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Críticas

3 de abril de 2014

Fuera de juego

El juego de la silla

Lucia Rodriguez Por: Lucia Rodriguez

Durante el año pasado, como resultado de la clínica de producción y montaje de espectáculos llevada adelante por Romina Mazzadi Arro, se presentó en Espacio Bravo “El juego de la silla”, de Ana Katz.

Con un elenco conformado por Carolina Hall, Lucila Grand, Pedro Moya, Ludmila Zanni, Nadia Bergara y Julieta Ledesma y con dirección de Mazzadi Arro, “El juego de la silla” pone en acción un gran trabajo de equipo en el que cada integrante de la familia Lujine funciona como una parte fundamental de la estructura dramática.

Víctor Lujine, hijo pródigo y hermano mayor, vuelve a su hogar materno por menos de un día luego de cinco años de ausencia. Allí, sus hermanas, su madre y una ex novia que nunca aceptó del todo la separación, lo reciben con una serie de actividades y regalos preparados especialmente para él.

Víctor (Pedro Moya) es agradable, tranquilo y paciente; a pesar de la incomodidad e incomprensión que puede generarle el comportamiento de su familia ante su presencia, procede con calma. Escucha a sus hermanas, contempla los regalos (que van desde coreografías mal bailadas hasta canciones mal cantadas o dibujos poco logrados), hasta trata de interactuar con Silvia, su ex novia (Lucila Grand) quien, prolija y correcta, no deja de observarlo.

Las hermanas (Ludmila Zanni y Nadia Bergara) son las más unidas. Distintas en sus personalidades pero al mismo tiempo encontradas bajo la misma mirada maternal de desaprobación y subestimación; ambas hacen a un lado a la más pequeña (Julieta Ledesma), quien, joven e independiente, logra desarrollar cierta resistencia a la mirada de su madre. Los hermanos menores libres serán.

El abordaje que brinda Mazzadi Arro a El juego de la silla reside en mantener el humor más allá de la tensión y sostener como eje de la historia a la figura materna, quien a través de su mirada réproba es siempre más fuerte que cualquier regla de juego. La verdadera exclusión del juego es definida la por la madre.

La obra de Katz pone el énfasis en la dinámica familiar, inquebrantable con el paso del tiempo. Aquello que subyace a la planificación del festejo (los juegos, las canciones, los bailes) es lo que permanece. La violencia simbólica de la madre hacia las hijas, a quienes condena al fracaso, la devoción a ese hijo que no está y la insistencia en las apariencias de prosperidad es justamente aquello que se torna visible para Víctor.

El juego de la silla es un interesante trabajo sobre la familia y acerca de las huellas que dejan las palabras de los padres en los hijos. Poco importa que esté permitido cambiar de silla, los lugares ya están marcados.

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