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Críticas

5 de agosto de 2014

Las iniciales de nuestra identidad

Acto Relámpago

Anahí Lovato Por: Anahí Lovato

Apenas terminó la obra sentí muchas ganas de abrazar a Mingo Scaglione. Quería ir a tomar un vino con él, prolongar la escena para que me contara más detalles. Daba igual que su relato desbordara los límites de la memoria. Cualquier retazo de historia recreada por él, de esa manera, era carne. Y todos necesitamos seguir comiendo.

Lo de Mingo fue un acto relámpago. Movilizador, iluminador, estruendoso como buen rayo. Me dejó el suelo tembloroso. Estremeció lo que quedaba del inmóvil sustento. Me produjo una incontenible necesidad de llorar sin derramar lágrima.

Mingo Scaglione es el padre de Tania Scaglione, la directora de Acto Relámpago, un biodrama que puede verse todos los viernes de agosto a las 22 hs. en el Teatro La Escalera (9 de julio 324). La ecuación es simple: una hija que pone en escena los recuerdos militantes de su viejo; un padre que nunca pisó un escenario y, sin embargo, es capaz de revelar en ese acto la sonoridad de sus años de vida, y hasta lo invisible de un pasado perpetuamente común. En esa (a)puesta se involucra también Irupé Vitali, encargada de dirigir al intérprete.

En la intimidad del teatro, Mingo se pone de pie para desfigurarse. Para abrirle paso al protagonista y su memoria cóncava donde todavía resuenan arengas y abrazos, corridas y balas de plomo, consignas y amores.

La propuesta es biodramática: trabaja con la historia de vida del actor como material teatral para la obra. Pretende sacudirnos las fronteras entre ficción y realidad, aún convencidos de que todo relato es ficcional. Funciona como una intensa experiencia documental. Revuelve, estremece, provoca, acontece.

Definitivamente, el acto relámpago de Mingo es un acontecimiento: hace emerger una superficie donde movernos para explorar. Nos obliga a recorrer los pliegos de cada herida. A preguntarle a cada mueble y a cada planta por los compañeros que ya no están. A pintar en las paredes transparentes las iniciales de nuestra identidad.

Finalmente, el relato se efectúa en nuestras emociones. Lo que le pasa a Mingo es importante, por supuesto. Todo lo que tiene para contar y recrear es importante. Pero todavía más substancial resulta la experiencia compartida: lo que se genera en el entre. Conmigo, con él, en el espacio, en el tiempo: en compañía. En ese extraordinario lugar que el equipo de producción dramática definió como el instante donde se funden lo público, lo social y lo íntimo.

Dejé La Escalera con ganas de convencer a muchos. Con ganas de pedirles que no se la perdieran, que se hicieran un rato algún viernes, que eligieran intervenir en los recuerdos de Mingo y volver a escribir la historia. Otra historia. Que se dejaran arrugar las emociones. Que se permitieran reir y llorar por lo que fuimos y somos.

Por suerte, esta es mi oportunidad.

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