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Críticas

25 de octubre de 2010

Pequeñas enemigas íntimas

Baby Jane

Miguel Passarini Por: Miguel Passarini

CRÍTICA TEATRO

Con “Baby Jane”, donde se destacan el riesgo y la emoción a través de impecables actuaciones, el grupo Hijos de Roche vuelve a posicionarse entre lo más interesante de la escena independiente rosarina

BABY JANE

Dramaturgia y dirección: Romina Mazzadi Arro

Actúan: Paula García Jurado, Elisabet Cunsolo

Sala: Espacio Bravo, Pasco 1714, sábados a

las 22, sólo por reservas llamando al 155-876600, entradas limitadas

Por Miguel Passarini (nota publicada en El Ciudadano & la gente en su edición en papel del martes 26 de octubre )

Una extraña tensión se desata en medio de lo que a primera vista parece el living de una casa de los años 50 donde conviven dos hermanas. Aunque lo que sucede luego trasciende el tiempo y el espacio: pequeños datos de esa “realidad de ficción”, que se sustenta en otra ficción por muchos conocida, pondrán esa tensión del comienzo al borde del abismo, cuando el pasado vuelva al presente, como los fantasmas en las tragedias, para contar lo que pasó en otro momento y cambió el destino de estas dos mujeres, en ciernes, “enemigas íntimas”.

Hijos de Roche, grupo creado hace poco más de una década por la dramaturga, directora y docente Romina Mazzadi Arro, ofrece en Baby Jane, su último espectáculo, un singular homenaje al mundo del cine pero desde los recursos del teatro, valiéndose de la actuación como único lenguaje, y desde una estrategia formal en la que brillan los diálogos sustentados en la crueldad con una cuota interesante de humor negro, una marca que ha caracterizado a la fecha todo el trabajo del grupo, que comenzó en 1999 con el recordado Como si no pasara nada y que tiene en el haber trabajos tan interesantes y diferentes como Hasta la exageración o Insoportable (el término de un largo día), este último, nuevamente en cartel, los viernes en La Manzana.

De este modo, aunque las referencias al legendario film ¿Qué fue de Baby Jane?, un clásico del mejor cine de Hollywood rodado en blanco y negro, en 1962, por Robert Aldrich, y protagonizado Bette Davis y Joan Crawford, están presentes (cientos de historias se tejieron en torno a la conflictiva relación en la vida real entre ambas actrices), la propuesta adquiere real dimensión en el contrapunto que establecen las protagonistas de la puesta teatral, las estupendas Paula García Jurado y Elisabet Cunsolo.

En el juego de opuestos que puso a funcionar la directora a partir de los ensayos, quizás también se perciba un homenaje a lo que el propio Aldrich, siempre dispuesto a la experimentación, hizo en su momento con aquellas otras dos mujeres que, a diferencia de éstas, no pasaban precisamente por el mejor momento de sus carreras. La directora supo explotar las arbitrariedades y rivalidades de las que se vale el discurso de cada una, en un jugoso duelo de palabras, terribles y dolorosas, que llevan a pensar que el axioma que sostiene que “del odio al amor hay un sólo paso”, es verdadero.

Por un lado está Blanche (García Jurado), la otrora niña sombría que no consiguió el cariño que esperaba de su padre y que con el tiempo se convirtió en actriz. Blanche repasa día tras día los recortes amarillos de los diarios en los que hablaron de su talento como si eso la acercara a un momento en el que la felicidad pudo haber cambiado lo que la vida le deparó: un terrible accidente que la dejó postrada. Junto a ella, soporta su no menos desafortunado destino la caprichosa Jane (Cunsolo), quien vio cómo su fugaz triunfo en el mundo de la canción infantil se desvanecía casi al mismo tiempo que su hermana salía de las sombras, se paraba debajo los reflectores de los set de cine y sorprendía con su talento, algo de lo que ella carece.

En el trabajo de Hijos de Roche están condesadas problemáticas ya desarrolladas por el grupo como la relación sometedor-sometido y la polifonía de diálogos que juegan entre lo hilarante y lo absurdo (incluso con el idioma), aunque aquí la estética realista colabora para sustentar una impronta inusual, que se vale del talento y la entrega física de ambas actrices, a todas luces en sus mejores desempeños vistos hasta la fecha. Sucede que Cunsolo imprime su particular virtud para desarrollar “pequeños monstruos”, mientras que García Jurado sostiene el padecimiento de la pobre Blanche con un trabajoso (agotador) desempeño corporal, mucho más arriesgado que si se hubiese empleado, como en el film, una silla de ruedas.

Pero hay algo más interesante aún: independientemente del probado talento de las dos intérpretes, se revela como un gran acierto el criterio de puesta en escena. Por no tratarse de un espacio convencional, Mazzadi Arro aprovechó de un modo original la casa donde se presenta la obra cada sábado: Espacio Bravo, sala de ensayos utilizada por la directora para dar sus talleres, donde el espectáculo sólo puede ser visto por una veintena de personas por función. Aquí el espacio escénico, que es determinante, está circundado por el resto de la arquitectura, con su escalera (se trata de una planta alta), puertas y ventanas, una instancia que articula la propuesta rompiendo con todo planteo canónico. Es así que el espectador, como un voyeur, se ubica dentro de esa casa-escenario-set en un lugar fijo, pero convive y respira el mismo aire que las desdichadas hermanas. De este modo, el encierro o la salida, el posible contacto con el afuera (la escalera, el balcón), los pedidos de auxilio a través del teléfono, la violencia, y hasta aquello que no se ve porque sucede en una extra escena (extraordinario el momento musical de la “pequeña” Jane), son los aportes más contundentes de este trabajo que vuelve a posicionar a Hijos de Roche entre los grupos más notables, arriesgados y creativos de la escena rosarina.

La puesta se apoya también en el vestuario, una creación de Andrea Iuculano, y en la realización escenográfica de Franco Pisano, variantes de una puesta en escena que vuelve a poner en primer plano, en este caso desde la introspección, problemáticas del mundo del espectáculo tan presentes hoy como la importancia del éxito o el fracaso y sus consecuencias en quienes lo disfrutan o padecen, del mismo modo que lo horroroso del encierro, el olvido de aquellos que algunas vez tuvieron su momento de gloria y el costado más espantoso al que puede llevar la competencia, sobre todo si aquél con quien se compite lleva la misma sangre.

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