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Críticas

24 de abril de 2013

Sumergidos

Mil Quinientos metros sobre el nivel de Jack

Lucia Rodriguez Por: Lucia Rodriguez

Las veces que quiso, el agua se lo llevó todo. En la playa se ha quedado con cientos de baldes y palitas de niños, más en el fondo quedaron personas y, en otras ocasiones, ha tapado ciudades. Sin embargo, que las cosas estén bajo agua no quiere decir que sean olvidadas.

Un día en la vida mojada por los recuerdos de un padre ausente que es evocado desesperadamente por una esposa desahuciada, acompañada por su hijo, quien intenta reconfortarla con los pocos recursos que tiene a su alcance en una casa que se cae a pedazos, es la historia que se cuenta en “Mil quinientos metros sobre el nivel de Jack”. Obra escrita por Federico León y dirigida por Ignacio Amione, encargado de sacarle brillo a un texto por momentos oscuro.

Suena música. Un hombre toca el violín mientras el público se acomoda en la sala. A su lado, una bañera llena de agua contiene a una persona sumergida. Las sillas de las primeras dos filas aparecen vestidas con impermeables a la espera de valientes que quieran ver la obra de cerca, sin temor a empaparse. Una vez más, poner el cuerpo se vuelve una experiencia compartida entre el público y los actores en escena.

La obra comienza con una pareja de músicos (Elisabeth Cunsolo y Fabio Fuentes) cantando “Sé que no vas a volver” de Gaby Kerpel, marcando el ritmo de una premisa indeleble: lo que queda tras la ausencia.

En escena la madre (Silvia Ferrari), intenta mejorar su resistencia mientras se sumerge en la bañera de la cual se rehúsa a salir. Sólo le quedan recuerdos, necesita tener todo mojado, como cuando él todavía vivía en aquella casa. Estar en la bañera la acerca a su marido ausente, un buzo que no sabemos hace cuánto se fue o si está vivo. Sí sabemos lo que dejó cuando se fue. El agua siempre deja marcas. Con el afán de hacer sentir mejor a su madre, incluso a partir de algún que otro engaño, Gastón (Mumo Oviedo), el hijo de treinta y cinco años, persiste aunque también desespera ante su madre, que exige a ese padre, mientras él le exige a esa mujer que sea su mamá.

Entre esos intentos, Gastón invita a su novia Lisa (Elisabeth Cunsolo) y a su compañero músico a tocar en su casa. Ellos deambulan, entran y salen de escena aliviando los picos de tensión dramática, ayudándonos a respirar una historia que tiende al ahogo. Sin embargo, todo es cuestión de tiempo. Cada uno de estos cuatro personajes perdió algo que los dejó en soledad y los puso a discurrir ahí, en el agua estancada de la bañera.

La versión de “Mil quinientos metros sobre el nivel de Jack” de Ignacio Amione es remarcable tanto en su trabajo sobre el texto como en la dirección actoral. Cada integrante del elenco tiene su momento y su lugar. Oviedo y Ferrari construyen una relación madre-hijo de una ligazón asfixiante que se sostiene de manera constante. Cunsolo y Fuentes marcan la premisa de manera poética y suman humor a la historia que Amione quiere contar: una historia de ausencia que confirma que no hay nada que un hijo pueda decir en el nombre del padre.

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