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Críticas

4 de agosto de 2013

El resto no es silencio

Lucía y yo

Lucia Rodriguez Por: Lucia Rodriguez

Antes de morir, Hamlet le pide a su amigo Horacio que cuente su historia, que no deje que su nombre permanezca manchado. Hoy, más de cuatrocientos años después, el protagonista de una de las tragedias más polémicas de Shakespeare, regresa. Víctima de la mala prensa, tratado de loco, Hamlet exige justicia y ese descanso que su padre tampoco tuvo. Para alcanzar su objetivo recurre a ocupar cuerpos que puedan ayudarlo, que asilen su alma en pena y escuchen su historia.

Lucía prueba de todo para sacarse a Hamlet de adentro hasta decidirse por darle una chance al psicoanálisis. Llega a la sesión perturbada, agobiada. Convivir con el príncipe de Dinamarca no es tarea fácil. Ella es una chica de 25 años con una vida común, sin embargo, Hamlet le mostrará cosas que no conoce de ella misma.

Lucía y yo, escrita por Romina Tamburello y dirigida por Nicolás Jaworski sube la apuesta al sumar un personaje a aquella primera versión que fue la de Cuatro Cuartetos: el psicólogo al que Lucía acude para que le quite a Hamlet del cuerpo. El Dr. Villagra es un personaje físico por sobre todas las cosas, que permite su caracterización ante el espectador a partir de acciones y de la interacción con su entorno: es en relación con una llave, un perchero, un escritorio donde el analista mostrará su obsesión por la limpieza y demás rituales típicos de un cuadro de TOC (trastorno obsesivo compulsivo). El responsable de la destreza que requiere esta nueva inclusión es Aldo Villagra, actor y clown que ya había trabajado con el director de la obra en el Frac Rojo. Villagra sale airoso de las exigencias que su personaje implica, y es posible notar un acompañamiento riguroso desde la dirección al momento de decidir cómo manifestar eso que une a los dos personajes en escena, (y al tercero en discordia): el miedo.

Al tratarse de un personaje sin texto, la intensidad de las acciones o la comicidad es resaltada por las intervenciones de Victoria Virgolini, percusionista encargada de la música en vivo. Victoria brinda brillo, intensidad y énfasis al desarrollo de la historia, puntuando la atención hacia donde el texto lo pide, ya sea el suspenso o el gag. Virgolini recibe y prepara al público para la sesión, proponiendo “dejar que las emociones broten”.

El texto de Romina Tamburello es ácido, ingenioso y a la vez dulce y cómico. No sólo al momento de configurar el personaje de Lucía, una chica común a la que Hamlet se refiere como “una mente banal” que teme no destacarse en la trama de su propia historia, sino por su interesante y apropiado recorrido por aspectos de las industrias culturales (desde material teórico a cargo de teólogos, literatos, el mismo Freud, Disney, hasta el chocolate) en los que Hamlet ha hecho mella.

Hamlet necesita un cuerpo, una voz, y la elegida es Lucía (Analía Saccomano). Saccomano se luce con una interpretación isabelina de Hamlet (prisionero de su fama y de la mala prensa) en la voz de Lucía con quien el príncipe de Dinamarca dialoga, además de representar a una chica de veinticinco años que a cada momento va conociendo un poco más de ella misma.

El eje se mueve en Lucía y yo: en Cuatro Cuartetos Hamlet era el motivo, ahora, es la excusa. A pesar de tratarse de un logrado trabajo de comedia en el que distintos registros se mezclan, da la sensación de que en el afán de extender ese primer proyecto se pierde algo de la consistencia que proponía su primera versión, en el que lo nuevo y lo viejo parecen no estar del todo conectados.

“Yo no quería este destino”, le hace decir Tamburello al protagonista de una tragedia, permitiéndole contar la historia que a Shakespeare no le interesó contar. “Lucía y yo” propone una perspectiva fresca de una historia vigente, aún cuatro siglos después.

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