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Críticas

30 de marzo de 2016

La historia que nos debemos

Carne de juguete

Anahí Lovato Por: Anahí Lovato

Fue la primera vez que escuché al público llorar en el teatro. Llorar a lágrima viva, sin avergonzarse. Sonoramente compungidos. Como si desanudaran una parte de su historia. Un día después leí en Facebook que alguien decía que el teatro obliga a la gente a mirarse a los ojos. Tal vez allí resida la respuesta para tanto llanto desbocado cuando corrían los últimos minutos de Carne de juguete, el sábado a la noche en el Teatro del Rayo (Salta 2991).

Quizás a muchos de nosotros se nos hayan quedado las heridas y los recuerdos guardados, empolvados, adormecidos y apilados entre las cajas desordenadas de un galpón. Por un olvido lleno de memoria, pero por un olvido al fin. Un olvido colectivo. ¿Un mecanismo de defensa?

Esta obra de Gustavo Guirado desempolva tragedias. Las pone en movimiento, de sopetón, sin pedir permiso. Como las cajas, los viejos dolores inician un andar autónomo, incontrolable, desbordante. Y entonces sobreviene el llanto. A veces, la risa. Y siempre la sorpresa, el shock.

En Carne de juguete, la articulación del texto teatral y poético es extraordinario. Hace pliegues en el tiempo histórico. Hace estallar las cronologías, pero también las geografías. Porque a pesar de estar siempre encerrados en el galpón, nadie está allí, necesariamente encerrado. Estamos en las islas, en las trincheras, en la rompiente del mar helado. En el parque de los primeros besos. En las fiestas de beneficencia. En las tumbas y en los memoriales. Incluso pisando las minas. Y eso es posible sólo porque aprendemos a poner el cuerpo.

Técnicamente, son los actores quienes lo hacen. Es cierto. Claudia Schujman, Roberto Stabile, Federico De Battista y Yanina Mennelli. Algunos están vivos, otros están muertos. Aunque todos pertenecen al reino de los vivos, porque los muertos argentinos nunca se van. Los llevamos a cuesta. Permanecen. Están. Conviven con nosotros en todos los escenarios.

Los actores, en cambio, hacen un intento desesperado por ordenar aquello que -todos sabemos, todos sabíamos- nunca podrá quedar en orden. Son ellos quienes hacen corpóreas las heridas mientras nosotros dejamos que vuelvan a doler. En el acontecer de este relato teatral, nuestro cuerpo también es carne de juguete, carne dispuesta a dejarse magullar.

En el galpón de los muertos vivos y de los vivos muertos, entre tanta caja, zapato, ceniza y desnudez, hay cosas podridas. Hay galletitas podridas. Hay titulares podridos. Hay frases agrias. Hay un montón de delicias que estamos obligados a degustar. A desgarrar con los colmillos. A volver a tragar y escupir. Hay una historia que nos debemos volver a atravesar.

Carne de juguete es la cotidianeidad de la guerra que no se cesa. Es la guerra que nunca acabamos de perder. Es la guerra donde tiene su Topo Gigio, sus recitales y sus amores inconclusos nuestro soldado desconocido.

El próximo sábado es 2 de abril. Es tiempo de mirarnos a los ojos.

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