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Críticas

25 de abril de 2010

Unidos por espanto y no por amor

El último verano

Julio Cejas Por: Julio Cejas

Una vez más, las familia es el material ideal para un entramado dramático que mixtura violencia, falta de afecto, subversión de los roles tradicionales y un descenso inevitable a las formas más abyectas de la destrucción humana.

Muchas de las propuestas de la dramaturgia nacional surgidas a fines de los '90, van a dar cuenta de un fenómeno que ya pareciera haberse transformado en fórmula exitosa para sostener la presencia de un espectador que se siente seducido y espejado. Una de esas propuestas modelo, "La escala humana" escrita en el 2001 por Javier Daulte, Rafael Spregelburd y Alejandro Tantanián -tres de los popes de la denominada "nueva dramaturgia argentina"-, fija un procedimiento que trabaja sobre el extrañamiento de los lazos familiares y lo siniestro que subyace en la cotideaneidad. Una vez más la familia será el eje del comportamiento enfermo de una sociedad que sigue tratando de encubrir las muertes nuestras de cada día, a partir de un discurso que va de la parodia al absurdo y donde un extremado hiperrealismo se mixtura con el policial negro de clase "B".

Mucho de esto puede encontrar el espectador que asista a "El último verano", obra escrita por el autor pampeano Darío Bonheur que bajo la direccion de Gustavo Maffei puede verse todos los viernes a las 21, en el Centro Cultural de Abajo (Entre Ríos 599).

En el acotado espacio de una cocina living se entrecruzan los esperpénticos personajes de una familia integrada por Ronaldo y Marga una pareja que sobrevive gracias a encubiertos pactos de sangre que amordazan a la única hija de este matrimonio que paradójicamente responde al nombre de Felicitas y a la que Enrique pretende como novia o como algo parecido.

Ese espacio aparece como una constante en las interpretaciones escenográficas que hacen los teatristas de la última década en Argentina, donde se trata de ritualizar o parodiar el clásico living o el comedor de las obras del realismo.

Un espacio al que Daniel Veronese en su recordada "Mujeres soñaron caballos" le diera la significación de la violencia contenida en el marco de una también oscura familia que instala lo siniestro como paradigma de una sociedad plagada de interrogantes. Un espacio dramático que en "El último verano" se convierte en auténtico campo de experimentación de los soterrados deseos de exterminio de Ronaldo que cuenta con la complicidad cada vez más obstinada de Marga, una mujer que sabe proteger los secretos de familia aunque eso le cueste degradarse y la ponga en la mira de los delirios violentos de su marido.

Y allí es cuando aparece otro protagonista excluyente de la escena nacional de los últimos años: La fuerza policial, pero desprovista de los estereotipados roles que ocupaba en las obras definidamente contestarias de los años 70.

Allí está la oficial Marega que viene a investigar un supuesto crimen, en una casa donde sus moradores pasan de sospechosos a aliados de las debilidades de una autoridad que termina sucumbiendo frente a la telaraña montada por una pareja siniestra.

Y como si fuera un sórdido retrato de una sociedad que se parece cada vez más a las historias que cuenta Crónica TV, los victimarios volverán a ser las víctimas que acusarán a los desprevenidos visitantes, hasta convencernos de que el Mal siempre llega desde afuera.

Entonces Enrique, el supuesto pretendiente de Felicitas, un "extraño", alguien que llega en el momento equivocado al lugar equivocado, pasará a ser el depositario de las sospechas del oficial Marega que ya ha encontrado en la casa de Ronaldo y Marga, un sitio de contención para su atribulada vida.

Todo esto contado a la manera de una comedieta de enredos para que el espectador se divierta mientras desfilan frente a sus ojos las imágenes alucinadas de una historia que se parece mucho a los informes policiales que superan con creces a la ficción.

Las familias entonces son el material ideal para el entramado dramático que mixtura violencia, falta de afecto, subversión de los roles tradicionales y un descenso inevitable a las formas más abyectas de la destrucción humana.

La única persona que podría dar cuenta de la metolodogía sangrienta de estos seres, es la hija, pero justamente a la manera de las tragedias griegas, Felicitas ha sido privada de la voz y vaga por el espacio como un ser que destila un misterio impreso en la mirada.

El director Gustavo Mafei incursiona por primera vez en un procedimiento teatral que se ubica en las antípodas de su formación y de sus anteriores propuestas y en ese sentido debuta con un acertado criterio para sobrellevar una difícil tarea que le exige un texto como el de Bonheur.

Una buena selección de actores que se adecuan al pesado ropaje que cargan los personajes de esta obra, es otro de los méritos que respaldan la propuesta de este joven director. Alejandra Codina en el rol de Marga pone toda su experiencia al servicio de una madre que pasa por diferentes registros, con un manejo del humor que la pone por momentos en el centro de la escena, al igual que Rodrigo Frías que le "pone el cuerpo", en todo el sentido de la palabra,a un siniestro padre que maneja los hilos de la intriga.

María Gabriela Bollettini en su rol de la oficial Marega y Enrique Mayd en el papel del atribulado Enrique,trabajan con acierto desde sus máscaras, las dos criaturas que llegan desde el afuera, y Maru Solana se carga con solvencia el difícil rol de la hija muda.

Fuente: Rosario 12

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