera vez Al Dr. Hannibal Lecter, más precisamente, en la media vuelta que da Lecter y esa mirada que todo lo dice, esa mirada que pone de manifiesto su antropofagia, su inteligencia, ese animalito que está al borde de la explosión y que es contenido constantemente por sí mismo y por esos impenetrables vidrios. Él no levanta la voz, no necesita, él es tensión, él es terror y cuando alguien es terror para qué gritar. Por otra parte me pregunto cuántas veces tendrá que haber dado esa media vuelta para que quede de la forma en que quedó, esa media vuelta que siempre es igual porque no hay otra.

El teatro es diferente, cada función es única e irrepetible, es un momento que es imposible de recuperar, los actores tienen esos minutos para tratar de ser lo más precisos, de estar conectados, de construir ese universo que tienen que transmitir al público, tienen que generar tensiones, no estar tensos, ser silenciosos, no apurarse, dejarnos huecos para que podamos completar y todo esto cada vez que pisan un escenario. Es, como mínimo, complejo y desafiante pero cada actor que pisa un escenario debe tomar responsabilidad de todo lo antes nombrado.

Toda esta introducción me permite hablar de la obra de Pablo Arbarello, dirigida por Alesandra Roczniak y protagonizada por Juan Onetto, Lisandro Quinteros y Aldana Suárez, “Ruidos Molestos (o el amor de Andrea)" ya que sólo puedo hablar de la función estreno y los puntos que de la misma me quedaron.

La obra cuenta la historia de dos amigos marginales que se disputan el amor de Andrea en un momento límite de sus vidas. Entre anécdotas y anécdota, situación límite y situación límite, un vecino de esa plaza les irá pidiendo silencio, silencio que nunca otorgarán hasta la llegada del final. En el medio aparecerá Andrea en otra situación límite, situación que no queda clara, y esto sumará un tinte trágico al relato.

Dentro de la diégesis planteada los personajes se encuentran en una plaza (muy bien planteada desde lo escenográfico) que los personajes nunca terminarán de habitarla. Es que gran parte del devenir de estos seres se concentra en el banco de dicha plaza haciéndonos olvidar que hacia la derecha, la izquierda, al frente y al fondo no hay paredes, que es un espacio abierto y que el cielo es el techo. Pero también existen los vecinos, vecinos que piden silencio por los gritos que de la plaza salen, vecinos que sólo aparecen cuando el texto lo dice, los personajes no se ven modificados por la infinidad de veces que los vecinos piden silencio y, de un momento a otro, un vecino hará lo terrible y allí lo experimentaremos como algo exagerado o, mejor dicho, inesperado. Así, la primer convención que se debería establecer entre actores y público se desmorona y ya empezamos a sentirnos en un teatro, viendo actores y el relato empieza a caer.

Por otra parte los personajes están todo el tiempo tensos, y no hablo de una tensión a lo Hannibal Lecter, sino una tensión que se confunde con la del actor. Los personajes no se hablan, se gritan, desde el principio se ve un arma en escena que comienza siendo una pieza amenazante pero que con el correr de los minutos ya no asusta porque se agota. Así la tensión desaparece y aparece nerviosismo, que no es lo mismo, el nerviosismo es peligroso porque no deja crecer y esto es lo que sucedió en la función estreno de Rudios molestos, los nervios tomaron la escena y no la dejaron crecer.

El teatro es así, es “momento”, es “instante”, es “ahora”, esto es solamente una crítica de una función que tuvo como puntos sobresalientes estos momentos de debilidad, donde el relato nunca creció porque algo se apoderó de la escena, eso que no deja crecer y que nos lleva a esos lugares comunes como el gritar, donde se confunde la tensión con el nerviosismo. El teatro nos da esa posibilidad que nos da la vida, la posibilidad de cambiar y bienvenida sea.

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