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Críticas

6 de abril de 2010

Al calor de la noche

La temperatura

Miguel Passarini Por: Miguel Passarini

La temperatura, de Gustavo Guirado, está de regreso en la cartelera local. Cuenta la historia de cómo preñar a la mujer barbuda de un circo dentro de una tapera en el medio de la Pampa, sitiada por los perros cimarrones y la indiada. Actúan Guillermo Becerra, Miguel Bosco, Edgardo Molinelli, Claudia Schujman, con dramaturgia y dirección de Gustavo Guirado. Se presenta viernes de abril y mayo, a las 22, en Montevideo 2364 PB. Reservas al 156-199797. Lo que sigue es la crítica publicada en El Ciudadano & la gente.

Tras ver La temperatura, último trabajo del director rosarino Gustavo Guirado, y luego de pensar las motivaciones y las referencias intelectuales que llevaron a este creador, primero a escribir, y luego a montar el espectáculo, se pueden comenzar a tejer algunas analogías entre la materia que encierra la obra y el enorme magma literario que, de algún modo, dio pie a su escritura hace ya algunos años. Ezequiel Martínez Estrada dijo alguna vez que escribió su maravilloso Radiografía de la Pampa, porque, entre otras cosas, descubrió que el paso del tiempo podía entenderse “como un sueño”, y que, por lo mismo, el pasado “estaba allí”, esperando ser develado por las nuevas generaciones.

No casualmente, y más allá de la profusa lectura de Sarmiento (Facundo), Lucio V. Mansilla (Una excursión a los indios ranqueles) o José Hernández (Martín Fierro), Guirado vivió, de algún modo, cierto grado de revelación al descubrir y reconstruir el imaginario de Martínez Estrada luego de escribir y decidir estrenar La temperatura. Partiendo de la base que supone que en el pasado están los lineamientos que dieron pie a la construcción de un pensamiento que tiene como eje el axioma “ser nacional”, Guirado buscó con su escritura correr la mortaja que oculta aquellas voces para revivirlas a través de cuatro personajes que, de un modo u otro, dan carnadura a otros personajes históricos, permitiéndose (gracias a lo arbitrario y maravilloso que puede ser el teatro) ciertas licencias temporales, giros o asociaciones poéticas que fueron apareciendo en las improvisaciones.

Una mujer (quizás la última) está perdida en una vieja tapera en medio de La Pampa. Tres hombres, cada uno con intereses diferentes, la acompañan. Pero el interés de la Señora es claro: ella buscará en Marcial, el Coronel Lampedusa o Fierro, un semental, alguien que le garantice la “preñez”, alguien que pueda ser fértil en medio de un ámbito tan estéril, un territorio que ha quedado desierto en medio de “tantas batallas”. Es así como una y otra vez, la Señora hará que Marcial le tome la temperatura para corroborar el momento más oportuno para ser “servida”.

Hay algo del campo de lo simbólico, de lo inconciente, de lo más radical, que en los últimos años se ha convertido en una marca indeleble del teatro de Guirado. Se trata de algo que no podría describirse con palabras, que sólo se vivencia en el preciso momento en el que sus criaturas, cuidadosamente delineadas y al mismo tiempo dejadas en libertad, ponen a funcionar la maquinaria teatral que el director propone.

Allí, en ese campo de lo simbólico, del pensamiento y la reflexión, están sus años de trabajo junto a Chiqui González en La Sociedad del Ángel, su experiencia como docente y ahora también como dramaturgo (la obra integra un corpus que refiere a aspectos mitológicos de la tradición argentina), pero, sobre todo, están los elementos constitutivos de un modo de pensar el teatro en el que el director eligió ser fiel a las imágenes de la infancia, a esas primeras impresiones que se repiten en la morfología de su teatralidad.

En La temperatura están condensados algunos de los elementos más representativos del cine de Leonardo Favio o Arturo Ripstein, el realismo mágico tan arraigado a gran parte de la literatura latinoamericana: del delirio místico hasta llegar a lo horroroso, la inocencia que lleva a la perversión, personajes que, como escapados de un circo, buscan noche a noche repetir sus rutinas mientras miran (imaginan, sueñan) las hazañas de unos jóvenes trapecistas que, dolorosamente, están desaparecidos.

De la sangrienta "conquista del desierto" al advenimiento del peronismo, lo que cuenta La temperatura es pura fragmentación, en palabras del director, “un devenir político”, que lejos de prestar atención a los acontecimientos históricos prefiere poner atención en las anécdotas.

De este modo, La temperatura podría describirse como un espectáculo incómodo, perturbador, de alto riesgo, en el que los actores ponen el cuerpo (de verdad, sin limitaciones) a disposición de sus personajes, a los que dieron forma en el proceso de los ensayos al mismo tiempo que el director terminó de cerrar la concepción de un dispositivo escénico que adquiere, ingeniosamente iluminado, el carácter de instalación.

De un elenco sin fisuras, vuelve a ser centro de atención la siempre sorprendente Claudia Schujman, acaso una de las pocas actrices rosarinas que sabe y puede asumir semejante desafío. Tal como pasaba con Vilma Echeverría en la versión que Guirado montó de Medea, aquí también lo inexplicable del universo femenino, eso que está, que se conoce, pero no del todo, eso que del mismo modo que puede odiarse, puede volverse imprescindible, encuentra en Schujman a una actriz en su plenitud que, lejos de aburguesarse en la elección de sus trabajos, prefiere aquellos que la alejan de la corrección política, que la enfrentan a algo aterrador e indescifrable, aunque siempre se trate de un lugar del que logra salir airosa.

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