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Críticas

4 de mayo de 2012

Costumbrismo rancio y feroz

Maldita sea (la hora)

Miguel Passarini Por: Miguel Passarini

Gustavo Di Pinto y Jorge Ferrucci dirigen una lograda versión de “Maldita sea (la hora)”, del actor y director porteño Julio Chávez, donde se desnudan los entretelones disfuncionales de una familia

Autor: Julio Chávez

Dirección: Gustavo Di Pinto y Jorge Ferrucci

Actúan: Cecilia Lacorte, María Laura Silva,

Fernando Sierra, Damián Sanabria, Aimé Fehleisen

Sala: La Morada, San Martín 771, sábados a las 22

Por Miguel Passarini (Publicado en El Ciudadano & la gente, en su edición en papel del miércoles 26 de abril de 2012)

Las palabras comunes, las escuchadas, las más dolorosas, las más impunes, esas que son dichas “sin pensar” frente al horror que genera el abuso de poder y el vacío, estallan en la cara de los integrantes de una familia “disfuncional”, término que ha marcado los designios del teatro argentino de la última década y no porque frente a ésta exista la posibilidad de otra que “funcione”. Se trata de una familia (ya muy lejos del concepto romántico del término) que permanece encerrada en lo que, en apariencia, parece ser un sótano. Es el “abajo” de algo, lo que implica la sumisión a un arriba que controla y polariza la situación. Allí, arriba, habita una madre que nunca aparece y que, en ciernes, representa el poder. Debajo, sus vástagos (propios y políticos), apresuran sus discursos maniqueos, tratando de congraciarse con ese arriba inasible.

Se trata, en parte, de los entretelones de Maldita sea (la hora), texto que lleva la firma del actor, director y docente porteño Julio Chávez, que desembarcó en la cartelera local de manos del Departamento de Producción de la Escuela Provincial de Teatro Nº 3013 Ambrosio Morante.

Como pasaba con Mi propio niño dios, Rancho, Angelito pena o la imbatible La de Vicente López, donde también el poder entabla un feroz diálogo con la cotidianeidad de una familia trastocada por la presencia de un hijo con ciertas limitaciones intelectuales, en Maldita sea (la hora) quedan al desnudo los entretelones de vínculos atados con alambres de púas. Tres hermanos y un cuñado pasan las horas en medio de la incertidumbre que provocan las desavenencias con quien les “presta” un espacio en la casa para vivir, a cambio de que se hagan cargo de Sofía, la más chica de las hijas, quien padece un retraso mental severo.

Entre sueños incumplidos, amores indebidos o no correspondidos, y deseos de una vida mejor que se “centrifugan” y se “secan” con el mismo ímpetu que una remera raída y descolorida que sacan de un secarropas apenas comenzada la pequeña tragedia que se narra, los personajes tienen el encanto que deviene de ese costumbrismo rancio y feroz que tan bien ha pintado Chávez, ya sea como escritor de sus textos como de aquellos que “escribe” con sus actores en escena.

El autor apunta y dispara con munición gruesa sobre una forma de familia que, lejos de ser “célula de toda sociedad”, se desvanece como institución, al menos en su forma más ortodoxa. En el mismo terreno, y en un campo de análisis más ligado a lo sociológico, puede verse, también, si se piensan los hechos una década atrás, una agónica metáfora sobre el sínodo trágico de una sociedad (la Argentina) que ha perdido a su padre, del que no se habla.

Pero sobre todo, quedan aquí expuestas las mezquindades de un recorte de ciertas personalidades que se banalizan ante toda posibilidad de redención: tristes y agobiados, desandan sus existencias, como escapados del imaginario farragoso y melodrámatico de Leonardo Favio, no casualmente el cantante elegido para musicalizar los silencios que, en el contexto de la obra, arremeten con la misma fuerza que las palabras.

Es de destacar la presencia de un elenco en el que, a diferencia de lo que suele verse en producciones semejantes, prevalece un mismo registro de actuación, muy ligado al realismo naturalista, acaso el más complejo de abordar sin “extrañamientos” ni recursos que “corran” al espectador por fuera de los límites del conflicto planteado, aunque con los condimentos imprescindibles de una teatralidad por momentos desbordante, como para no perder de vista que no se está frente a uno de los tantos productos teatrales que supieron (muchos de ellos tristemente) “impregnarse” de giros o recursos que provienen de la televisión.

Sucede que, además, hay aquí un criterio de puesta en escena unificador, y un muy buen trabajo de dirección de manos de la dupla que integran Di Pinto y Ferrucci.

Si bien esta versión de Maldita sea (la hora), que recibió una mención en el concurso de Coproducciones Municipales 2010, pertenece a ese singular “limbo” que suponen las producciones de las escuelas de teatro, que suelen estar a mitad de camino entre la experimentación y la profesionalización, se ubica cómodamente como una alternativa para el público masivo. Esta particularidad la posiciona como una rara avis, porque aquí los actores actúan, se cuenta una historia por momentos emotiva, en otros graciosa, y en otros terrible, pero por encima de todo, se juega con los recursos que ofrece el teatro, esos mismos con los que m uchas otras propuestas prefieren mantener cierta distancia.

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