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Críticas

13 de abril de 2015

La importancia de lo inútil

La voluntad. Teatro a distancia

Leonel Giacometto Por: Leonel Giacometto

El mejor teatro político es propaganda. Para bien y para mal. Pero aquí no es política la historia. El mejor teatro histórico no es revisionista. El mejor teatro histórico no reconstruye (imposible), no instruye, no propagandea ni alardea altisonantemente. La didáctica posible de estas obras cede ante su propia poética y se accede a otro teatro, el verdadero. Esto sucede con “La voluntad. Teatro a distancia”, de Eva Halac, en la versión rosarina de Ignacio Amione.

Aunque no parezca, en Rosario, es complicado el teatro venido de una obra escrita. Sobre todo si viene de un texto escrito por otra persona ajena al grupo teatral. Sobre todo si esa persona está viva. Esa persona es un autor. Escribir teatro es un borde difuso entre la literatura y el quehacer teatral que nunca está cómodo con quien se suscribe (y el otro tampoco).

Rosario tiene una vasta experiencia en grupos teatrales y creaciones colectivas (o venidas de la dramaturgia del actor), pero no así en dramaturgos o escritores que, a sabiendas del deseo circundante, y escribiendo teatro “porque sí”, digamos, pueden o no ser parte del proceso creativo, o al menos de una opinión final. Del otro lado, también. Vivimos tapando un prejuicio con otro. Y hasta por prejuiciosos dejamos cosas antes de siquiera entreverlas. Pero aun resta para el desierto y muchos siguen la magia de lo escrito que se hará carne, que latirá, que será vivo (literal).

El grupo Metrónomo, con el director Ignacio Amione a la cabeza, después de montar Cámara lenta, de Eduardo Pavlovsky y Mil quinientos metros sobre el nivel de Jack, de Federico León, apostó por La voluntad. Teatro a distancia, de Eva Halac, quien pergeñó una historia en (y no sobre) las atrocidades del suelo argentino donde sucedió el exterminio indio en pos de la civilización, a veinte o treinta años del siglo XX, y a setenta de la Revolución de Mayo, fecha en la que, en la obra, el presidente Julio Argentino Roca se aprestaba a visitar los confines del mundo que estaba, él, civilizando, con el ejército argentino como ejecutor. Esto es un decir. Si no fue la fiebre amarilla, fue la viruela la que los mató a todos: a los indios, a los soldados, a los oficiales y comandantes, a nuestros ancestros posibles, a los que no; a lo gentil y a lo pérfido mató, a las personas, a los civiles, a los gauchos y a las guachas, a l@s cautiv@s, a los actores, a los escritores, a las familias y a todo aquel que aun no, pero que sería alcanzado a fin de cuentas cuando su hambriento barco europeo anclase y aquél comenzase a pisar el suelo argentino en pos de un futuro mejor.

Un comandante que finge su propia ignorancia (Adrián Giampani), dueño de la nada y al mando de un regimiento apestado, junto a su oficial (Carlos Rossi), recibe a una compañía (al parecer europea) itinerante de teatro que está haciendo, donde la peste los deje, una versión de Hamlet, de William Shakespeare. Por entonces, muchas grandes actrices del teatro hacían de Hamlet. Acá también. Pero la actriz (Analía Saccomano), como Sarah Bernhardt, se apiada de un desertor (Mumo Oviedo) que había fugado porque miró fijo hacia donde creyó estaba su familia, que había dejado diez años atrás. Y empezó a caminar. Y lo agarraron y condenaron a muerte por desertor. La actriz se apiada, habla, seduce, actúa frente al comandante por la suerte del pobre soldado iluso. Aparece la voluntad en palabras escritas. Ella hace Hamlet para él como queriéndole explicar lo que salta a la vista: actuamos entre pilas de cadáveres que esperan nuestra redención con una impaciencia inútil. Pero aguardan igual, con esas pústulas de muerto, con esa fe accionada en la voluntad, aunque inútil; como un actor antes de salir a escena.

El comandante accede. Fingen un fusilamiento con técnicas de actuación, el cura apestado, lleva una arpillera en la cabeza. Viene un malón. Viene Roca. Sobreviene el despojamiento (tanto de los personajes como de la escenografía). Se llevan a todos, actuando. Mal herido, el comandante ruega por todos. Pero conjura en mapuche. El futuro ya está marcado: nos hicieron sobre un cementerio indio, nos conjuraron fuerzas extrañas venidas de adentro y de afuera; nos marcaron. Pero, aun así, en la versión rosarina dirigida por Ignacio Amione de La voluntad. Teatro a distancia, de Eva Halac, las variantes emocionales del teatro (la gloria efímera que es la actuación) pueden refutar la impotente forma en la que se escribió (y se hizo) la historia argentina.

Nota publicada en la Revista Mateo de la Asociación Argentina de investigación y crítica teatral Aincrit - http://leemateo.com.ar/?p=744

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