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Críticas

27 de septiembre de 2013

Donde las piedras vuelan

Lucia Rodriguez Por: Lucia Rodriguez

“El burro adelante para que no se espante.

Todo eso

y unas ganas de refugiarse en el nosotros.

Es decir, los otros y uno (…)

Y el burro sigue espantado

pero siempre adelante!”

Ricardo Zelarayán, Sin tregua

Simone escribe, quiere encontrar en la poesía, una forma de expresar lo que está viviendo. En algo de lo que ve tiene que haber belleza. En estar perdido, lejos de casa, en un desierto que sólo tiene arena y calor para dar.

Sin embargo, ella no se rinde: escribe y busca en las palabras. Simone (encarnada por Noemí Asenjo) se encuentra atascada en un desierto sin saber hacia dónde ir, ni cómo arreglar su particular medio de transporte; se presenta como un personaje fuerte y autosuficiente, una mujer independiente que no tiene problemas en viajar sola.

De su historia sólo sabemos lo que su forma de hablar y sus ropas nos pueden contar de ella: que proviene de una familia adinerada vinculada al campo, con todo a su disposición. No es el caso de su co-piloto, un hombre (Mauro Carreras) que aparece en el medio del desierto y ofrece su ayuda a Simone.

Desde el momento de su encuentro, los personajes van estar atravesados por el viaje como vínculo unificador. Dos personas sin historias moviéndose como una sola, sin tener un claro rumbo ni saber bien por qué continuar; pero siempre hacia adelante.

Donde las piedras vuelan es una bella y candorosa historia escrita por sus protagonistas junto con Victoria Madariaga, también vestuarista, y directora de la obra. La puesta en escena, naif y lúdica, estuvo a cargo de Huella Laetoli, quien logra con pocos elementos (un fondo ilustrado de un desierto y un sidecar) un espacio ideal para que la historia transcurra.

No hay nada más que el otro, aquel que acompaña y ayuda a resistir. En un viaje que podría suceder tanto en un desierto como en un ascensor, Donde las piedras vuelan busca hablar de la soledad, de los encuentros, del desarraigo. La arena es lo que se nos va de las manos y nos deja solos, y la hay a montones.

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