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Críticas

25 de octubre de 2015

Tejerina, Rody y las demás

El hijo de Agar

Leonel Giacometto Por: Leonel Giacometto

Rody Bertol es el referente más activo de la escena rosarina de los últimos treinta años. No es poca cosa, teniendo en cuenta lo que se asoma desde lo circundante, hasta lo que se consigue a 400 kilómetros de acá. Fundador del grupo Rosario Imagina, Bertol se mete con un texto de un autor rosarino, cuya producción, entre la luz y sombra, siempre asoma con diferentes visiones de los asuntos que ellas tratan: El hijo de Agar, de José González Castillo.

Por Leonel Giacometto (@giacomettoleo)

Al principio, aunque parezca increíble, hay que asombrarse al juntar dos cuestiones. La primera es que, a cuchillazos, el 23 de febrero de 2003, en San Salvador de Jujuy, Romina Tejerina mataba a su hija recién nacida, en el baño de su propia casa. Que vio la cara del violador al ver la carita de su hija fue una de sus declaraciones. La otra cuestión es que, en 1915, José González Castillo escribía y estrenaba, en ese circuito comercial porteño que ya no existe más, El hijo de Agar, donde una sirvienta no violada mata a su hijo, donde una secretaria de un abogado rico queda embarazada, donde otra aborta por pedido, donde otra aborta porque quiere, donde una mujer desesperada quiere ser madre a toda costa, donde la ley ampara nunca sabemos a quién, donde los varones son figurines de Pedro Quartucci, donde un cura manosea a todos y anuncia la tragedia de Agar, la esclava egipcia madre de todos los judíos, pero desterrada por esclava y prostituta. De esas dos cuestiones, Rody Bertol y el grupo Rosario Imagina, tomándose por ciertas las premisas de compromiso sobre el tema de los derechos del cuerpo de uno y del otro, desde abajo y desde arriba del escenario, pergeñó una versión de El hijo de Agar, del rosarino José González Castillo, que no sólo escudriña en lo anterior, sino que sigue haciendo visible y posible el curso de la trayectoria de un grupo (Rosario Imagina), y de un director (Rody Bertol) cuya estética, de ser amena esa palabra, daría el resultado de lo que se pudo y se puede gestar de una impronta que, ahora, muchos años después, pisa más fuerte sobre los avatares de “lo rosarino”. Este tema no le gusta a nadie. El de Tejerina, tampoco. Por eso, como hizo años atrás con Los invertidos, otra obra potente pero quizás sobrevalorada de José González Castillo; o con el estreno nacional de la extraña obra escrita por Alberto Ure, La familia argentina, Rody Bertol mete el dedo en la llaga de un tema que abre los mares de la moral argentina. La moral en Rosario, como la ciudad, no tiene fundación.

Hay un sistema de luces que siempre están en juego en las puestas de Bertol, donde los colores, aunque saturen, marcan el radio de la frecuencia que él y los actores están pergeñando para nosotros, que, rojos, vemos a los protagonistas de El hijo de Agar entrar y salir por las puertas del teatro “La Manzana”, presos de la angustia que lo comienza a corroer todo. De a poco, muy a poco. Hay un cruce de registros actorales y escénicos en la versión de El hijo de Agar cuyo resultado son abstracciones cruzadas con realismo ajustado, propio de ciertas “actuaciones nacionales”. En ese sentido, la actuación de Juan Nemirovsky demuestra que, concisa o no, hay una actuación nacional que se busca encontrándose en blanco y negro, en los cuerpos de otros grandes actores nacionales. Hoy todos muertos.

Más sobre El hijo de Agar:

https://www.facebook.com/El-hijo-de-Agar-1645149635733586/

http://www.teatroenrosario.com/obras/el-hijo-de-agar.html

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