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Críticas

6 de octubre de 2012

Tras las huellas del "Cachilo dormido"...

Aire Puro (en el viento)

Julio Cejas Por: Julio Cejas

Me ha tocado más de una vez toparme con Cachilo por esas calles en las que transitaba y más de una vez me sorprendí con los sonidos de su voz ronca, sonando debajo de un montón de cobijas viejas que acertaba a instalar en el cruce de las peatonales Córdoba y San Martín.

Escribía en ese momento para la emblemática Revista Risario, que fue uno de los primeros medios que se encargó en registrar las andanzas de aquel “poeta de los muros”, como más tarde lo inmortalizaría el director Mario Piazza en su recordada película.

El teatro local tenía una deuda con este personaje sobre el que se tejían las más variadas historias, parece ser que el actor y director Severo Callaci, un escudriñador de la realidad, desde una historia más reciente; llegó para saldar esta vieja cuenta y le pagó un vino teatral a Cachilo; con su “Aire puro” (en el viento).

La obra interpretada por el actor Lautaro Lamas se estrenó en setiembre de este año en el Teatro del Rayo y se puede ver ahora todos los domingos de octubre a las 20.30 horas en el Teatro La Manzana (San Juan 1950).

Pocas son las veces en que un actor más allá de la técnica y sus registros propios de actuación, nos sorprende por una construcción poética que se conecta con episodios vividos y que reaparecen en nuestro imaginario como si ese actor hubiera estado participando de las mismas vivencias.

La voz de Lamas apareciendo de la nada debajo de un montículo de trapos viejos en esa primera escena, me devolvía sorprendentemente, los mismos tonos de aquella voz aguardentosa que hace años provenía de aquel “Cachilo dormido” que comenzaba a regurgitar en sueños el texto de algún nuevo grafiti.

Después viene todo lo demás, esa historia de “sabiondos y suicidas” que se dispara a partir de ese viaje imaginario que el director nos invita a recorrer a partir de asociar la vida de los héroes míticos y sus viajes imaginarios con la de aquellos seres marginales que terminan construyendo otros mitos a partir de otros viajes reales por calles más conocidas.

Pienso entonces que a Cachilo se le habría ocurrido una historia como esta, donde su verdadero nombre era Dionisio Luna y que como él había trabajado en el Correo y después de un desencanto amoroso se decidió a romper amarras para siempre con el protocolo y el ceremonial de un hogar como Dios manda.

Y así fue que le gustó adoptar ese nombre que tiene que ver con un Dios tan irreverente al que le gusta el vino y el desenfreno y se embriaga recordando de paso que es el dios del teatro, pero que es además, integrante de la familia Luna, y sus hermanos son nada menos que Zeus, Apolo; Poseidón y la “chiquita” Afrodita.

Dionisio Luna un buen día decidió emprender viaje y se subió al mástil mayor de su umbral para ver cómo se veía el mundo del otro lado y allí se emparentó con Don Quijote, transitando tierras de otras “manchas”, enfundado en los harapos de un “Caballero de la triste figura”, más contemporáneo pero no menos quijotesco.

“Un buen día me hice un vago. Así como lo oyen. No sé cuándo empezó pero aquí me tienen, tumbado a un costado del camino esperando que pase un camión y me lleve a cualquier parte.”-así comienza “El último” de Haroldo Conti, texto en el que Callaci abrevó para armar una dramaturgia que se completa con la lectura de “El Héroe de las mil caras” de Joseph Campbells, que aporta los tema del viaje del héroe y sus distintas motivaciones.

Con tan pocos objetos en escena,”Aire puro (en el viento) nos invita a reconstruir nuestros propios espacios por los cuales a veces también transitamos por las calles de nuestra ciudad como insomnes linyeras en busca de comprensión, y allí nos topamos con los Dionisio Luna o los Cachilo siempre dispuestos a compartir su vino.

El actor y director Severo Callaci aporta su concepción estético-ideológica ya demostrada no sólo en “La huella de los pájaros” sino en su participación como actor en la reciente “La canción del camino viejo”, apostando por la resignificación de un teatro popular con alto contenido poético.

Un trabajo que se inscribe en la línea de reivindicación del papel del teatro como herramienta de recuperación de la memoria y de personajes cotidianos que “no tienen quien les escriba”, un teatro que se ocupa de la marginalidad, lejos de las dramaturgias que vuelven una y otra vez, sobre las problemáticas de la clase media y sus familias disfuncionales.

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