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Críticas

2 de agosto de 2013

En medio de la arena, arena, arena

Donde las piedras vuelan

Anahí Lovato Por: Anahí Lovato

Cuenta la leyenda que cierto dramaturgo se sinceró una vez y desnudó sus técnicas para tentar a la crítica.

Explicó entonces que en los anuncios de sus obras -o bien, en los propios textos de la historia- deslizaba, como quien no quiere la cosa, una referencia a algún filósofo, pensador, artista, libro u obra consagrada. Lo hacía como encarnando un anzuelo, con la esperanza de que algún pez gordo picara y, entonces, los críticos tuvieran letra para escribir extraordinarias argumentaciones comparativas entre la pieza teatral y el pensamiento del ilustre autor en cuestión.

A sabiendas de esta estratagema, pienso morder el anzuelo, aunque exceptuando lo extraordinario.

Si he de hablar de "Donde las piedras vuelan", he de mencionar entonces a El Principito y a Antoine de Saint-Exupéry. Bien se han encargado Victoria Madariaga, Noemi Asenjo y Mauro Carreras, los autores de la historia, de sembrarme el camino de migajas de pan para que yo avanzara muy alegremente hacia la cueva de la bruja.

Diré entonces que la obra estrenada el pasado sábado en el CET (San Juan 842) es el resultado de una cadena semiótica que se recicla. Don Antoine se estrelló en el desierto del Sahara y se perdió allí el tiempo suficiente como para componer al narrador de El Principito y su circunstancia. El desierto del aviador, la sorpresiva aparición del Principito y la historia del reconocimiento mutuo son, después, la piedra angular de la obra que protagonizan Noemi Asenjo y Mauro Carreras.

Puede que sea una bendición eso de encontrarse un compañero de aventuras en medio de tanta arena, arena, arena. En mitad del desierto, sobran tiempo y espacio para conocerse enteros. Desde cualquier punto del globo, cada uno transporta, inevitablemente, su condición de existencia.

Sudando la gota gorda bajo el sol, mientras procuran ir para adelante -siempre, hacia adelante- en este viaje, ¿quién se dejará domesticar? La vida en el desierto está llena de sol, es cierto. Pero, si tú me domesticas, la vida estará llena de sol, dice el zorro.

Es probable que con tanto sol -y con tanta sed- la compañía en el desierto no sea más que el propio desdoblamiento del yo de la protagonista. Y, entonces, la encontremos transportando y hablando con sus propios fantasmas o su misma sombra. Puede. ¿O acaso no puede una mujer viajar sola?

Lo concreto es que, con pocos elementos, el periplo entre los médanos de esta historia se resuelve muy bien en su escenografía. Y que la obra puede hacer reír y entretener por un instante a cualquier persona sensata.

¿Qué es una persona sensata? Pues, simplemente, una persona que, al ver el dibujo número 1, no ve allí un simple sombrero.

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