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Críticas

1 de junio de 2011

Esos hermosos perdedores

La canción del camino viejo

Miguel Passarini Por: Miguel Passarini

CRÍTICA TEATRO

Miguel Franchi dirige a Santiago Dejesús y Severo Callaci en la creación colectiva “La canción del camino viejo”, una metáfora sobre los olvidados, sobre la resistencia y sobre lo que dejaron los años 90

LA CANCIÓN DEL CAMINO VIEJO

Dramatrugia y puesta: Línea de Tres

Dirección: Miguel Franchi

Actúan: Santiago Dejesús, Severo Callaci

Sala: Cultural de Abajo, San Lorenzo y Entre Ríos,

domingos a las 19.30

Por Miguel Passarini (Publicado en El Ciudadano & la gente, en su edición en papel del miércoles 1º de junio de 2011)

Los años 90 dejaron huellas indelebles en cierto sector de la sociedad; el “menemato” hizo estragos no sólo a nivel económico sino también a nivel cultural, creando una supuesta cultura de ficción, acompasada por el devenir de una Argentina que, lejos de pertenecer a un apócrifo primer mundo, se hundía más y más en el tercero.

Distanciado de las grandes ciudades, el peor retrato de esa modernidad de cartón en la que un ficticio “uno a uno” dejó a tantos en el camino, estuvo (está) en aquellos a los que el sistema echó literalmente a patadas, en su mayoría, esos mismos que sabían de oficios y quehaceres manuales.

En parte con esa premisa (aunque en la puesta resuenan otros momentos del país y de su historia), el actor y director teatral Miguel Franchi, junto a los talentosos actores Santiago Dejesús y Severo Callaci, creó Línea de Tres, un iluminado proyecto artístico que junta a los grupos teatrales Katástrofa, Teatro de la Huella y El 45, y que dio como resultado La canción del camino viejo, una comedia dramática que si bien a primera vista encierra los entretelones de la cotidianeidad de dos hermanos perdidos en una vieja y polvorienta gomería de pueblo, en una segunda mirada, entrega un retrato casi expresionista de lo que dejó la política económica planificada por los cráneos de la última dictadura que luego fue puesta en práctica y “fundamentada” durante el atroz liberalismo de los años 90.

Rara mezcla de talentos artísticos ocultos y gomeros por oficio heredado, los hermanos Omar (Cuqui) y Héctor (Titi) Taboloni pasan sus días en medio de la desazón que les provoca la falta de clientes en una vieja gomería que fundó su padre en lo que, se presume, son las cercanías de un pueblo del interior. A poco de allí, el paso de una autopista y la instalación de una estación de servicios “moderna” que todo lo tiene, los dejó varados entre los recuerdos de un pasado glorioso (el del primer peronismo, y el de un padre que conoció a los hermanos Gálvez) y el dolor del presente, al que remedan apelando a un supuesto talento que Cuqui tiene para la animación de eventos, con imitaciones y canciones incluidas.

De este modo, clandestinos, tapados de tierra, dolor, recuerdos agridulces y mates fríos, los Taboloni dejan correr el tiempo entre la ansiedad y el deseo de que suene el teléfono y algo cambie. En el fondo, palpita la necesidad de salir de un lugar que, del mismo modo que los remite a una infancia feliz, los parapeta en un presente que está a punto de modificarse y donde, irremediablemente, se huele a tragedia.

Apelando a la dramaturgia de actores (aunque Franchi prefiere hablar, como en otros tiempos, y quizás por su modo de trabajo, de “creación colectiva”), la puesta se basa en la construcción de una estructura dramática que utiliza elementos del melodrama con algo del grotesco para pintar a estas dos criaturas, dos “antihéroes” que se apiadan uno del otro o se golpean con palabras de una supina crueldad.

Desde la actuación, los extraordinarios Dejesús y Calacci, que además de actores son directores de sus propios grupos y que indudablemente se posicionan entre los creadores más talentosos de la escena local de su generación, trabajan a partir de la construcción corporal de sus personajes: máscara y cuerpo accionan para dar a luz a Titi y Cuqui, dos estereotipos de los desclasados, esos mismos a los que Buñuel retrató en Los olvidados, y que en ciertos pasajes parecen escapados de un film de Leonardo Favio, en particular de Soñar, soñar, con esos otros dos “perdedores” que sueñan desde el interior con hacerse famosos en Buenos Aires.

Desde lejos (a veces desde cerca), se presume también un enemigo que acecha: uno literal, el que quiere quedarse con los despojos de la vieja gomería y de la tierra donde está implantada; otro más metafórico, el de un sistema que una y otra vez los ataca y cuestiona, algo que desde la dirección requirió de un inteligente recorte de situaciones en las que, incluso, el equipo se permite reconstruir los momentos en los que los Taboloni planifican su nueva proeza artística “salvadora”, para cumpleaños, bautismos o casamientos, en uno de los pasajes más agradecidos por el público, donde resplandece el humor.

Con relación a la puesta en escena, el equipo eligió poner a funcionar los métodos de un “teatro pobre”. Con elementos casi de descarte (chapas oxidadas, maderas, cajones), Línea de Tres construye un espacio escénico poético, idílico, presidido por un cuadro con una foto del padre junto a los hermanos Gálvez, cuyo valor simbólico será, al mismo tiempo, la salvación y el abismo.

Así, los que quedaron en el camino, los “hermosos” perdedores, esos a los que Franchi ha sabido retratar a lo largo de su vasta trayectoria en la que han convivido estoicamente ética y estética como un par dialéctico funcional a un teatro popular y de calidad, se hacen presentes una vez más en La canción del camino viejo, pero ahora son incandescentes, ponen el cuerpo y resisten. Más allá de sus ropas descoloridas o estridentes compradas en una feria, de la arrogancia de Cuqui para subirse a un escenario o de la supuesta labilidad emocional de Titi para entender lo que pasa, algo del neorrealismo italiano habita en esos cuerpos, algo fellinesco permite a la platea ver a la Twenty, la perra que sólo Titi puede ver (y entender), algo de ese dolor y esa alegría que los extingue, inevitablemente quedara plasmada en cada uno. Y acaso esa es la clave del teatro de Frachi: la emoción de un cuerpo que narra y la de otro que entiende y (a veces) se hace cargo de lo que pasa en escena.

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