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Críticas

16 de abril de 2014

La imposible distancia

Pavón Abajo

Federico Aicardi Por: Federico Aicardi

Matemáticamente dos puntos, cualquiera sea su ubicación, definen una recta y desde ese momento adoptan el nombre de vértice y así se definen como los extremos de un todo. De un lado el vértice A (con todo lo que ello significa), del otro lado el vértice B (también significa bastante). Con sólo mirar esta recta nos podemos dar cuenta de que A y B nunca van a poder ser iguales porque si esto sucediese, no habría recta, no habría vértice, no habría A ni B.

Así se conforman todas las cosas de este mundo, desde el mismísimo postulado del génesis “En el principio todo era oscuridad y bla bla bla, hasta que se hizo la luz” todo funciona por antonomasia, es que la palabra “oscuridad” no puede ser entendida sin la palabra “luz”, la palabra “bien” no puede entenderse sin la palabra “mal”, la palabra “tener” sin “carecer”, la palabra “mucho” sin “poco”. No se puede entender este mundo sin entender que cada vez muchos tienen poco y pocos mucho.

En esta lógica dicotómica nace “Pavón Abajo” primer obra dirigida por Francisco Fissolo, protagonizada por María Romano, David Giménez Lergen, Elisabet Cunsolo y Edgardo Molinelli. Este “melodrama rural” como lo indican sus gacetillas nos traslada a la parte baja de un pueblo, más exactamente a la casa de una familia y para ser más certeros nos lleva a la miseria que vive esta familia un día en particular en este inframundo llamado Pavón Abajo. Es que en esta parte del pueblo el agua potable no ha llegado, se toma agua de las napas, se toma el un agua que tiene un gusto extraño, metálico. El agua (la vida) es distinta en Pavón Abajo.

Según dicen, la familia es la base de la sociedad y esta familia constituida por Cunsolo, Molinelli y Romano ES Pavón abajo, es estar abajo. Estar abajo significa sentir la presión del que está arriba, significa que somos la cucaracha y no el zapato, significa que en esta historia somos los que siempre pierden y a nadie le gusta perder siempre. Por esto la madre interpretada por Cunsolo desea tomar otro tipo de agua, por ende, otra vida, una vida que no sea de la segunda napa, que no tenga gusto metálico, una vida potable que el padre interpretado por Molinelli no le puede dar, porque él es el fundamento de Pavón Arriba, el hombre que carnea chanchos que se cocinan en las esferas pulcras de la parte superior y en este edificio las escaleras sólo sirven para bajar, no para subir. Ellos han tenido una hija, María Romano, que es el engendro puro de lo que Pavón abajo significa, iletrada, pasional, orgullosa y leal. Ella ama su lugar, lo defiende como suyo porque, básicamente, es lo único que le queda.

De otro lado de la recta está el personaje interpretado por David Giménez Lergen, el ser superior que visita Pavón Abajo, el ser que todo lo tiene y que desea tener aún más. Porque este ser humano no se satisface con todo, necesita más, lo suyo es basto, inconmensurable a la vista de Pavón Abajo pero no es suficiente, no lo sacia, porque para él lo tuyo, lo mío, lo nuestro, por más mínimo que sea, también le pertenece. Así, intentará llevarse a la hija al piso superior sin antes cagar a trompadas al padre y colonizar a la madre.

Pavón Abajo es una historia sobre la distancia, sobre la derrota de los que nacen derrotados, una historia que encuentra su punto fuerte en este abajo tan claro e irredento, un abajo tan preciso y claro que desde el primer minuto sabemos que el único camino que tiene es descendente, hacia el fondo que nunca llega. Pero el trabajo de Fissolo aún no encuentra ese arriba que debe ser agobiante y seductor, debe ser la promesa de un futuro mejor que se aleja como el horizonte, hoy no hay un arriba que nos haga ver que este abajo va a seguir tomando agua con gusto metálico porque es ahí donde tiran las monedas que no gastan en cirugías innecesarias. Falta maldad, perversión y desagrado porque el arriba no ama a la hija del abajo, simplemente, es algo aún no posee.

Así cada vez somos más los menos y menos los más, más los que bebemos el agua que el otro no quiere, los que sentimos el gusto de lo que el otro no gusta y nos va sepultando entre sobras y disgustos, nos va ahogando desechos y restos. De a poco, el agua que no beben nos ahoga, nos tapa, nos desaparece para que ellos, mañana, puedan llevar a sus hijos a nadar en eso que alguna vez fue algo, nuestro todo y que hoy no es nada.

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