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Críticas

8 de mayo de 2010

De la voracidad y el humor negro, al filo de la tragedia

La nona

Miguel Passarini Por: Miguel Passarini

Matías Martínez dirige a un equipo de grandes actores rosarinos en una versión de “La nona”, uno de los textos emblemáticos del grotesco argentino, escrito a fines de los años 70 por Roberto Tito Cossa

Dramaturgia: Roberto Cossa

Dirección y puesta: Matías Martínez

Actúan: Pipo Fernández, Tito Gómez, Mary Longo, Melisa Patriarca, Gachy Roldan, Silvina Santandrea, Mario Vidoletti

Sala: Lavardén (Sarmiento y Mendoza), domingos a las 20

Una cocina humilde y está claro que son los finales de los años 70. Se trata de la época en la que Roberto Tito Cossa, en el momento más feroz de la última dictadura militar argentina, escribió una obra teatral cuya metáfora habla de conspiraciones, de encontrar en silencio la estrategia para quitarse algo (alguien) de encima porque hace daño, de sacarlo del medio porque ya no da para más, de una familia (¿un país?) cuyos integrantes son abatidos por el “hambre” voraz de lo que en apariencia es una pobre vieja pero que, detrás de su eterno luto, quizás se esconda otra cosa, porque, además, no muestra la cara.

Se trata de la trama de la emblemática La nona, un grotesco argentino con todas las letras que está de regreso en manos del director Matías Martínez al frente del grupo Tragedias Argentinas y un equipo de actores de vasta trayectoria en la escena rosarina.

La nona cuenta la historia de la decadencia de una familia humilde que no puede sostener el hambre voraz de una vieja de cien años que, extrañamente, mientras los restantes integrantes de la familia son literalmente consumidos por el acontecer cotidiano, la vieja se fortalece cada vez más y tiene más hambre.

Tomando como punto de partida los elementos necesarios como para construir un grotesco partiendo de las coordenadas del sainete, es decir un conflicto que responda al imaginario popular y familiar y de tono altamente realista (aquí llevados casi al hiperrealismo), los siete personajes imaginados por Cossa y su estrategia vincular están en escena.

La Nona en cuestión (muy buen trabajo de Silvina Santandrea), una sobreviviente italiana, no hace otra cosa que pedir comida en forma compulsiva. Al mismo tiempo, Chicho (un personaje a la medida de Mario Vidoletti), uno de sus nietos, le escapa al trabajo porque, según dice, quiere ser “artista”, y así se enfrenta a Carmelo (Pipo Fernández), hermano mayor de Chicho y el único que aporta el poco dinero que ingresa a la casa trabajando en un puesto del mercado que está a punto de perder.

Del otro lado, María (Gachi Roldán), la apesadumbrada y hastiada mujer de Carmelo, lleva adelante la casa junto con Anyula (Mari Longo), hija solterona de la Nona, quien de algún modo es la aliada de María, al tiempo que Martita (Melisa Patriarca), hija de María y Carmelo, “trabaja de noche”, supuestamente en una farmacia, para acercar algo de plata que sirva para “parar la olla”.

La falta de dinero para sostener en pie la casa comienza a carcomer los vínculos al mismo tiempo que nadie conseguirá trabajo (o no querrá hacerlo) para sacar las cosas adelante y saciar la glotonería de la vieja.

Ante la presión de Carmelo para que deje de lado su sueño imposible de componer tangos, la estrategia de Chico, luego de urdir una serie de imposibles para zafar de la situación, será quizás la más desopilante y la menos pensada: casar a la vieja con un quiosquero del barrio, Don Francisco (un estupendo Tito Gómez), al que le hace creer que la vieja, supuestamente a punto de morir, es dueña en Italia de una fortuna incalculable. Concretado el hecho, todo saldrá mal, y lo que en ciernes alimenta cada vez más el grotesco, desembarca en el filo de una tragedia que se vuelve irremediable en medio de un humor que pasa de fresco y liviano, a negrísimo.

Más allá de la estupenda puesta que, en general, propone Martínez, quien en los últimos años ha demostrado un particular interés por acercarse al público (antes estrenó Esperando la carroza, de Jacobo Langsner, con gran repercusión de público), y que con esta versión de La nona ofrece un verdadero homenaje al realismo naturalista de los años 70, con una escenografía jugada como si se tratase de un viejo set televisivo de aquellos años, la presente versión de La nona tiene a favor un equipo de actores probados y, sobre todo, el desafío de pensar un personaje que en el imaginario popular adquiere la figura de Pepe Soriano, quien recreó a la vieja en cine y en teatro y alimentó el mito de que Cossa escribió el personaje para que lo interprete un hombre, quizás porque en su momento se inspiró en uno de sus abuelos italianos. De todos modos, Santandrea, merced a su conocido y demostrado talento, juega el personaje desde lo corporal convirtiéndose en un “bicho” extraño, al tiempo que saca adelante el cocoliche (italiano-castellano) que motoriza el discurso de la vieja, cuya presencia es potenciada por el resto del elenco que, más allá de luces y sombras en los niveles interpretativos, alcanza momentos de gran intensidad humorística.

Quizás al trabajo, altamente recomendable, sólo le falte el rigor necesario como para dar paso a la tragedia: hay un momento en el que la tarantela deja de escucharse en la cocina de esa casa, hay un momento en el que ese texto pide silencio, hay un momento en el que el desamparo de los personajes (los sobrevivientes de la tragedia) provoca el vacío total (literal y metafórico) del espacio escénico, hay un momento en el que gana la vieja (el mal), y que sola, sentada, seguirá comiendo lo que encuentre a su paso.

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