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Críticas

30 de septiembre de 2015

Lo solo que estamos todos

Niebla, hasta que dejemos de soñarnos

Leonel Giacometto Por: Leonel Giacometto

Inexorablemente, la comunicación de la danza es a través del cuerpo. El cuerpo, entonces, como medio de investigación del movimiento donde se interrelacionan y se funden y confunden una síntesis de lenguajes que abarcan a la danza misma, al teatro, a la luz, a la sombra, y a la música en pos de un espectáculo único en Rosario y la región: “Niebla, hasta que dejemos de soñarnos”, del Grupo Seda, con dirección de Andrea Ramos.

Dura lo que dura el concierto número 2 del ruso Sergei Rachmaninov. Sucede en un espacio de piso de goma azul de seis metros de frente por nueve metros de fondo. Hay tres mujeres vestidas igual a Holly Hunter en El piano, la película de Jane Campion. Pero van de rojo, igual que otra mujer a la que se la ve, apenas, rasante, sola y a las corridas, en otra película de Jane Campion, En carne viva. Son tres mujeres en el espacio que no están juntas. Son tres solas, vestidas de un rojo, borravino o como sea que se le diga a esa tonalidad carmesí que se les despliega, arruga y abomba mientras andan, bailan y están en la incertidumbre del propio desarrollo de una niebla que no se ve, por suerte, pero que está ahí con ellas, siendo ellas ahí, entre los repliegues de sus preciosos y pesados vestidos, mientras el ruso les aviva el aire del sueño desabrochado solo hacia el final de lo que es Niebla, hasta que dejemos de soñarnos.

“Entrar en un lugar desconocido, atravesar lo inesperado, y darse cuenta que estamos solos”, eso se dijo Andrea Ramos una vez.

Andrea Ramos ya sabía que determinados cuerpos de ciertas alumnas serían las intérpretes de sus futuros espectáculos. Esto lo supo porque sí. Lo porque sí es una zona explorada desde lo tibio, aún. Y no tanto, porque Andrea Ramos también supo, porque sí, que determinados espacios temporales de su propia vida serían la tintura de las texturas a explorar en escena con los cuerpos. Y así fue.

Son tres perfectos cuerpos solos. Hay una impronta sumamente seductora en esto: son tres que siempre están juntas, pero nunca viéndose directamente aunque parecieran actuar sobre la consecuencia de la otra, que a su vez acciona corporal y actoralmente desde la música. Pero siempre hay un punto de fuga en ellas que las deja solas, ahí, entre los repliegues de sus propias acciones corporales. La música lo cubre todo el espacio sonoro y son los límites temporales de Niebla, hasta que dejemos de soñarnos. Como en lúcidas ráfagas de brumas andan los personajes mientras suenan los treinta y cinco minutos que dura el concierto Nº 2 del ruso Sergei Rachmaninov.

La niebla no apareció en la cabeza de Andrea Ramos sino que, una vez, contó, en esos interminables viajes cortos entre ciudades que se realizan a diario, ella se vio metida de lleno en la niebla. Literal, se vio tal como uno puede interpretarlo en la trascendencia de un creador, allí, entre ciudades yendo y viniendo a horas inciertas, escoltada peligrosamente por una densidad espesa y desconcertante, Andrea Ramos se vio y vio que su sinergia hacía, nuevamente, el milagro de lo no creado, aun. Esto sucede. Lo increado no avisa. Así, a partir de un dato biográfico casi menor, la coreógrafa comenzó a vislumbrar lo que después sería Niebla, hasta que dejemos de soñarnos. Pero recién comenzaba aquello que se pone en marcha cuando alguien acciona sobre su propia idea y no la fuerza, cuando se la deja estar en uno sabiendo que no podrá sola si uno no opera sobre ella. Lo de la idea a veces es un dato menor, como una mano en la penumbra de un asiento, el 56 por ejemplo, en el pasillo de un colectivo doble cualquiera de larga distancia, arriba, que se parece a trilladas formas de disparadores y vinculadores escénicos. Pero a veces lo contienen todo. Como El Aleph, que contiene su propio plagio, también. Es el instante “donde todo”. Tanto que abruma, aturde y, por supuesto, confunde. Tanto que es imposible dejarla como está y no dejar que lo que viene la intervenga. Fue entonces cuando la coreógrafa escuchó la niebla. Y estaba encerrada en los treinta y cinco minutos que dura el concierto Nº 2 del ruso Sergei Rachmaninov que Andrea Ramos escuchó, una vez, contó, ejecutado por alguien que, de alguna manera, a la distancia y por empatía como suele suceder, porque sí, otra vez, guío la red de sinapsis para elaborar el suceso. Con niebla intervenida por Rachmaninov, Andrea Ramos comenzó a caminar los pasos hacia los cuerpos de sus intérpretes para que éstos, luego, leyeran sus movimientos. Los de la coreógrafa primero, y los propios después, transitada la niebla. Por dos años Andrea Ramos hizo transitar por la niebla a sus intérpretes sin un anclaje narrativo definido, contó. Lo de narrativo es un decir, pero es una tediosa y necia necesidad, a veces. Esto es importante para los actores, y hasta para ciertos bailarines. Pero los intérpretes saben que la construcción de su historia viene de su propio cuerpo y que algunas palabras (dichas o no) más adelante completarán su presente. Y sucedió.

Ficha técnico-artística

Autor y Dirección: Andrea Ramos

Intérpretes: Eugenia San Pedro, Elisa Pereyra, Antonela Pereyra

Diseño y Vestuario: Cristian Ayala

Maquillaje: Ramiro Sorrequieta

Música: Concierto Nº 2 de Sergei Rachmaninov

Asistencia técnica: Marcelo Díaz

Duración: 35 minutos

Nota publicada en la Revista Mateo de la Asociación Argentina de investigación y crítica teatral Aincrit - http://leemateo.com.ar/?p=1068

Archivo

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