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Críticas

19 de diciembre de 2012

El novio de la nena

Federico Aicardi Por: Federico Aicardi

Voy a ser sincero, hace un mes que estoy intentando escribir algo que reúna algunas sensaciones para darle cierre (de una vez por todas) a este último año del universo. Será que ha habido tanta producción y que no es de mi interés hacer un ranking de lo mejor del año porque me parece tan significativo como contarles qué comí ayer. Cada uno sabe qué es lo que más disfrutó y que un ranking no es más que una de esas demostraciones de que cada vez más la gente necesita sentirse poseedora de un “gusto calificado”. Además, si alguien quiere saber sobre qué es lo que más me gustó se puede remitir a las críticas publicadas y listo (para eso están).

Dicho esto, me parece necesario aclararme algunas ideas con respecto al teatro y a los roles que ocupamos. No creo en una escritura pomposa y llena de adjetivos que dificultan la lectura a mi vecino del fondo, sí creo en algo reconocible, de simple lectura y contundente como un plato de polenta con queso. Por eso quiero metaforizar al movimiento teatral como una familia (no en el sentido romántico del término, nada me interesa menos que ese amor que se vende como los caramelos “Alka”, como si fuera un vuelto cuando no tenemos monedas), y a esa familia en una discusión eterna que encuentra distintas generaciones, parientes lejanos, padres adoptivos, hijos rebeldes, primos segundos, parientes medio lelos, etc. Cada uno tiene algo que decir, lo dice y, algunas veces, habla mal del otro a sus espaldas. Pero son familia, son sangre y son celosos.

Una obra es un tema de discusión familiar, es una comida que mamá o papá hizo para un cumpleaños, una fiesta patria o la navidad y tuvo el agrado de invitar a toda la familia, pero el problema está cuando invitan al novio de la nena (en esta historia, el crítico), un pibe que nunca va a llegar a ser familia, lo podemos hacer sentir como tal en algún momento, pero siempre le vamos a recordar que no lo es.

Hoy mamá intentó una receta nueva de la que forma parte toda la familia y pidió exclusivamente que venga el novio de la nena que estudió degustación y ha pasado por cuanto restaurant hay en kilómetros a la redonda. No pararon de recordarle que el viernes tenía que ir a comer y fue. Cuando entró lo hicieron sentar a la mesa y le sirvieron el plato. El novio de la nena comió y dijo que era una exquisitez y la familia lo abrazó, lo besó, le dijo que estaban orgullosos de tenerlo en la familia, lo comentaron en el barrio, con sus parientes lejanos, hasta lo recuerdan en las reuniones.

Unos meses más tarde lo mismo. Esta vez papá hace un asado, el novio de la nena llega, se sienta y le sirven una carne quemada por fuera y viva por dentro. El pibe le dice que esta vez el asado salió mal, y ahí, un maremoto de insultos, de cuestionamientos, de “es fácil decir que el asado está mal cuando nunca te paraste frente a una parrilla”, que “al novio pasado de la nena le gustaba todo lo que se cocinaba en casa” y tantas cosas como se les ocurra, luego, el otro lado la familia, la del novio de la nena, se escandaliza, buscan rectificaciones, y recordamos que los Montesco y los Capuleto somos todos y que esto no tiene solución porque para eso deberíamos ser más maduros y, si lo fuésemos, no necesitaríamos seguir jugando como chicos.

Para cerrar no me queda más que agradecer a todos los actores que actúan, a los directores que dirigen, a los críticos que critican, a los reseñadores que reseñan, a los docentes que forman, a las diferentes propuestas, a las malas, a las buenas (sepan que deben existir cosas malas y buenas, se necesita, porque si todo es bueno, maravilloso y espectacular, lo bueno maravilloso y espectacular deja de tener sentido) y a todos los que de costado, de frente o por arriba el teatro les toca.

Espero que el 2013 sea un mejor año aún y un abrazo para todos.

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