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Críticas

18 de junio de 2015

Murga griega

Pluto

Leonel Giacometto Por: Leonel Giacometto

Dicen que fue larguísima, hilarante y feroz. Dicen que fue representada hacia el 380 A.C., en Atenas, frente a dirigentes griegos, todos malsanamente enriquecidos por el oficio público de gobernar. Más de dos mil años después, con ese carácter festivo e irreverente intacto, Pluto, de Aristófanes, con adaptación y dirección del experimentado Ruben Pagura, encuentra en el cuerpo de seis mujeres disímiles, su íntegra versión rosarina al compás social de una murga, o de un corso barrial.

En Grecia el teatro era de los hombres. Hoy, el teatro es (casi) femenino. Demográficamente hablando sin ir más lejos, es la mujer quien pugna por la butaca teatral. Será que un hombre sigue siendo el estereotipo inflexiblemente flexible de siempre, será que los hombres “hablan poco” como dicen las mujeres que dicen los hombres que son, será que habemos otros rumbos posibles de lecturas masculinas, como siempre, será que lo masculino se aprende y la hombría no, será que el horizonte no es el río como canta Andrés Calamaro, la cosa es que la versión de Pluto, de Aristófanes, es un corpus de seis actrices dirigidas por el actor y director Rubén Pagura que provienen todas de distintos “lugares, espacios, recorridos y microclimas” teatrales de la ciudad de Rosario. Y esto no pasa seguido. Pasa poco, en realidad. En esta ciudad del Sur santafesino, el teatro se fractura por prejuicios, como en todos lados. Sin embargo, algo del embrujo de ponerse una máscara griega (hermosas máscaras de Cristian Ayala) debe seguir conjurándose, certero, en el accionar mismo de volver a ellos. Y entonces, el teatro sucede. Otra vez. Fácil decirlo. Hacerlo, cuestión de andar hurgando la tierra todos los días, como dijo uno, cierta vez.

Todo es medio juguetón en Aristófanes. Toda festichola, como quien dice, encierra una terrible sucesión de espejos donde las miserias humanas desfachatadamente se exponen, como la risa, el chisme, o el canto. Crémilo (la actirz y cantante Myriam Cubelos) dice ser un hombre justo, lúcido pero pobre. Tiene un esclavo, Carión (una impresionante performance de Silvina Santos), medio insubordinado y contestador, con quien debate el verdadero significado del oráculo, adonde el viejo Crémilo fue a consultar justo antes de empezar la obra. El oráculo le pidió seguir y asistir con afabilidad al primer hombre que se topase por la calle. Esa primera escena donde, casi con una actualidad dramatúrgica impecable, Aristófanes hace astutamente debatir a sus personajes la literalidad de las palabras sobre el ocurrir mismo de la vida de cada uno. Si ha de seguirse esa literal premisa del oráculo, el primer hombre, un pordiosero ciego que se encontrará Crémilo resultará ser, según el oráculo, la gran salvación. La propia y la del resto. Hay una posibilidad de salvarse y de salvar al otro y al otro y al otro con la aceptación del mandato del oráculo. Ese viejo croto resulta ser, entonces, Pluto, el dios de la riqueza (Natalia Operto). Y lo dice. Y nadie lo cree al principio, por supuesto. Ni siquiera la mujer de Crémilo (Anna Herrera), ni un viejo, ni un buitre (Mily García). Pero, Pluto, entendiendo que su condición de ciego es, quizás, la culpable de la mala “distribución” de los bienes y las riquezas de todos para con todos, clama se le devuelva la visión. La riqueza ciega pide que ese pueblo degradado le devuelva la vista. Y se lo pide a Crémilo y a su esclavo Carión cuando lo alojan en su casa. Pluto, por fin y porque en las sátiras estas cosas pasan, ve. Y al mirar, Pluto, vuelve a desnivelar -con beneplácito- la balanza: reparte, divide las riquezas, desparece la pobreza y, por tal, en la cara de los corruptos atenienes, más de dos mil años atrás, Aristofanes impone la palabra libertad en toda su literalidad teatral. Ahí, en el escenario, es posible ser libre. Antes, la diosa Pobreza (plástica Ligia Sarich) con los argumentos sobre el bienestar de ser siempre ricos pero no todos. Algunos más ricos que otros propone, ya que no habría pobres sino, no habría necesidad, ni esclavos que comprar o vender, ni bienes que ofrecer ni vender, ni qué haría el hombre si todos fuesen espantosamente ricos. Aun así, Pluto, utópicamente sólido y contundente, recupera la vista y toda la biempensante moral ateniense legítimamente ridiculizada en ese acto. Pasado todo ya, hoy, el teatro pugna no ser el mejor invento del hombre, y ser el dinero la gran hazaña humana. “Lo cual parece un chiste”, como decía Tato Bores, “si no fuera una joda grande como una casa”. Mejor escuchar el sonar de la murga anunciar que el que se viene es el otro.

Ficha técnico-artística

Autor: Aristófanes.

Adaptación y dirección: Rubén Pagura

Actúan: Myriam Cubelos, Silvina Santos, Anna Herrera, Mily García, Ligia Sarich, Natalia Operto.

Dirección musical: Anna Herrera

Asistencia de dirección: Roberto Malaguarnera

Vestuario: Paola Fernández y Soledad Yranzo

Máscaras: Cristian Ayala

Fotografías: Viviana Aroca

Nota publicada en la Revista Mateo de la Asociación Argentina de investigación y crítica teatral Aincrit - http://leemateo.com.ar/?p=872

Archivo

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