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Críticas

9 de abril de 2013

Cuchillos afilados para una historia siempre familiar

La escuálida familia

Anahí Lovato Por: Anahí Lovato

“La familia es la base de la sociedad”, escuchamos repetir hasta el hartazgo, con ánimo de evitar excusas para salir del status quo. La familia occidental y cristiana, así planteada, lleva siglos construyendo, ladrillo a ladrillo, una prolija fotografía para la posteridad, ubicando a papá en la punta de la mesa, a mamá sirviendo la cena, y a los niños, bien peinados y aplicados a sus tareas escolares.

Intachable, el retrato familiar se proyecta en el espejo de otras familias y determina la vara con la que habrán de medirse la normalidad y la corrección. Hacia adentro, ciertamente, las cosas resultan lo suficientemente imperfectas como para manchar los trapos que jamás habrán de lavarse afuera. Haciendo historia iremos, luego, los familiares, en tragedias y comedias personales o colectivas, dejando en todas las superficies las huellas dactilares del pasado.

Porque, en definitiva, “la Historia es siempre familiar”. Así lo sostiene Lola Arias en la primera línea del texto de “La escuálida familia”, la obra que se presenta los domingos de abril en el Teatro La Manzana, dirigida por Felipe Haidar, y hecha cuerpo por Alejandro Ghirlanda, Paula Diez, Soledad Otero, Cecilia Lacorte y Ariel Hamoui.

Cualquier historia, por extravagante que sea, tiene su origen allí, en las relaciones familiares, encantadoras y perversas, que jamás terminaremos de contar, de pensar, de escudriñar, de resolver.

En otro escenario, la de Luba y Lisa puede parecerse a la familia de cualquiera. Pero, en medio de la hambruna y la nevada, cuando las liebres ya no se reproducen, las latas están vacías y el sol apenas si alumbra algunas horas, todo se tiñe con el alquitrán viscoso de la violencia, la farsa, el sometimiento, la resignación, la muerte. Entonces, aunque repita pasajes de la Biblia, esta familia de escuálidos e idiotas que se multiplican no aplicará jamás en la convocatoria de la normalidad.

Las escenas son difíciles de ver. Pueden revolver las tripas. Pueden estremecer. Pero inevitablemente abren preguntas.

Ese es, probablemente, el condimento más sabroso de toda obra: su capacidad de abrir grietas, de resquebrajar nuestra cotidianeidad para dejarnos interrogantes que resolver en la vuelta a casa, a la salida del teatro.

A veces sucede que asistimos a una puesta en escena consumada en las tablas de un escenario. Una historia acabada que nos entretiene por algo más de una hora, pero que no consigue movilizarnos más. Seguramente la olvidaremos a la vuelta de la página de un libro o en el siguiente track del mp3.

No es el caso de “La escuálida familia”. Por amor o por espanto nos marcará la espalda hasta identificarnos como huerfanitos. O nos desnudará, mejor, en la intemperie, donde no queda nada rígido, ni occidental, ni cristiano.

Por supuesto que los textos que consiguen ese efecto guardan siempre una buena cuota de ambigüedad. Deslizan algún cuestionamiento filosófico o antropológico. Envuelven con sexo las acciones y los diálogos porque, de hecho, así ha sido envuelto el mundo entero. Es entonces cuando vale la pena asistir al regreso del huérfano y sus desenlaces y, por si acaso, afilar bien los cuchillos para cortar la trama.

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