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Críticas

10 de julio de 2010

Ecos de una canción de cuna ante el horror de la repetición

Mujeres de ojos negros

Miguel Passarini Por: Miguel Passarini

Paola Chávez dirige a Romina Tamburello y Camila Olivé en la imperdible “Mujeres de ojos negros”, una de las ganadoras de Coproducciones Municipales 2009, que trabaja sobre la relación madre-hija

MUEJRES DE OJOS NEGROS

Dirección: Paola Chávez

Actúan: Romina Tamburello, Camila Olivé

Sala: Centro de Estudios Teatrales

(CET, San Juan 842), domingos, a las 21

(reseña publicada en el diario El Ciudadano del domingo 11 de julio de 2010)

Hay algo que no da para más, pero todo volverá al comienzo. En el título se revela algo genético, se intuye una unión, algo heredado e inevitable. Sucede que los ojos negros a los que alude el título son una marca en tres generaciones de mujeres que, invariablemente, repetirán una historia, casi como un guiño a la tragedia más clásica, casi como un juego absurdo en el que el paso del tiempo no importa porque a lo que se hace referencia allí (con ese conflicto por todos conocido) es a eso que “no cambia ni cambiará jamás”, porque “mamita siempre va a estar”.

Mujeres de ojos negros, espectáculo estrenado hace algunas semanas en el Centro de Estudios Teatrales (CET), ganador de uno de los Proyectos de Coproducciones Área Teatro de la Secretaría de Cultura municipal 2009, propone el inquietante debut de un equipo de jóvenes creadoras rosarinas que incluye actrices y directora, en un trabajo que partió de la dramaturgia de Romina Tamburello (una de las actrices) en el que se filtran los legados de una familia matriarcal, casi como mueca siniestra y atroz, mediante la cual la construcción del imaginario pueril de una niña se verá atravesado por el doloroso camino recorrido antes por la madre, quien dejará en ella las huellas de su propio pasado vivido con padecimiento, casi sin poder evitarlo.

La de Mujeres de ojos negros es una temática que, al menos en principio, podría resultar vieja, ochentosa, casi en desuso en un momento donde la disfuncionalidad familiar tan “de moda” en el teatro pasa más en la escena argentina por lo ruidoso, por la profusión de los conflictos de las grandes familias, que por los silencios y las frases dichas con contundencia, donde, como aquí, las intensidades están sabiamente administradas, algo que el espectador agradece porque se trata de un espectáculo que no tiene vacíos ni excesos, y cuya visión resulta imperdible y recomendable para todo el público.

Sin embargo, el mayor logro de este singular trabajo es, precisamente, el planteamiento del conflicto que encuentra en las sólidas actuaciones de Romina Tamburello y Camila Olivé el mejor camino para llegar al público que no podrá evitar la identificación.

A través del humor (por momentos desopilante e incluso hasta impensado) y en otros pasajes mediante la contemplación de algo que resulta espantoso, la dramaturgia de Tamburello y la propuesta escénica consiguen poner énfasis (accionar) en los lugares comunes de los mecanismos perversos de las relaciones de sometimiento que, por momentos, recuerda a cierta dialéctica de las obras de Griselda Gambado (Decir sí, De profesión maternal). Quizás allí es donde aparece más fuertemente la influencia de Romina Mazzadi Arro, dado que el proyecto surgió a partir del encuentro de las actrices en un taller de montaje de escenas que llevó adelante la directora de Hijos de Roche, interesada desde los comienzos de su trabajo en la relación sometedor-sometido.

De todos modos, ese primer ejercicio dramático alcanzó con el tiempo y los ensayos al carácter de obra, dado que ahora conjuga todos los elementos necesarios como para erigirse en una de las propuestas más interesantes de las vistas últimamente en Rosario.

En primer lugar, desde la dirección, la hasta ahora actriz Paola Chávez (Mirta Muerta, Blut! una pareja de sangre) entendió y supo hilar las coordenadas de un devenir en el que se conjugaban situaciones previamente escritas con otras surgidas de la improvisación donde, por suerte, no quedan referencias de las “costuras”.

Están en esos pasajes el dolor y los miedos de la hija que, del mismo modo que deseará enfrentar su “devenir hormonal” por un camino distinto al recorrido por la madre, repetirá una vieja frase escuchada de su progenitora y de su abuela (que sólo aparece por teléfono, en un recurso que descomprime y al mismo tiempo desestabiliza el conflicto madre-hija): “Hay que abrir bien los ojos antes de casarse, para cerrarlos una vez casada”.

El equipo consiguió abordar una estética que también abreva en un teatro de otro tiempo: el vestuario que remite a épocas pasadas, la aparente monocromía, una historia que pareciera estar contada en “sepia”, encuentra en los pocos elementos escénicos el soporte adecuado para sostener una ficción que tiene mucho de lúdico.

Tanto es así, que ciertas “encerronas” en las que quedan parapetadas ambas mujeres, y más allá del vínculo madre e hija, corren el eje del conflicto y abren el juego a otras variantes que llevan a preguntarse: ¿No se tratará de dos niñas que juegan a ser madres? El cambio de roles que se preanuncia y se juega todo el tiempo, es una prueba de que bien podría tratarse de un juego.

Sin embargo, el simulado juego llega a un punto en el que se pone negrísimo, en el que ya no se puede jugar más, un momento en el que el encierro se vuelve claustrofóbico y en el que, inevitablemente, el espectador deberá tomar partido por alguno de los personajes para, al menos, salvarlo con la imaginación.

La dolorosa canción de cuna escuchada al comienzo, regresará sobre el final como banda sonora de una relación quebrada en la que brillan las ironías del universo femenino, ese que se construye en un mundo de hombres ausentes y a puertas cerradas, con dos mujeres enfrentadas ante el horror de la repetición.

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