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Críticas

20 de octubre de 2015

Risas reales y estridentes

Quiero gritar que te quiero

Anahí Lovato Por: Anahí Lovato

Lo primero debo decir sobre "Quiero gritar que te quiero" es que, a la hora de la función, el teatro estaba lleno. Completo: no cabía un espectador más. Eso, muy probablemente, es consecuencia del boca a boca. Algunos, muchos, salieron alguna vez de la sala y la recomendaron en una reunión de amigos o en una mesa familiar. Los que recomendaron la obra -arriesgo- deben haber afirmado, contundentemente: te va a hacer reír mucho.

En ese sentido, la propuesta teatral, en clave de comedia, cumple su objetivo. Dependiendo del espectador -de su capacidad de hallarse más o menos representado en las acciones y los diálogos, de su contexto de existencia, de su estar en el mundo- el lugar donde encontrar razones para reír puede ser bien disímil. Pero hay que reconocer que, esa noche, en el auditorio nadie pudo evitar soltar una carcajada. Una risotada sonora como condición básica. Bien pueden haber sido muchas más.

En general, una comedia construye su verosímil en las exageraciones, en el absurdo, en las resoluciones ridículas. Subvierte el orden tradicional de lo cotidiano. Sus protagonistas suelen ser un tanto grotescos y desmedidos.

En este caso particular, las expectativas se consuman. La trama de "Quiero gritar que te quiero" enreda los amores y desamores de diez personajes: un asunto, desde el principio, exagerado. Esa decena de humanidades convive en un minúsculo departamento imposibilitado de brindar espacio alguno para la intimidad. Entre la cama, la ducha, el sofá y el inodoro, los protagonistas de la obra van a gritar, llorar, bailar, cantar, asesinar; en suma: se comerán a besos.

Este año, la propuesta que dirige Gustavo Di Pinto se presenta como la continuidad de "Quiero que gustes de mí", una obra estrenada en el 2013, cuyo devenir acontecía, justamente, entre las paredes del departamento de Inés. Con la nueva propuesta, la estructura narrativa incursiona en el formato seriado, aunque vale aclarar que no es condición obligatoria haber asistido a la primera obra para comprender y disfrutar de la segunda.

En "Quiero gritar que te quiero" los personajes tienen algunas posibilidades de conectarse con el afuera: una puerta y una ventana a través de la cual todos entran y salen como panchos por su casa, un teléfono, una nota de despedida. Se trata de una obra larga, con lapso suficiente para que todos los personajes tengan tiempo de ir y venir, de mostrar sus destrezas, de resolver su historia, de procurar satisfacer la urgencia del amor en esa casa.

El texto dramático aprovecha muy lúcidamente los tiempos y los espacios. La atención se sostiene a lo largo de conflictos desopilantes pero, también, agregando una dosis inesperada y explosiva de comedia musical y mucho de sitcom televisiva (aunque, aquí, las risas no están grabadas ni añadidas a la pista de sonido; son reales y estridentes).

"Quiero gritar que te quiero" enhebra una serie de recursos que los autores han sabido explorar muy bien en la primera obra. Ahora, con los conocimientos afianzados, repiten fórmulas que funcionan perfectamente para alcanzar los objetivos de toda comedia: divertir, entretener, pero haciendo lugar, también, a la fisura, a la duda, a la problemática, a la pregunta por la propia historia.

Alguien me dijo que la obra tiene mucho de Almodóvar. Es verdad: incluye ciertos tintes melodramáticos provocadores. Asimismo, aprovecha todas las oportunidades para narrar: desde el fogonazo inicial hasta el apagón final de las luces de la escena. En definitiva, se trata de una comedia que funciona muy bien para soltar varias risotadas al final de la semana. Ciertamente, una invitación nada despreciable.

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