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Críticas

30 de mayo de 2015

Evitar el destino

El destino de los huesos

Federico Aicardi Por: Federico Aicardi

Para escribir hay que sentarse, no se puede escribir seriamente parado. Nadie que considere con la seriedad que se merece a la escritura puede decir que escribe parado. No es posible, no es serio. La seriedad con la que debe ser tomada la escritura merece tomar asiento para poder así, seriamente, escribir las aventuras del héroe que nunca se sienta. El héroe no escribe porque no se sienta porque en el momento que se siente, nadie va a escribir sobre él ¿Es que a alguien le importa la vida de una persona sentada? ¿La odisea hubiese sido famosa si Ulises se quedaba en su casa? ¿Cuál es el relato de alguien que no hace nada, alguien que ni siquiera espera a Godot?

El destino de los huesos, obra basada en textos de Virgina Ducler y Andrea Fiorino, es todo eso que nunca se nos cruza por la cabeza contar: La historia de una persona que no quiere tener historia. Una mujer que pasa sus días en un sillón acostada odiando con letargo la existencia de los otros. Existencia que confirma la suya propia porque no hay peor cosa para alguien que no quiere existir que el ruido del llanto de un bebé, la humedad de la lluvia o lo intrascendente de un encuentro casual.

¿Cómo representar la historia de alguien que no quiere ser historia? Lo primero que hay que tener para esto es una actriz que pueda llevar adelante la titánica tarea de ser alguien que no quiere ser. Andrea Fiorino es todo, y seguramente alguien va a leer y pensar que soy un pobre escritor, que no tengo recursos para poder describir el trabajo de la actriz y puede que tengan razón pero en El destino de los huesos Andrea Fiorino es todo y todo es un término absoluto, como nada. El trabajo que realiza tira por tierra todo tipo de concepto teatral que podamos tener a priori como que debe haber movimiento, imágenes, cuerpos en acción y bla bla bla. Fiorino es una mujer que no quiere ser. Su mundo, un sillón. Su patria, el orto.

Soberana en su patria, esta mujer que nunca dice su nombre, decide no hacer mientras dice las cosas más oscuras que una persona puede decir. Habla sobre la muerte, las enfermedades, el futuro, el pasado y el presente. Logra que nos riamos de lo que nadie se ríe y que nos callemos cuando nadie se calla. Logra que alguien se pare porque se hace insoportable ver que alguien no quiere existir y en esa tan férrea decisión, nos interpela como seres humanos porque todos (otro término absoluto) nos preguntamos alguna vez si vale la pena levantarse de la cama, si el mundo sigue siendo mundo haga mi trabajo o no entonces por qué debo hacerlo.

“El destino de los huesos es estar acostado” dice el personaje y dan ganas de irse a dormir, de no levantarse nunca más de ese lugar que es tan parecido al vientre materno. El mundo y la vida son hostiles y hay que estar muy convencido de que queremos vivir para salir todos los días a hacer cosas que no tenemos ganas cuando nuestro destino, el de nuestro huesos, es estar acostado. Es por eso que no podemos ver a alguien que esté quieto, que haya decidido quedarse tirado, que haya tomado su vida por las astas y cumplido su destino, el de sus huesos. Es por eso que, aunque sean cuarenta y cinco minutos de ficción, algunas personas necesitan irse de una sala porque les resulta insoportable que alguien represente tan fielmente eso que nos inunda día tras día, esa necesidad de volver al inicio, de cumplir el destino de nuestros huesos.

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