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Críticas

3 de julio de 2012

Un camino hacia la postergada canción de los que no tienen voz

La canción del camino viejo

Julio Cejas Por: Julio Cejas

Cuando uno transita las rutas de este país fantasmagórico, encuentra entre los recodos del camino, zonas excluidas, pueblos fantasmas condenados por el exterminio de los trenes, un mapa plagado de seres anónimos que se resisten a los “avances” de la globalización.

En algunos de esos recodos olvidados, los hermanos Omar y Héctor Taboloni, más conocidos como el Cuqui y el Titi, se empeñan en sostener una gomería heredada de su padre: un típico negocio familiar que se resiste a ser absorbido por una moderna estación de servicio “con gomería incluida”, que llega de la mano de una nueva autopista.

Condensada en esta pequeña historia se encuentran otras historias que al teatro argentino, tanto le cuesta volver a retomar y que “La canción del camino viejo” transforma en un ejercicio dramático donde la memoria y la identidad vuelven a reconstruir la huella perdida de un teatro con lenguaje popular, un teatro donde el público pueda identificar y reconocer a sus personajes.

Estrenada el año pasado con una buena repercusión de público y de la crítica local, retorna a escena esta propuesta ganadora de la Fiesta Provincial de Teatro de Santa Fe, que podrá verse todos los domingos de julio, a las 19.30 horas, en el Cultural de Abajo (San Lorenzo y Entre Ríos).

Con más de 40 funciones a lo largo de Rosario y diferentes ciudades del país, esta producción nace como una convocatoria del director de “El 45 Teatro”, Miguel Franchi, a dos actores también comprometidos con una búsqueda de fuerte impronta estético-ideológica.

Santiago De Jesús y Severo Callaci integrantes de los grupos “Katastrofa” y “Teatro de la Huella”, aceptan el desafío propuesto por la dirección y aportan a esta historia uno de los condimentos vitales de una dramaturgia que por momentos adopta el clima nostalgioso de aquellos relatos entrañables de Haroldo Conti, mixturados con algunos seres que parecerían extractados de la mejor pluma humorística de Roberto Fontanarrosa.

Tres grupos teatrales fusionados en uno nuevo de impronta futbolera: “Línea de Tres”, tres creadores reunidos para entonar juntos las épicas estrofas de una ignota “canción del camino viejo”

Frente a la mirada azorada de un público que se sitúa justo en los límites de ese fantasmal Camino Viejo en donde quedaron varadas tantas ilusiones y el sueño paterno que heredaron en forma de una espectral gomería, los hermanos Taboloni se resisten a que la topadora del tiempo arrase con ciertos valores que no cotizan en bolsa.

Omar y Héctor han sido sentenciados como tantos otros argentinos a despejar una ruta de luchas y esfuerzos, para dejar que los avances de la tecnología y el mercado puedan llevar adelante su implacable tarea de modernización, que desde la campaña al Desierto en adelante, sigue desbrozando las malezas humanas que impiden el “progreso” del proyecto liberal.

Allí en su pequeño santuario presidido por la foto del padre en compañía del popular corredor automovilístico Oscar Gálvez, tratarán de resistir sacando a flote sus recuerdos más íntimos: jugando como niños en el patio de un mundo demasiado adulto, donde no caben los que no se aggiornan.

Los sonidos de los vehículos que pasan y nunca paran, serán el lúgubre fondo musical de una partitura anunciada, una especie de réquiem para dos trabajadores que esperan un desenlace previsible.

Dos personajes construidos a partir de la garra y la ternura, dos parientes lejanos de aquellos inolvidables Vladimiro y Estragón que Beckett prohijara en la siempre vigente “Esperando a Godot”, primos hermanos de aquel “Clásico binomio”, escrito e interpretado por los actores santafesinos Rafael Bruza y Jorge Ricci.

El Titi y el Cuqui Taboloni, resisten el obstinato de un teléfono que los llama para anunciarles el inminente desalojo: el terreno de la vieja gomería será pasto de la patria sojera.

Mientras Oscar se “deselvisa”, quitándose un esperpéntico traje que remeda la figura de Elvis Presley, disfraz con el que intenta ganarse unos pesos animando fiestas, Héctor dialoga con su perra Twenty y sueña con los goles que hacía en el Sportivo del pueblo.

Una dramaturgia que por momentos no alcanza la fuerza de los trabajos actorales, demorándose en algunos juegos que engolosinan la creatividad de los actores, las potentes imágenes que por momentos remiten a un clima onírico atraviesan algunos de esos desfasajes y revitalizan la trama.

De Jesús y Callaci, en un trabajo memorable, con un final enmarcado en la tradición del grotesco y el legado dramático de un director como Franchi que sigue apostando al teatro como lugar de resistencia, recuperando la voz de los que todavía cantan al borde de los caminos viejos de este país.

“La canción del camino viejo”, se convierte en exponente de un teatro local que lejos de legitimarse en las poéticas de moda, se refugia en la necesidad de algunas actitudes quijotescas, en necesarios gestos que apuntan a trascender los alcances de un espectáculo para convertirse en marca de agua de una postura frente a la vida: herencias del maestro Norberto Campos, ese otro quijote que sigue recorriendo en bicicleta las encrucijadas de el arte popular.

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