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Críticas

30 de junio de 2010

De matones y pusilánimes

La Saga Teatral Argentina Arde

Miguel Passarini Por: Miguel Passarini

La Saga Teatral Argentina Arde se presenta en una nueva versión, los sábados, a las 22, en La Morada (San Martín 771). Se trata de un proyecto conformado por cuatro obras que tienen continuidad, a modo de miniserie teatral o teatro capitulado. Durante el año 2008 se estrenaron los dos primeros capítulos: “El secreto” y “La transa”, en el año 2009 “La timba”, y en agosto de este año se conocerá el capítulo final de la saga. Si bien cada una de las obras o capítulos desarrollan una historia que cierra en sí misma, el espectador que asista a las cuatro obras podrá conocer la totalidad de la saga teatral, por lo que antes del estreno de la parte final se reestrenaron las tres primeras obras en una versión reducida, para que puedan ser vistas el mismo día en diferentes espacios. En las tres propuestas, que pueden verse los sábados, actúan Juan Pablo Yevoli, Gustavo Sacconi, Maximiliano Fonseca, Mecha Nuñez, Adriana Sánchez, Mayra Sánchez y Claudio Danterre, con dramaturgia de Juan Pablo Giordano y dirección general y puesta en escena de Pablo Fossa.

Lo que sigue es una reseña de las dos primeras partes de la saga.

La distorsión de la realidad histórica, o bien la construcción de una especie de “realidad teatral” y paralela que responde a un orden que toma elementos de esa realidad histórica y los transforma (el teatro de Ricardo Bartis y Pompeyo Audivert son claros ejemplos de esta variable), son los ejes por los cuales discurren las problemáticas del proyectoArgentina arde, una atractiva creación que agrupó en un comienzo “El secreto” y “La transa”, estrenadas en 2008, y que continuó en 2009 con la presentación de “La timba”, tercera parte de una teatralogía que verá su fin este año con el estreno de un nuevo espectáculo.

El proyecto, conocido en la sala La Morada bajo la dirección y puesta en escena de Pablo Fossa (Madagascar), que también participó de la programación del Argentino de Teatro que se realiza en Santa Fe y en el Festival de Teatro del Mercosur 2009, toma el formato de saga teatral capitulada (como otras que se conocieron en Buenos Aires, aunque esta es la primera que se estrenó en la ciudad), y juega entre la hilaridad y la tragedia, entre el humor patético tan propio de Roberto Arlt y la desazón y la tristeza de los personajes y situaciones familiares de Florencio Sánchez.

En “El secreto”, una familia, los González, parecen haber “arreglado” el casamiento de la joven María Esther. Todos esperan sacar algo de esa boda convenida, todos parecen estar agazapados a la espera de la presa que será despellejada incluso por Ana, la madre de la muchacha, que guarda el secreto en cuestión. Una familia “cristiana” (así lo confirma un recoleto oratorio), la contradicción que enardece, un cuadro familiar en el que la argentinidad impresiona. En el medio, tres personajes que llegan: Gregorio, el candidato a casarse, y dos amigos, dos matones pusilánimes y viejos conocidos, José Pérez, El Brujo (una caricatura de José López Rega, el fatídico Brujo, que fuera el secretario privado de Juan Perón), otro pretendiente de María Esther, y Máximo Necio, que busca saldar con Gregorio una deuda del pasado, quizás de la infancia.

El mayor logro de esta primera parte de la saga (aunque se sostienen en forma unitaria, se recomienda la visión conjunta de ambas obras) es el personaje que completa y contempla la historia, recreado con su habitual solvencia por Claudio Danterre. Se trata del hermano de la madre de María Esther, que actúa a modo de bisagra. Desde la quietud, sentado frente a una vieja radio de las del tipo Capilla por la que se escucharán los ecos de la Revolución Libertadora de mediados de los 50, vigila a los demás al mismo tiempo que los intimida, habla poco, mira, silencia. Lo que queda es una triste postal de la clase media argentina, esa que fue construida en base al juego de opuestos peronismo-antiperonismo, a la radicalización de las ideologías, acaso la génesis del país tal como se lo ve hoy.

Acto seguido llega el turno de “La transa”, con El Brujo y María Esther fagocitándose en el marco de una convivencia imposible, a puertas cerradas y a los golpes. Ella, lejos de Gregorio, escapada de su casa y sospechada de traicionar al Brujo con un amante, él, arreglando los asuntos que mantiene pendientes con algunos funcionarios del gobierno, entre ellos Máximo Necio, que ahora trabaja en el Ministerio del Interior.

Una reunión de “amigos” en circunstancias poco felices, la suma de varios engaños, tanto públicos como privados, y el desconcierto de aquellos que detentan el poder pero que apenas son eslabones de una larga cadena en la que prevalecen las contradicciones y la confusión, al tiempo que el rédito queda siempre en manos de otros.

Es en esta segunda parte donde el humor gana terreno y se llena de guiños al público. Los ajustados trabajos de los tres actores construyen pasajes forjados en base a la hilaridad, aunque se trata de un humor cruel, patético, de seres desintegrados, desesperados y dispuestos a la salvación individual o bien a la aparición de una salvación milagrosa, otro rasgo que los acerca a la esencia del ser nacional en todo su esplendor.

Desde la dirección, Fossa acierta en todo el proyecto al poner atención en una estética que, aunque transitada, es al mismo tiempo una fuente inagotable de inspiración, que sirve para preguntarse si aquello que da risa, esa especie de ironía dolorosa y siniestra de un país que ha debido padecer una clase dirigente artera y negociadora de sus propios intereses, no debería forzar una reflexión que hoy se vuelve imprescindible.Argentina arde, tal como lo adelanta el grupo en el programa de mano, plantea “la percepción de un país que eternamente está por ganar un mundial o que será destacado en algo”. Y allí radica la metáfora más reveladora de esta propuesta: un país que se jugará hasta el límite y que podrá ganar o perder, como dice el tango, “por una cabeza”. Sólo basta mirar hacia atrás y ver que en la Argentina de hoy, que sigue “ardiendo” como la de los 50, los partidos definidos “por una cabeza” son moneda corriente.

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