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Críticas

20 de noviembre de 2015

Un ensayo de sentido

Agua de aljibe

Anahí Lovato Por: Anahí Lovato

El texto de Agua de aljibe es poético. Intensamente poético, en un registro que queda muy lejos de nuestro hablar (y de nuestro pensar) mundano, cotidiano, más trivial, menos profundo. Resuena en el hueco de una casa antigua, sombría, lúgubre.

El habitáculo bien podría ser el alma de una mujer en cuyos pliegues hay seres errabundos. Otras mujeres vestidas con largos camisones de seda. Aunque también podría ser otra cosa; ser, simplemente, la casa abandonada de un personaje que salió en busca de mejores destinos, la casa habitada por quienes se quedaron ancladas a ese presente perpetuo de reproducciones.

En el fondo de la habitación hay un espejo. La escena está apenas iluminada. El mobiliario es antiguo y sobrio. Hay un dejo mortecino en el aire, una tristeza honda que se huele. La escapatoria parece esconderse entre los postigos de una ventana.

A lo largo de la obra, los cuerpos apenas se ponen en juego. Pero la palabra abunda. También la música. Todo parece acomodarse en un movimiento circular, repetitivo, que se pregunta por la eternidad, por el pasado y por todas las máscaras conocidas y almacenadas. La acción se enciende y se apaga interminables veces, hasta que un elemento disruptivo, de otro color, redistribuye los elementos, reorganiza el universo de sentidos.

La propuesta no se parece en absoluto a otras obras vivenciadas en el teatro La Morada. Tiene otro tono, otras conexiones. Sospecho que hay algún plano de intertextualidad que me perdí, lo confieso. Giacometto, por ejemplo, vislumbró otra historia. http://www.teatroenrosario.com/notas/criticas/agua-de-aljibe.html Tan válida como la mía. Tan distinta como la que masculló cada espectador a la salida del teatro.

Es innegable que Agua de aljibe es un acontecimiento que nos fuerza a producir sentido. No podemos despacharnos con la lisa y llana incomprensión. Como partícipes del acto, necesitamos arrugar un poco lo que nos pasa para encontrar alguna conexión posible. Tal vez allí esté la clave: es una obra hecha de posibles que, no en vano, pone al público en el centro de la escena, reflejado en el gran espejo del fondo del escenario, mirándose de frente, entre los destellos de las luces del montaje y el ardor del fuego.

Imitando el juego de la representación de Las meninas de Velázquez, Ariana Daniele nos refleja mientras se autorretrata. Así lo hacen, también, Aimé Fehleisen y Mirna Pecoraro, quienes quizás habiten dentro de la primera. O bien hayan habitado algún pasado que no termina de volatilizarse.

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