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Críticas

19 de septiembre de 2010

Ensayo bizarro sobre un futuro horroroso

Pajaritos, sociedad melodramática

Miguel Passarini Por: Miguel Passarini

Con “Pajaritos”, ganadora de Coproducciones 2009, Theórematos propone

un espectáculo lleno de interrogantes que apuesta por la mixtura de géneros

Ficha

Dramaturgia y dirección: Cristian Cutró

Asistencia de dirección: Bruno Caldini

Actúan: Jonatan Cizmas, Nadia Grisetti,

Elena Llonch, Emiliano Pino, Julieta Hammerling,

Damián Ignacio Valdés, Natalia Esquenazi

Sala: Cultural de Abajo, domingos a las 20.30

Por Miguel Passarini (publicado en El Ciudadano & la gente en su edición del 20 de septiembre)

“El fin de muchas guerra mundiales, el comienzo de un caos”, dirá uno de los personajes, quizás buscando abrir algunas coordenadas para localizar al espectador, más allá de que, tras las guerras de todos los tiempos, siempre la humanidad ha entrado en caos. Y el caos está en escena: se corporiza entre los pequeños intersticios de un texto cuya manufactura tiene mucho recorte, mucha mixtura, mucho desprejuicio e incorrección, dos condimentos esenciales para poder aportar algo atractivo al teatro contemporáneo.

Es así como el mundo de las guerras, como en las tragedias clásicas, se vuelve un anuncio en Pajaritos, sociedad melodramática, segundo espectáculo del grupo Theórematos que había debutado hace algún tiempo con De Edipo somos, una, al menos, singular versión de Edipo Rey, de Sófocles.

Dice, en parte, la sinopsis de la obra: “Corre la traición en el campo litoraleño. El general Tito Andrónico se ha instalado en una fosa en el medio de la enmarañada estepa, con su patriarcado, y un parabólico proyecto de poblar el mundo con idiotas. Arriba, todo está muerto y la solución parece ser un cazador de pajaritos. La espera se vuelve insistente. El cambio de una mujer por alimento despierta algunos aires de venganza difíciles de respirar”.

La convivencia de mundos que en principio parecerían inabarcables, hacen de la propuesta un desafío para aviesos conocedores de la obra de Shakespeare (y de todas las épicas, y de gran parte de la literatura universal). Es que el más malvado de los personajes imaginados por el Bardo, Tito Andrónico, fue disparador para la construcción dramática de una propuesta que busca la tragedia en el entorno inmediato (quizás de otro modo ya no tenga sentido). Del mismo modo, homenajea a Fedor Dostoievski (el cabo que está por llegar, Liev Nikolaievich Mishkin, lleva el mismo nombre que el protagonista de la inmanente El idiota, del autor ruso) y recrea escenas a lo Quentin Tarantino, en una original construcción dramático-escénica en la que por momentos cuesta meterse porque, además, se manifiesta con cierto humor merced a una convivencia de lenguajes particularísima en la que se despliegan formas de un teatro clásico con otras propias del cine “gore” (sangriento) y hasta del melodrama televisivo.

“Un mundo poblado por idiotas” (¿hombres convertidos en pajaritos?) será el sueño de este Tito Andrónico (quizás una parodia acerca de la animalización del ser humano que transita la tragedia), quien buscará concretarlo parapetado en una fosa que está acá, muy cerca, es el Litoral argentino (así lo mostrarán las proyecciones que acompañan a la puesta, del mismo modo que el ingenioso dispositivo escénico), haciendo gala de su maquiavélico origen propio del doctor Frankenstein: el cerebro de Lenin y las manos de Perón fueron parte de esa extraña construcción, aunque la feroz metáfora es uno de los tantos guiños que destellan a través de un texto profuso, por momentos manierista, y de una puesta en tres tiempos que se revela capitulada a través de los segmentos “La fosa”, “La farsa” y “La verdad”.

En el medio, el mundo prostibulario (el de antes y el de ahora) que hizo famosa a la ciudad, también adquiere protagonismo a través de una cantante pop que será la encargada de ponerle el cuerpo al proyecto para poder “engendrar idiotas”, planteando de este modo un ensayo bizarro sobre un futuro horroroso.

De este modo, la propuesta de Cutró es la de una ficción cruda, por momentos paródica e incómoda, que coquetea con la tragedia, pero que, al mismo tiempo, lo hace con el culebrón más radical.

Más allá de algunas dificultades de orden narrativo, donde la tarea de un dramaturgista hubiese contribuido a la reelaboración final del texto, Cutró se revela como el nuevo “enfant terrible” de la escena rosarina: arriesgado en lo formal, y con un buen plantel de actores dispuestos a entregarse a su mirada, deberá quizás, en un próximo intento, saber elegir con qué quedarse de todo el magma creativo que, al parecer, ofrecen sus proyectos y etapas de ensayos, porque Cutró, junto con el resto del equipo, son el mayor capital de un grupo que, con ganas de salirse de la media imperante, va camino a ocupar un lugar interesante dentro del panorama teatral rosarino.

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