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Críticas

8 de octubre de 2013

Perspectivas sobre la violencia

Erotomaníaca

Anahí Lovato Por: Anahí Lovato

“Es más fácil creer en teorías conspirativas que hacerse cargo de las propias falencias”, sentencian los productos que promocionan Erotomaníaca, la obra escrita por Federico Aicardi y dirigida por Mary Décima, que va los sábados a las 21 en el Espacio Bravo (Salta 1857).

Está claro: muchas cosas son más sencillas que otras, pero no por eso las escogemos siempre. En ocasiones, nos da por aventurarnos por el camino empinado y peliagudo de nuestras responsabilidades.

Según el propio dramaturgo, la obra es un ensayo sobre la violencia. Unívoca, aunque se encuadre en variopintas clasificaciones. Y, ciertamente, el clima del drama es violento desde los primeros minutos. Casi no da respiro entre gritos, golpes, risotadas, tumbos y sometimientos.

La escena es absurda pero podría parecernos perfectamente normal, y hasta admisible. (Las percepciones, por cierto, pueden ser tan disimiles como los espectadores). Transcurre en la dirección de una escuela. Se reúnen allí cuatro personajes, ubicados en diferentes lugares de poder. La única mujer en escena es, por decantación, el último orejón del tarro en voluntades.

Como institución, desde hace años la escuela viene siendo el centro de críticas y escándalos. Por motivos de lo más diversos, nos resulta bien cómodo arrojar la primera piedra hacia la escuela y sus actores sociales. Basta encender la TV para leer titulares catastróficos sobre hechos ocurridos y denunciados en las instituciones educativas. Y puede que en algunas de ellas efectivamente ocurra el horror. Es una situación de ese estilo la que mueve la trama de esta obra.

La propuesta es breve. La dramaturgia está concentrada, sintetizada en tres escenas. Federico Aicardi, Florencia López Ferrada, Quique Marín y Daniel Villalba componen los personajes de una obra que, como el propio autor sostiene, “puede gustar o no gustar, pero interpela”.

Toda la historia gira en torno a un hecho al que no asistimos. Sólo tenemos relatos, decires sobre lo ocurrido, mediatizados por personas que no son, siquiera, los protagonistas del suceso en cuestión. La palabra produce realidades adaptables a cualquier necesidad. Luego, es posible también nombrar esa realidad y enclaustrarla en su nomenclatura. Llamémosla, por ejemplo, erotomanía. Y analicemos, después, si acaso no hemos quedados presos, todos, de la definición.

La pregunta por el qué ocurrió –aquí y en muchos casos- jamás tendrá respuesta. Antes bien, las conversaciones se ramificarán rápidamente hacia otros destinos, lo suficientemente alejados del quid de la cuestión.

Ahora bien, para contar esta historia el equipo elige una fórmula que ha sido provechosa en otros campos narrativos. Con temporalidades diferentes, la estructura dramática presenta tres escenas claras con sus respectivos puntos de giro. Aunque difícilmente pueda hablarse aquí de una resolución reparadora a la trama, violenta por donde se la mire. Será un final con poder conclusivo, pero de ningún modo tranquilizador.

Muchas cosas pueden sostenerse sobre el hecho narrado. Desde cada punto de vista, singular y único sobre el mundo, las cosas deben verse con diferentes formas, colores y contrastes. Cada mirada decidirá, a cada momento, qué es figura y qué es fondo. Vale para la interpretación de todos los hechos artísticos y vale también para esta obra. Corre por cuenta del espectador –usted y yo- mirar aquí y allá y concluir qué les gusta y qué les disgusta de esta propuesta. He ahí el camino sinuoso por recorrer.

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