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Críticas

29 de marzo de 2012

El inevitable fin de las cosas.

Guerra fría

Federico Aicardi Por: Federico Aicardi

Ya Vox Dei en su archiconocida canción “Presente” nos relataba melódicamente que “todo concluye al fin, nada puede escapar”, frases que pueden resignificarse depende del momento en que uno las escuche. No es lo mismo sentir que todo termina a los 20, que a los 30, que a los 80. Pero es innegable que en el transcurso de nuestras vidas vamos experimentando tantos fines como principios generemos hasta el fin último, la muerte.

Es en este ámbito donde los personajes de “Guerra Fría. Lejos de todo” deambulan, en el vértice del fin. Luego de tres meses en qué Walter (o Rimbo según el momento) vuelve de un viaje se reencuentra con Ana, su pareja o ex pareja, en la casa de su viejo profesor Alses (quien no está por razones desconocidas e intrascendentes). Dentro de la casa también se encuentra Ethel, compañera de estudios de Walter y Ana. Es allí, en la vieja casa del viejo Alses donde estos tres personajes luchan contra el inevitable fin de las cosas.

Fuera de esa casa está Boris, el perro guardián de la casa, que juega un papel fundante en el relato. Es que se ha hecho lo imposible para que Boris siga vivo, se han hecho cosas imperdonables para que siga comiendo y no muera. Dentro de esos desesperados intentos por mantener vivo a Boris se ha destruido lo que unía a estos personajes. Boris es metáfora de una historia que, para que siga existiendo, habrá que alimentarla hasta el punto de que lo único que quede seamos nosotros mismos, y ese es el momento en que la relación termina porque nos devora.

Otro punto a destacar es el recorrido pictórico al que Hessel (ayudado con el hermoso diseño de luces de Juan Carlos Rizza) nos tiene acostumbrados. Guerra fría es se puede relatar a través de la “construcción plástica” (en palabras de Hessel) que los actores realizan en el escenario. Son imágenes que subyugan, relatan eso que no se está diciendo, permiten que el espectador termine de construir, nos deja esos huecos necesarios para que nuestra imaginación dispare, trate de comprender, complete o simplemente disfrute de lo que está pasando. Si “Mal de ojo” con su puesta diagonal había desacomodado esa visión tan plana y occidental a la que nos tiene acostumbrados la televisión, “Guerra fría” nos va llenando de vacío hasta sentirnos despojados.

Pero todo esto es imposible de pensar sin los tres actores que dan “vida” a este relato sobre la “muerte de algo” y ellos son Melisa Martyniuk, Francisco Fissolo y Jesica Biancotto, tres alumnos del taller de entrenamiento de Hessel. Es en este último punto donde todo cierra a la perfección para que podamos volver a conocer el significado de la palabra contundente. Las tres actuaciones poseen el mismo extrañado y violento registro, ninguno está más tenso que otro, nadie intenta evitar el fin más que otro y todos saben que esto va a terminar. Los tres protagonistas de “Guerra Fría” escriben progresivamente en sus cuerpos la desazón que genera el fin. La violencia no solo está inscripta en la dramaturgia, los cuerpos son cuerpos violentos, cuerpos que necesitan atacar porque la impotencia es la sensación que reina. Viven todo violentamente, hasta el amor.

Guerra fría es un trabajo que golpea con la fuerza de, en palabras de Arlt, un “cross de izquierda a la mandíbula” desde la angustia que genera saber que algo está muriendo, que hemos hecho todo para que sobreviva pero que nos está destruyendo. Es una historia sobre el dolor de crecer, sobre el fin de las etapas porque si de algo estamos seguros en esta vida es que “todo concluye al fin”.

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