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Críticas

3 de septiembre de 2013

Butacas vacías

Eclipse de ánimo

Federico Aicardi Por: Federico Aicardi

Hace tiempo que trato de dilucidar qué es el actor, no quién, sino qué porque al actor es algo, es plausible de análisis, es un ser que se entiende como complejo pero que, con un poco de esfuerzo, se evidencia simple. Es un carente, hay algo que le falta, necesita algo que encuentra en el escenario pero por sobre todo en la mirada del otro, de un otro que apruebe lo que está haciendo. El juego es su objetivo, lo lúdico, lo infantil y muchas veces reacciona como un infante cuando no se aprueba lo que hace, se enoja, patalea. Al actor hay que mimarlo una y otra vez, cada vez que pisa un escenario espera que lo aplaudan por lo que hizo, una vez terminada la función, la carencia aparece nuevamente, la falta se presenta, el actor vuelve a buscar esa aprobación, necesita seguir actuando, necesita seguir sintiéndose querido, necesita el aplauso.

Pero como toda apuesta, como toda exhibición de algo, puede que salga mal. El actor se enfrenta con el riesgo de no ser aprobado, con la posibilidad de que esa carencia que necesita ser aplacada no encuentre otro que la mitigue y en ese momento, en ese instante en que la sala está vacía, el actor vuelve a ser un huérfano, su corazón se parte en tantos pedazos como lágrimas encuentre, la realidad se hizo presente con toda su fuerza, con toda su inclemencia, el actor pasa a ser uno más, un ser humano más, nada en especial.

“Eclipse de ánimo”, obra escrita por Alejandra Codina y Darío Castañeda, es una experiencia difícil de criticar, ya no hablo de una obra sino de experiencia, porque lo que a este humilde periodista le pasó mientras la miraba solamente lo puede describir en términos de sensaciones que excedieron lo puramente teatral. En la sala éramos cinco espectadores más la directora y el actor, el espectáculo comienza y estoy sentado solo en la primera fila, no hay nada más sobrecogedor para el público que la soledad de una butaca, que nuestros que deben ser anónimos se transformen en lugares más reconocibles que el del actor. Somos culpables de que este ser carente se sienta con más carencia al ingresar al único sitio que le da felicidad, somos pocos y hoy tenemos caras.

Hay algo extraño en el trabajo de Codina y Castañeda, algo que parece que necesita poco público, el actor increpa a la audiencia del fracaso de su trabajo, muestra lo que es un actor que no ha conseguido ser querido, nos devuelve las miserias que tenemos como público y esto se agiganta en una función que tuvo cinco espectadores. No tuve como público la posibilidad de esconder mi incomodidad, no pude ser anónimo, no había lugar para serlo porque, paradójicamente lo que sobraba era eso, lugar.

Puede que no estuviese escribiendo esto si hubiésemos sido sesenta espectadores, puede que me hubiese puesto a escribir sobre los tecnicismos que me agradaron y sobre los que sentí que no me transmitían nada pero no puedo. Me preguntó qué es lo que llena salas y qué es lo que las vacía, me siento a pensar qué es lo que sucedió para que “Eclipse de ánimo” tenga una función de 5 espectadores y otras obras se den el lujo de escribir “a pedido del público”.

Me quedó la conclusión de que para que exista una sala llena debe existir una sala vacía, que para que exista un actor feliz, debe existir uno triste y que para que un público sea anónimo, otro debe ser reconocible.

Ese sábado me fui de “Eclipse de ánimo” con la sensación de que el actor sabía quién había ido a verlo y quién fue el culpable de arrancarle la posibilidad de ser feliz.

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