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Críticas

24 de octubre de 2015

Lo que sobra es tiempo

Jet Lag

Federico Aicardi Por: Federico Aicardi

Nacer, crecer, estudiar, encontrar a alguien que nos quiera, tener hijos, verlos nacer, crecer, estudiar y encontrar alguien que los quiera. La vida, muchas veces, es eso que pasa mientras hacemos cola para pagar el TGI.

Pensar la vida como algo es casi una condición del ser humano, pensarla como algo significante, como algo que no fue puro azar sino que nosotros como entes vivientes venimos a significar algo en el complejo entramado de seres humanos que llamamos sociedad. Armamos religiones, explicaciones, luchas y resistencias, clubes de seres que buscan trascender, etc. Millones de lugares para no enfrentarnos a la realidad que es la más cruda de todas: no somos nada especial, no significamos nada.

Ante esta realidad nos juntamos con alguien, nos armamos una vida en conjunto y, con suerte, algunas veces nos queremos y otras, con un poco de desgracia, no nos soportamos. Cuando no nos soportamos tratamos de evitar el fracaso con otras tantas estrategias y pensamos que no hay mejor idea para no fracasar en el amor que traer un niño al mundo. ¡Aplausos y más aplausos para nosotros, genios del universo!

Ahí nace Jet Lag la última obra de la prolífica Romina Tamburello. Una especie de resumen de una vida de pareja más, pero de esas a las que las películas no les han dedicado mucha cinta. Porque como alguna escuché “la felicidad no es narrativa y es por eso que los cuentos terminan y vivieron felices para siempre” y este cuento que Romina cuenta puede seguir durante toda una vida porque es el cuento de los que no vivieron felices para siempre.

Anclados en una especie de limbo sin tiempo los personajes de Jet Lag (ese desfasaje horario que nos sucede cuando viajamos de un país a otro) tratan de entender su vida como la vida que les tocó en suerte, no como la vida que construyeron. Padre y madre (María Celia Ferrero y Juan Pablo Yévoli) se culparán constantemente de lo que no les gusta y, básicamente, lo que no les gusta es su vida. En ese desagrado nace el gnomo, una especie de hija desgenerada (retirada de su propio género) que es representada en una especie de desdoblamiento temporal por Leila Esquivel y Camila Olivé. Por un lado, el gnomo sufre los embates de su madre y por otro, la azafata es el ser que decidió escapar y vivir en este eterno desfasaje llamado Jet Lag.

Todos estos espacios creados con un hermosísimo detallista por la puesta en escena y el diseño de luces nos hacen entrar en un eterno clima de ensoñación, donde no sabemos bien en qué espacio/tiempo nos encontramos y que juega a favor del desfasaje. Esa escisión de uno mismo, ese de dónde vengo y dónde estoy que muchas veces genera la angustia.

Puede que en ese lugar, el lugar de la angustia, Jet Lag no haya encontrado aún la forma de transmitirla. La sucesión de momentos cómicos (que demás está decir los actores manejan a la perfección) evitan que el público llegue a sentir ese vacío existencial que deviene del relato de las frustraciones de una pareja. Nosotros, el público, somos esa pareja, lo somos porque no la tenemos, porque la tenemos, porque la perdimos, porque no la encontramos, porque nos dejaron, porque la dejamos y porque el terror de que ese hijo que vino o que va a venir no es o será todo lo brillante que queremos que sea. Necesitamos experimentar el vacío que propone la obra, necesitamos ese espacio para dejar de reír o para pensar de qué nos estamos riendo. Lo bueno, es que el viaje recién empieza y lo que sobra en la vida es tiempo para angustiarse.

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