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Críticas

20 de agosto de 2013

Atreverse a ver

Plan Divino

Anahí Lovato Por: Anahí Lovato

Vivimos en un país hecho jirones. La dictadura nos hizo tajos. Y nos resultó difícil, sumamente difícil comenzar a hablar de los que nos pasó, enmudecidos de tanto dolor.

Las heridas se callan largamente, es cierto. Se lamen y se callan. Pero sus síntomas se nos escapan por la tangente. Se escurren por los discursos que no somos capaces de controlar. Así, por ejemplo, se nos llenó de dictadura el cine. Y era lógico: todas nuestras historias están atravesadas por esa innegable historia. Nadie, ninguno de nosotros -de los que fueron niños, jóvenes y adultos en 1976, e incluso de quienes nacimos después, hijos de la democracia- fuimos los mismos tras el 24 de marzo.

Los horrores se nos colaron en las películas. Relatos muy diferentes, de todos los colores, hicieron referencia a persecusiones, secuestros, torturas, apropiaciones, desapariciones. Nos pasó lo mismo con la literatura. Por supuesto, también con el teatro.

Muchos de estos espacios fueron, además, lugares de resistencia. El teatro lo fue, inevitablemente.

Con extraordinaria valentía, los sobrevivientes del horror se pusieron de pie y dieron su testimonio. A quienes tenemos ojos, nos obligaron a ver el espanto de cerca. A observarlo con lujo de detalles, por insoportable que fuera.

Fue necesario el cimbronazo, la feroz sacudida de las imágenes atroces para empezar a despertarnos. Nos intimaron a dimensionar la historia, expandieron su verdad por todos los rincones, hasta que no quedó nadie sin saber. O bien, sin querer ver.

Plan Divino, la obra que dirige Leandro Aragón (viernes a las 22 hs. en La Morada, San Martín 771 P. A.), hunde sus raíces en esta tradición. Su texto está basado en "Pase libre", la novela con la que Claudio Tamburrini, sobreviviente del centro clandestino de detención Mansión Seré, supo contar sus sufrimientos y su fuga hacia la libertad.

La obra, que pone a una decena de actores en escena, se apropia de ese relato para volver a obligarnos a ver. Con impunidad, nos hace entrar a la sala de tortura para ser espectadores, en tiempo real, de los crímenes de la dictadura.

La novela de Tamburrini habla "con dolor y veracidad descarnada, pero también con toda la esperanza y la voluntad de vivir ". Eso mismo procura Plan Divino.

Resulta extremadamente difícil poder ver -y juzgar- una obra de estas características como hecho artístico. Nuevamente, porque estamos atravesados -tan atravesados- por el dolor que es imposible encontrar un punto de perspectiva sin hacer otro tajo.

Vale decir que, en cualquier momento de la historia, la memoria es siempre bienvenida. Y necesaria, absolutamente necesaria.

Pero, a veces, tengo la impresión de que la recurrencia de la violencia nos vuelve a anestesiar. Quiero decir: las primeras escenas de tortura en el escenario nos resultan repulsivas. Nos hacen retorcernos en la butaca, querer salir corriendo de la sala. Pero, a medida que se repiten, tanto se insiste en ellas que comienzan a ser nuestra normalidad. En ese punto -exclusivamente en ese punto- puede que el objetivo de hacernos ver no se cumpla cabalmente. Porque el velo de la normalidad nos vuelve terriblemente ciegos.

El Plan Divino es, no obstante, un plan optimista. Una caricia de fe entre tanto horror. Entonces, como bien sostiene el enunciado que acompaña al título de la obra, quien tenga ojos, que vea. Que se atreva a ver.

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