TeatroEnRosario.com
 

Críticas

22 de agosto de 2012

Un crimen histórico y la huella poética de su teatralidad

Christine y Lea Papin

Julio Cejas Por: Julio Cejas

El teatro es un campo de experimentación siempre permeable a las cargas explosivas que detonan ciertos episodios tan humanos como bestiales, hay algo de lo íntimo que se quiebra en la escena del crimen, puertas adentro de las familias más recatadas, de las sociedades más circunspectas, anida el fantasma de lo siniestro que a veces suele deambular sin ojos por los rincones.

Casos como el de las hermanas Papin, empleadas-modelo de la familia Lancelín que un día lejano de aquella Francia de entreguerras; deciden acabar con la obsesiva mirada de su empleadora y su hija, cometiendo uno de esos crímenes que siguen dando tela para cortar por su ribetes impredecibles.

La ciencia y el arte se disputaron algunas interpretaciones: el célebre Jacques Lacan, las tomó como ejemplo de sus estudios de paranoia femenina; el cine trató el tema en films como “La ceremonia” de Chabrol o “Las heridas asesinas” de Jean-Pierre Denis; pero el teatro sería el que las inmortalizaría a través de un texto que siempre retorna: “Las criadas” escrita en 1947 por el perturbador dramaturgo francés Jean Genet.

Pero otra es la búsqueda que se propone el director Hugo Cardozo y su grupo La Estación con “Christine y Lea Papin”, estrenada en junio de este año y que debido a la buena respuesta de público; volvió a la cartelera de El rayo (Salta 2991) todos los sábados a las 22 horas.

El nombre de las dos hermanas titula esta versión, enmarcando desde lo ideológico una búsqueda estética que al decir del propio director, da prioridad a lo que acontece: “la palabra va a cobrar un valor poético a través de esos sucesos dramáticos”

La historia real y sus distintas interpretaciones serán sólo uno de los componentes del complejo arsenal de texturas poéticas con las cuales se nutrirá un recorrido que tiene a cuatro actrices como oficiantes de un ritual oscuro en el que se enfrentarán dos grupos bastante diferenciados.

La Señora y la hija que conforman casi un mismo cuerpo donde se funden los registros actorales de Estela Arguello y Pochi Gotri y las protagonistas que le dan nombre a la obra: Christine y Lea, fantasmales servidoras en la piel de Lorena Salvaggio y Laura Wulfson.

El espectador ingresará a un espacio donde el juego dramático fijó las convenciones que rigen un territorio donde habitan esas cuatro mujeres: dos cuerpos femeninos enfundados en blancos camisones, realizando un extraño y perturbador ritual sobre una cama, nos reciben.

La luz se irá intensificando sobre los cuerpos, algo entre excitante y oscuro se apodera del espacio, después descubriremos a esas dos mujeres que se están preparando para enfrentarse con otro ritual: el de la sangre, pero también son estas dos actrices que se preparan para armar la primera escena.

Las alfombras delimitan las habitaciones pero a la vez forman como puentes entre los propios personajes, como carreteras que conectan los movimientos de avances, retrocesos, deslizamientos.

Las actrices parecieran desplazarse por esos corredores que delimitan sus pasos y las acciones a seguir: la Señora se desliza cual Reina que ordena a sus vasallos, mientras Christine la sigue, cepillando la alfombra por la que acaba de pasar.

Los efectos sonoros y la planta de luces recrean un clima onírico con cierta atmósfera de cine de terror: las campanadas que marcan la llegada de las dueñas de casa, el persistente teclear de la máquina de escribir accionada por la hija, frente al cual Christine comienza a contar su historia como en un interrogatorio policial.

Los objetos escénicos pasan a intermediar entre las acciones de las actrices y arman el soporte necesario para la aparición de un texto que se articula a partir de estos estímulos.

Así como el espacio dramático ocupa un lugar más cercano a la instalación plástica que al de la representación clásica del realismo, el texto también no pertenece a un autor a la manera tradicional, sino que existen varios autores o es una polifonía de voces, seleccionados de acuerdo a las necesidades de la experimentación.

La casa está perdida en unos ojos que nunca más veré.

La casa es una pérdida constante

La casa laberinto de ojos, paredes que viven mirándonos

(“El lugar del principio” de Enrique Molina (1910-1997)

El sueño va sobre el tiempo

Flotando como un velero

Nadie puede abrir semillas

En el corazón del sueño

(“Así que pasen cinco años”, de Federico García Lorca)

El texto es un entramado de fragmentos poéticos donde la historia real de las hermanas sirve como hilo conductor o hilván para asegurar el cruce con otros materiales literarios que activen el recorrido actoral, según el método de construcción e improvisación adoptado por la dirección, siguiendo la técnica de trabajo del actor, director y docente teatral porteño, Pompeyo Audivert: “La Máquina de Improvisar”.

Cuatro mujeres se desplazarán por una casa que según las criadas es un “laberinto de ojos”, una casa construida casi a la manera de un panóptico, con “paredes que viven mirándonos”, un lugar donde se confirmaría aquel famoso dicho: “el ojo del amo, engorda el ganado”.

Desde ese lugar la mirada de las actrices, la expresividad de esos ojos que parecieran dirigir sus pasos, vuelven una y otra vez ahora derramándose sobre esos otros ojos que escudriñan la escena, los ojos de los espectadores que parecieran mirar desde otro sector de la casa.

Esa sensación lograda por la puesta en escena que nos introduce en un sitio donde un corte de luz preanuncia la hora señalada en que esos ojos vigilantes dejarán de rondar en los rincones, cegados para siempre por las manos de las “criadas modelos”.

Como una confesión, como un interrogatorio policial, la máquina de escribir interroga a Christine y ésta cuenta su historia, sus orígenes; Lea también aporta lo suyo, subrayando que en esa casa fueron bien

alimentadas y bien tratadas, y abruptamente, comienza el relato minucioso del crimen ,con la precisión con la que antes Christine explicaba a su hermana la forma de despedazar un conejo para la cena.

El supuesto papel donde se escribe esta declaración pasa a convertirse de pronto en el guión del discurso que la Señora deberá pronunciar en las acostumbradas reuniones de la Fundación; donde ellas son “administradoras de los bienes del Señor”.

Los cruces con algunos textos poéticos de García Lorca nos remiten al universo cerrado de “La casa de Bernarda Alba”, otro espacio de clausura, donde la muerte se prepara como otro ritual a espaldas de los ojos de la dueña de casa.

Cardozo administra sus materiales, dosificando la escena a partir de una concepción estética que no descuida los detalles del vestuario y la escenografía; todo al servicio de un espectáculo donde lo actoral está en primer plano y dentro de esos logros cabe destacar el registro poético alcanzado por la dupla integrada por Lorena Salvaggio y Laura Wulfson.

“Son sirvientas modelo, con la cabeza gacha responden a todo¡qué mas se puede pedir !”- dice la Señora, al mejor estilo de aquella emblemática Bernarda, sin saber que algún día, las cabezas de sus criadas se levantarían para mirarla a sus ojos por última vez.

Archivo

<<
>>