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Críticas

22 de julio de 2013

¿Será por eso que inventamos el amor?

El Amante

Federico Aicardi Por: Federico Aicardi

Siempre me llamó la atención esa compulsión que tenemos a festejar el transcurso de tiempo como un logro. Por cada año que se cumple de “equis” suceso lo festejamos como un logro y si hay algo que no es un logro es el paso del tiempo, es como considerar un logro que una ola rompa en el mar. Imagino que festejamos el tiempo como un suceso porque lo que festejamos es que con lo monótona que es la vida, con lo tediosamente similares que son todos los días, decidimos aún mantenernos vivos, seguimos eligiendo esta vida que a muchos nos trae por año 5 días de disgusto, 3 de plena felicidad y 357 de la nada misma.

El amor y por sobre todo su carácter de eterno es un invento humano. Quien se sepa en pareja por un largo tiempo sabe que el amor es una construcción diaria, que el enamoramiento de Corín Tellado dura las primeras 8 páginas y que el resto de las páginas las vamos escribiendo día a día. El amor no es ciego, menos sordo y nunca mudo.

Es en este contexto en que los personajes de “Una versión de El amante de H. Pinter” llevan a cabo este montaje diario, en una atmósfera de hastío por lo que día a día viven. Algunos deciden por ser swingers y justificar el deseo por el otro, otros deciden tener aventuras paralelas y convencerse de que su pareja no está haciendo lo mismo en el mismo momento, están los que son monógamos casi por militancia y están estos personajes que condensan todo eso en su devenir. Ella y él son marido y mujer, amante y adúltera/o, son todo y nada al mismo tiempo, porque entran y salen de una ficción que no saben cuándo comenzó ni tampoco cómo terminarla. El peligro del juego que plantean estos dos personajes reside allí, en que este juego puede llegar a transformarse en eso que los llevó a crearlo, en rutina. Cuando el antídoto es la enfermedad sólo nos queda estar enfermos.

Si bien no se trata de una obra que habla sobre el teatro, “El amante” es puramente metateatral. Federico Tomé realza este punto de juego escenificado de esta vida conyugal ya desde la puesta en escena, donde la casa de estos personajes es un pequeño escenario donde los personajes que montan los personajes llevan a cabo esta comedia de enredos en la que han transformado su vida. Y ahí pelean y discuten y se aman y se esconden de ellos mismos, tratan de no ser descubiertos por ese otro que no es más que uno mismo con otra ropa y actitud. En este aspecto es imposible no destacar el trabajo que Matías Martínez (trabajo que, por momentos, nos lleva a mirarlo sólo a él) realiza construyendo un amante/esposo que en momentos parece confundir hasta a su mismo personaje. Lo que logra Martínez es ese punto troncal de “El amante”: ¿Dónde empiezo yo y donde termina el amante? Imposible determinarlo ya que ambos somos yo.

Es así, al amor hay que saberlo defender, es de las estructuras más débiles que existen en esta actualidad cínica, atacado por el hartazgo y el hastío, banalizado por el exceso de verbalización, confundido con el fanatismo. Puede que esta empresa parezca imposible, puede que sea mucho más simple ser “el amante” que el esposo, puede que sea antinatural el amor, que sea un invento capitalista para sostener las grandes fortunas en pocas manos pero algo hay ahí detrás que siempre nos empuja a convencernos de que eso no es así, que hasta seríamos el amante con el que nos engaña nuestra esposa para seguir construyendo esto y porque si nos gana el hartazgo, nos gana el hastío, nos vence el cinismo, no queda mucho por lo que levantarse a la mañana. ¿Será por eso que inventamos el amor?

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