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Críticas

16 de julio de 2015

La tumba del Topo Gigio

Carne de Juguete

Leonel Giacometto Por: Leonel Giacometto

Estrenada en Rosario el pasado 8 de julio, en el segundo subsuelo de la renovada y luminosa Sala Provincial Lavardén (Plataforma Lavardén), “Carne de juguete” viene a demostrar, otra vez, la real impronta que genera -desde lo actoral- la creación colectiva, tan teatralmente arraigada en territorio santafesino. El director Gustavo Guirado (“La temperatura”, “La quema”, “Medea”, entre otras) trabaja con una circunstancia histórica (Malvinas) que, como la creación colectiva misma, “ve la esquina, pero no dobla”.

De lo que se quejan los muertos es de su extrema lucidez; los vivos, errantes aun más que los otros, lo hacen de ingravidez. Sólo en un espacio donde lo solemne haya sido erradicado, sólo en cuerpos que no prejuzguen sentimentalmente la cuestión, sólo ahí es donde los planteos teatrales dan cierta (y posible) cuenta de la vida histórica del país donde se genera. Carne de juguete va hacia la desacralización de un tema cuya cuestión, hoy por hoy, además de herir, incomoda: la Guerra de Malvinas, la guerra en sí misma, los protagonistas y todos sus derivados humanos hasta llegar, hoy, otra vez, a la visión de aquello sin las máscaras formales de un luto estirado. “Ya sabemos que están muertos, ya sabemos que estamos muertos”, dice una canción. No es de los vivos que habla Carne de juguete, sino de la insolvente injusticia que preserva vivos a los otros, y de cómo la muerte cruel puede probar otros registros escénicos.

Maltratada y abusada, la palabra “limbo” es el teatro donde sucede Carne de juguete. Es una construcción particular del teatro de Gustavo Guirado, con el vector orgánico del cuerpo humano vivo como gestor de teatro, cuyos personajes deambulan en parajes tan ciertos como inciertos, extrañados por cierto embrujo alocado en la actuación, con una leve obsesión por la vista de los procedimientos, con toques inquietantemente infantiles en su tratamiento, con una circularidad no tan del todo clara en su repetición pero sí en su sentido, el teatro de Guirado no gira, sino que deambula en si mismo dando, gracias a la acción de la repetición y la astucia de la dirección, la dramaturgia escénica que vibra con el ritmo del limbo, de donde no hay escapatoria para los personajes. En Carne de juguete, ese limbo extrañado es un galpón. En ese galpón hay un padre viudo y huérfano de hijo (Roberto Stábile); y una mujer cuarentona (Yanina Mennelli), que dice haber sido la primera novia del muerto que deambula por el galpón (Federico De Battista), junto con su madre (Claudia Schujman). El muerto es un soldado, pero en la acepción de “soldadito”. La madre, muerta, vive desnuda y frotándose por ahí, entre los cartones y las paredes. Los vivos miramos.

En Carne de juguete, los muertos están entre los vivos, que no cesan de juntar, embalar y amontonar cajas con cosas inútiles, cosas en desuso, cosas de la época en que sucedió la Guerra de Malvinas, en 1982. Todo lo que hacen los vivos es tan mecánico y desganado que los muertos, histéricos de una pacífica rabia, no cesan de moverse, andar, hablar y hasta calentarse. Los muertos andan calientes en nuestro país. Y se frotan en cualquier lado. Hasta no saber si es ardor o desgarro el balanceo corporal, los muertos se frotan. Como si la muerte no fuera una probable terminal, sino una difusa confusión carnal. No hay cuerpo que tocar que ya los gusanos no hayan comido, ni cuerpo que tocar cuando este ha sido cremado. Sin embargo, los muertos sienten, opinan la desgracia de estar vivos aquellos a los que dejaron. Mientras tanto, lo vivos balbucean, lloran o, cuando ya no hay más nada que decir, cantan. La novia del soldadito canta Let it be, de The Beatles, al tiempo que la madre muerta pareciera danzar, desnuda, encerrada en una caja de embalaje. Pero no, su paso es errante en el limbo que le tocó estar en la escena. El padre, que está vivo, parece muerto. Como tantos padres. Y el soldadito, en realidad, se lamenta de tantas cosas inútiles como lícitas: en lugar de preguntarse dónde está su cuerpo, si fue comido por un Gurka, si lo tiraron al agua, si está en tierra su cuerpo, el soldadito se pregunta por su virginidad, por los olores que no retuvo, por sus juguetes de infancia, pequeños destellos latentes de vida que, seguramente, han de quedarnos cuando ya no estemos acá. Se entera de la muerte de Luis Alberto Spinetta y que Graciela Alfano está viva, aun. Pregunta por los juguetes, varias veces. Se frota y se frota. Grita, aúlla, tiene raptos en los cuales está en las miserables trincheras, en 1982, cuando estaba vivo, muerto de frío y de hambre, haciéndose una paja colectiva para calentarse del helado momento del que nadie podía dar explicación alguna. Sin embargo, muertos por fuera pero vivos, todos los soldaditos estaban ahí. Como el soldadito muerto de Carne de juguete, que nunca supo del todo si quería o no quería ir a la guerra, que no era cuestión aquella, que al reírse el soldadito parecía más jetón de lo que era, y que ahí, muerto, la mueca de su sonrisa carcome la inquietud táctil de una obra que al final, porque a fin de cuentas la vida opera en un instante, devela un misterio ancestral sobre los juguetes.

Ficha técnico-artística

Título: Carne de juguete

Actúan: Claudia Schujman, Roberto Stábile, Federico De Battista y Yanina Mennelli

Construcción de juguetes: Alfredo Godoy Wilson

Dirección de arte: Mauro Guzmán

Fotografías y diseño gráfico: Sofá Studio

Producción: Teatro en Rosario

Dramaturgia y dirección: Gustavo Guirado

Nota publicada en la Revista Mateo de la Asociación Argentina de investigación y crítica teatral Aincrit - http://leemateo.com.ar/?p=915

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